¿Quién posee tus datos cerebrales?
El mercado de tecnologías biométricas está convirtiendo la actividad cerebral en datos comercializables. Aunque es un modelo económico todavía incipiente, plantea grandes desafíos sobre privacidad mental y derechos cognitivos.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
«Si tienes el control de la información, tienes el control de la gente», escribió Tom Clancy en plena Guerra Fría, cuando la información se conseguía mediante espionaje, escuchas, satélites y operaciones encubiertas de la CIA y la KGB. En aquella época, el poder consistía en saber más que el adversario, y esa lógica no desapareció con la caída del Muro de Berlín. Lo sí que cambió fue quién tenía acceso a grandes cantidades de información sensible. En consecuencia, el poder dejó de estar concentrado en los Estados y se desplazó hacia las grandes corporaciones.
La expansión del mundo digital aceleró ese desplazamiento. Muchas empresas descubrieron que, por primera vez, era posible recopilar información a gran escala sin recurrir a métodos clandestinos. Los usuarios cedían datos a cambio de servicios digitales, muchas veces sin ser plenamente conscientes del valor de lo que entregaban. Desde entonces, la economía se ha alimentado de nuestro comportamiento online: los clics, las búsquedas, los desplazamientos con el ratón… Cada gesto es un dato, y los datos, correctamente ordenados, son activos valiosos. No obstante, si todas las empresas tienen acceso a los mismos datos, entonces ya no hay valor diferencial. Para seguir creciendo haría falta otro tipo de información, más difícil de obtener y, precisamente por eso, más valiosa. En esta búsqueda surge el neurocapitalismo, y el razonamiento que lo justifica es el siguiente: si durante años se han explotado los datos de lo que hacemos, el siguiente nivel puede ser acceder a datos sobre qué y cómo pensamos. En otras palabras, la actividad cerebral empieza a verse como una nueva mercancía.
Sin embargo, la tecnología actual no permite leer ideas complejas ni acceder al contenido de la mente con precisión. En gran medida, este concepto es todavía una dirección hacia la que podrían evolucionar ciertas dinámicas del mercado de datos más que una realidad plenamente consolidada. Eso no significa que no haya signos de movimiento en esa dirección. Una auditoría de la Fundación Neurorights (2024) señala que el 96,7% de las empresas de neurotecnología de consumo se reservan el derecho de transferir datos cerebrales a terceros. Esto anticipa que, incluso en una fase todavía temprana, el uso de información neurofisiológica ya se plantea dentro de dinámicas comerciales amplias.
Elon Musk ha hablado abiertamente de una «simbiosis humano-IA»
Hace un par de años, la empresa Neuralink, fundada por Elon Musk, implantó por primera vez un chip en el cerebro de un paciente humano. El objetivo inmediato es médico, ya que permite que personas con parálisis puedan comunicarse o controlar dispositivos con la mente. Mas la ambición a largo plazo tiene otros tintes: Musk habla abiertamente de una «simbiosis humano-IA», una integración en la que la actividad cerebral interactúe directamente con sistemas digitales. Entonces, cuando la interfaz se convierta en un canal bidireccional, ¿qué tipo de datos circularán por él y quién los gestionará? Más allá de los implantes, hay dispositivos mucho más cotidianos que empiezan a capturar señales que, sin ser estrictamente neuronales, se aproximan a procesos mentales. Los cascos de realidad extendida de empresas como Meta, Apple o Sony incorporan sistemas de seguimiento ocular que registran hacia dónde miramos, cuánto tiempo mantenemos la atención y cómo reacciona nuestro cuerpo ante determinados estímulos. Por otro lado, en neuromarketing se está utilizando la electroencefalografía para observar cómo reacciona el cerebro ante determinados estímulos. En la práctica, esto puede implicar sentar a una persona frente a un anuncio de patatas fritas y medir qué ocurre cuando aparece el sonido del crujido o ciertos colores en pantalla. Sin que el consumidor diga nada, se puede inferir qué le gusta y qué no, y a partir de ahí, los profesionales ajustan las campañas publicitarias.
Estos casos muestran, sin duda, la impresionante revolución tecnológica de la que somos partícipes. A partir de aquí, el problema aparece cuando estas prácticas avanzan más rápido que las normas que deberían regularlas. La mayoría de las leyes de protección de datos se redactaron en un momento en el que la idea de capturar actividad cerebral fuera del ámbito clínico no estaba sobre la mesa. Por eso, se tendrá que hablar en algún momento de neuroderechos. Al final, como ocurrió con internet en sus inicios, las decisiones jurídicas que se tomen ahora al respecto definirán quién tiene el control en las próximas décadas.
COMENTARIOS