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Montaigne, la tolerancia en tiempos de intolerancia

En su obra, Michel de Montaigne elaboró una defensa de la tolerancia que hoy en día continúa inspirando debates sobre la convivencia, la pluralidad y el verdadero sentido de la democracia.

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08
abril
2026

La Europa del siglo XVI experimentó un intenso clima de fractura en el que las guerras religiosas enfrentaron a comunidades, a familias y, por supuesto, a territorios. En ese escenario un tanto complicado surgió la voz singular del aún más singular Michel de Montaigne, pensador que apostó por la prudencia y el escepticismo. Su vasta obra aparece atravesada por la experiencia directa del conflicto y por una curiosidad constante hacia la diversidad humana.

Su escritura se movió entre las aguas de la observación personal, la memoria histórica y la reflexión sobre la moral. Ese estilo dio forma a los Ensayos, un corpus de textos donde el yo funciona como laboratorio para examinar prejuicios y creencias. Dentro de este corpus, la tolerancia emerge como práctica vital y no como teoría abstracta.

Las guerras religiosas francesas marcaron la trayectoria vital de Montaigne. Católicos y protestantes protagonizaron episodios prolongados de violencia, con ciudades devastadas y comunidades divididas. El filósofo, en este contexto, llegó a ocupar cargos públicos e hizo las veces de mediador político, experiencia que reforzó su defensa de la moderación.

Su actitud intelectual partía del reconocimiento de la fragilidad humana. Montaigne cuestionaba las certezas absolutas y recelaba de cualquier dogmatismo. Esa postura se resume en su célebre pregunta «¿Qué sé yo?», fórmula que da muestra de un escepticismo fértil. En su obra, la duda favorece la escucha y la convivencia, ya que ninguna persona dispone de la verdad completa.

El relativismo cultural aparece también en sus páginas dedicadas a los pueblos del llamado Nuevo Mundo. Montaigne observa las costumbres indígenas con interés y respeto, comparándolas con las prácticas europeas. Esa mirada sugiere que cada cultura construye sus normas, lo que invita a la prudencia antes de juzgar.

En su obra, la duda favorece la escucha y la convivencia, ya que ninguna persona dispone de la verdad completa

La tolerancia, en este contexto, se presenta como ejercicio práctico. Montaigne, por ejemplo, defendía acuerdos civiles que permitieran la coexistencia entre las diversas confesiones religiosas. Esa actitud respondía tanto a convicciones morales como a una lectura realista de la política: la convivencia ofrece estabilidad, mientras el fanatismo genera espirales de violencia.

Su amistad con Étienne de La Boétie también influyó en su visión ética. La Boétie reflexionó sobre la servidumbre voluntaria y la libertad individual. La relación entre ambos reforzó una idea de ciudadanía basada en diálogo y afecto cívico, ingredientes esenciales de la tolerancia moderna.

La reflexión de Montaigne sobre la tolerancia aún resuena en los debates actuales sobre la convivencia democrática. No es de extrañar, ya que su pensamiento sugiere que la pluralidad se gestiona mejor mediante la curiosidad, la conversación y el reconocimiento mutuo.

El estilo ensayístico forma parte esencial de su legado y es imposible hablar de él sin mencionarlo. Con sus Ensayos impulsó una escritura abierta y exploratoria en la que la experiencia personal adquiría valor filosófico. Ese formato flexible permitía observar la realidad desde distintos ángulos y trasladar esas observaciones a una ética práctica, atenta a los cambios y a la complejidad de la vida cotidiana. La tolerancia aparece así vinculada a la experiencia directa y al ejercicio constante de comprender al otro.

Esa mirada conecta con su idea de la identidad humana como algo dinámico. Montaigne veía a las personas moldeadas por circunstancias, lecturas, viajes y encuentros, entre otras cosas. Esta perspectiva favorece la empatía social porque invita a entender que las convicciones evolucionan y que cada trayectoria vital aporta matices propios. Desde ahí resulta más fácil aceptar la diversidad como rasgo habitual de la vida colectiva.

Su influencia se proyectó en corrientes posteriores del liberalismo político, el humanismo laico y la pedagogía moderna. Por ejemplo, los pensadores de la Ilustración retomaron su escepticismo como herramienta para fomentar el pensamiento crítico y frenar impulsos dogmáticos. La educación contemporánea, centrada en la reflexión autónoma y el diálogo, mantiene todavía una estrecha afinidad con esa tradición intelectual.

En un mundo como el nuestro, marcado por debates extremos y una enorme pluralidad de  identidades, la lectura de Montaigne resulta más actual que nunca. Su defensa de la conversación civil y de la moderación aporta referencias muy útiles para fortalecer la convivencia en sociedades plurales como las que habitamos.

La tolerancia que proponía se apoya esencialmente en  la curiosidad intelectual y, cómo no, en la apertura a nuevas ideas. Este ejercicio continuado configura una ética exigente, profundamente humana, que transforma la experiencia individual en reflexión compartida. La convivencia se sostiene mejor cuando existe humildad intelectual y voluntad de entendimiento.

En conjunto, Montaigne representa una tradición humanista donde la tolerancia se alimenta del conocimiento y de la curiosidad. Su pensamiento ha conseguido atravesar siglos y contextos radicalmente distintos al suyo, siempre ligado a la pregunta sobre cómo convivir en la diversidad.

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