La era de la performatividad en redes
Vivir para ser percibido
Las redes sociales convierten la propia vida en producto de consumo, la personalidad en una estética y la identidad en una actuación permanente.
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Todos tenemos algo de performativo en nuestra conducta. La mirada de los demás nos influye y nos lleva a presentar una actitud u otra en función de quién tenemos delante y de lo que creemos que espera de nosotros. Es el niño que espera a ver si le han mirado sus padres cuando se ha caído en el parque para llorar o no llorar. Es el adolescente que disimula su entusiasmo ante un regalo y finge indiferencia porque cree que ya no tiene edad.
Ya a principios del siglo XX el sociólogo Charles Cooley formuló la teoría del «yo espejo» sosteniendo que desarrollamos nuestro autoconcepto observando cómo creemos que nos ven los demás. Así, cuando estamos con otros, interpretamos de manera casi constante sus gestos, silencios y reacciones, intentando descifrar cómo somos percibidos.
A partir de ahí, siempre se ha entendido que parte de la madurez consiste en deshacerse de la mirada ajena, decidir qué opiniones son las que valoramos y olvidarnos del resto. Es lo que se conoce como autenticidad, la cualidad de ser uno mismo de manera genuina, sin fingimientos.
Sin embargo, la era del algoritmo no ha hecho más que amplificar esa tensión entre quiénes somos y cómo somos vistos. Porque si algo han conseguido las redes sociales es hacernos sentir que tenemos una audiencia permanente.
Las redes sociales nos hacen sentir que tenemos una audiencia permanente
El algoritmo no dice quién eres, pero decide qué versión de ti merece quedarse. Las redes sociales definen las tendencias, ofrecen likes a cambio de fotos que encajen con una estética determinada y rechazan aquellas que se salen de lo que se considera valioso.
Y así es como se ha alumbrado al ser humano performativo. Aquel que nunca supera su necesidad de ser visto de una determinada manera y aquel que siente que el foco siempre está puesto sobre él.
Es el perfomative male, que convierte la masculinidad en un espectáculo cuidadosamente ensayado; es el performative reader, que hace de los libros un accesorio identitario y una prueba pública de superioridad cultural; es la tradwife, que transforma el escenario doméstico en una estética aspiracional editada; es la boss girl, que mercantiliza el empoderamiento femenino hasta convertirlo en marca personal. Todos comparten la misma lógica: no viven la identidad, la interpretan.
Todo ello unido a una estética muy concreta. Igual que el adolescente pasaba por una etapa en la que ligaba su identidad a una determinada manera de vestir y de presentarse ante el mundo (emos, skaters), estas tribus digitales ligan su personalidad a una paleta de colores que cabe en su feed de Instagram y a una serie de conductas o reclamos que creen que su público espera de ellos, bien sea cocinar todo de manera casera o compartir manifiestos a favor de Palestina.
Y es que lo cierto es que las redes sociales dieron con la gallina de los huevos de oro cuando descubrieron que ganarían más no solo dándole a los usuarios algo para consumir, sino convenciéndoles de que ellos mismos eran el producto para consumir. Y haciéndoles creer que Instagram podía convertirse en una especie de portfolio de tu vida personal.
Este fenómeno de la performatividad no afecta solo a aquellos con identidades virtuales bien definidas, sino que se va colando como por goteo en la vida de la mayoría de usuarios de las redes.
Por un lado, muchos jóvenes de la generación Z ya no comparten fotos en redes sociales. Participan como voyeurs desde perfiles totalmente en blanco. En parte, hay un agotamiento reaccionario con la obsesión de compartir todo. Pero también hay un hiperconsumo de vidas tan curadas y perfectas que le hacen sentir a uno que si no va a publicar una foto a la altura de una revista, mejor no hacerlo.
El usuario performativo ha sido entrenado para que, cuando una foto no tiene la respuesta esperada, la borra. Si antes uno tomaba fotos para un consumo personal para mantener en la memoria grandes momentos, ahora es la mirada ajena la que decide si una efímera foto merece la pena ser conservada o no.
Jacobo Bergareche explica que la mera existencia de tener redes modifica nuestra conducta hacia el momento que estamos viviendo
Además, como bien explica Jacobo Bergareche, la mera existencia de tener redes modifica nuestra conducta hacia el momento que estamos viviendo. «Me di cuenta de que al dejar las redes apenas dejé también de hacer fotos o vídeos, no sacaba ya el móvil de manera automática para compartir el paisaje que acaba de asombrarme, el clímax del concierto que me está haciendo gritar un coro o la cena de amigos que me está llevando a la ebria exaltación de la amistad», señala.
Y no es solo la compulsión por fotografiar y compartir. La performatividad afecta a las relaciones cuando se convierte a los novios en fotógrafos personales, a los amigos en atrezzo, los viajes en recorridos sin descanso en busca del último lugar fotogénico viral en Instagram y los momentos íntimos en contenido potencial.
«Hay jóvenes que no entenderían ir a un evento, viajar a algún lugar o tener una relación si no pudieran publicar nada al respecto. No le verían sentido. Simplemente, no pueden concebir una vida que exista sin una audiencia que la consuma», escribe Freya India en su substack Girls, desde donde ha analizado este fenómeno en varios artículos.
La consecuencia final no es solo exposición, sino uniformidad, porque hay una sola manera correcta de interpretar el papel.
«También he observado el auge de una personalidad distintiva en Instagram: chicas con los mismos gestos, opiniones y sentido del humor. Visten la misma ropa, usan los mismos accesorios para el cabello y tienen la misma decoración en casa. Les gustan las mismas películas, la misma música y los mismos famosos. Incluso el lenguaje que utilizan es similar: todas emplean el mismo discurso terapéutico, como si hubieran sufrido el mismo trauma, acudido al mismo psiquiatra y estuvieran en el mismo proceso de sanación», describe Freya India.
Al final, asistimos a lo que ya detectó Susan Sontag en Sobre la fotografía: «La necesidad de confirmar la realidad y mejorar la experiencia mediante fotografías es un consumismo estético al que ahora todo el mundo es adicto. En última instancia, vivir una experiencia se convierte en lo mismo que fotografiarla, y participar en un evento público equivale cada vez más a verlo en forma de fotografía».
Así es como uno ya no vive para la realidad, sino para la publicación que quedará. Y por eso cada vez es más común fabricar el momento para la foto. Cuando la realidad, con toda su imperfección y complejidad, se convierte en un obstáculo para nuestra identidad online, quizá sea el momento de replantearse todo y volver a aquellos escenarios en los que no podemos interpretar un papel.
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