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¿Qué quieres ser de mayor?

Si definimos la vejez como la cuarta edad, y establecemos su inicio no en una cifra de años concreta sino en el momento en que empiezan los problemas de salud importantes y la dependencia.

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03
julio
2026

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Hace un par de veranos, Andrés me invitó a su fiesta de sesenta cumpleaños en una casa de campo a las afueras de Madrid. Me sorprendió, porque nos conocíamos solo por motivos profesionales, pero estaba claro que nos caíamos bien e interpreté el gesto como una invitación a dar un paso hacia la amistad. Acepté agradecido, aun pensando que, a mis cuarenta y ocho años, me podría sentir un poco desplazado en una fiesta de sesentones. Edadismo inconsciente. Yo trabajaba en un programa de televisión con treintañeros, y cuando viajábamos por rodajes y salíamos todos juntos a cenar no se me ocurría pensar que se sentían desplazados por estar con un casi cincuentón quince años mayor que ellos. ¿Por qué al revés sí ocurre? Seguramente fui víctima de la trampa cognitiva reflejada por un conocido estudio que preguntó a personas mayores si se sentían más jóvenes, acorde o más viejos de lo que correspondía a su edad, y casi el 70 por ciento dijo sentirse más joven, mientras que solo el 5 por ciento reconoció sentirse más viejo.

¿Cómo puede ser? Pues porque estamos viviendo una revolución biopsicosocial rapidísima respecto al concepto de edad y etapas vitales. Nos mantenemos bastante más en forma, activos e inquietos que las generaciones anteriores, pero la imagen inconsciente que tenemos de alguien de cincuenta, sesenta o setenta años no es la de quienes hoy tienen esta edad, sino la de nuestros padres y abuelos. Por eso yo —y quizá tú también— me sentía más joven y próximo a alguien quince años menor que a alguien doce años mayor.

Estamos viviendo una revolución biopsicosocial rapidísima respecto al concepto de edad y etapas vitales

En cualquier caso, el hecho es que llegué a la fiesta y enseguida se me pasó la tontería. Lo primero fue constatar que el sistema cardiovascular y musculoesquelético de varios invitados e invitadas parecía estar en mejor estado que el mío. Me fijaba en la gente de pie tomando copas y conversando, y quizá algunas canas o arrugas sí podían revelar una edad mayor que la mía, pero se les veía sanos, estilizados, y algunos hasta marcaban una tensión en sus camisas y vestidos que denotaba horas de gimnasio. A cierta distancia, estos sexigenarios no parecían tan distintos de la gente de mi quinta. De hecho, empecé a hablar con una chica delgada de melena rubia-canosa, tez algo reseca y mirada intensa, que podía tener tanto cuarenta y cinco un poco descuidados como sesenta muy bien llevados, y sentí disonancia cognitiva.

De todas maneras, lo que más me sorprendió no fue el aspecto, sino la actitud. Tras un buen rato de cháchara y unas pocas cervezas con esos que al principio suponía mayores, ya no los veía diferentes a mí en absoluto. Casi al contrario; era un grupo dinámico, con conversaciones interesantes y espíritus tan vivarachos que hasta sentí cierta admiración. Sí noté diferencia cuando hablaban de la universidad o de los trabajos de sus hijos, pues mis dos niñas eran todavía muy pequeñas, pero me embargó una especie de envidia sana por lo orgullosos que estaban de haber superado con satisfacción esa etapa, y de encontrarse ahora liberados, con más tiempo para centrarse de nuevo en su vida, amistades, aficiones, parejas, deportes y proyectos personales.

Profesionalmente ocurría algo similar: yo estoy todavía en una fase de lucha constante, mientras que ellos ya habían cosechado sus éxitos, y si no lo habían hecho tampoco tenían la presión de conseguirlos. Se sentían activos y comprometidos, pero a la vez confiados y relajados. ¡Empezaba a pensar que en realidad esos sesentones y sesentonas estaban mejor que yo!

Por supuesto, salió varias veces el tema de la jubilación. Uno de ellos compartió su idea de hacer una hipoteca inversa para monetizar una propiedad y así aumentar su poder adquisitivo; otra dijo que se acogería a la jubilación parcial; una de setenta y tres años seguía como partner de su empresa sin ninguna intención de retirarse, y varios hablaron de sus diversos viajes y planes de ocio. Más en petit comité, el ámbito del ligoteo y las relaciones de pareja también ocupó un tiempo considerable de las conversaciones. Lo que estaba claro era que todos compartían una vitalidad y una ilusión muy significativas, e impropias de la mayoría de personas que tuvieron sesenta años unas décadas atrás. Eran como gerontolescentes entrando en una nueva etapa vital que en absoluto estaba ausente de retos, pero que, bien gestionada, podía ser maravillosa.

De hecho, si definimos la vejez como la cuarta edad, y establecemos su inicio no en una cifra de años concreta sino en el momento en que empiezan los problemas de salud importantes y la dependencia, todo lo que viene antes es una tercera edad con un potencial de calidad de vida y bienestar nunca antes visto en la historia. Pensarás que quizá exagero y que hay personas con limitaciones físicas, económicas, emocionales, familiares y sociales muy considerables. Cierto; no pretendo ignorarlo. Pero todos los estudios que analizan la felicidad a lo largo de la vida observan que, estadísticamente, esta aumenta de manera muy considerable a partir de los cincuenta y cinco años, y que la esperanza de vida saludable crece aún más rápido que la esperanza de vida absoluta, que en España ya es de unos sorprendentes ochenta y cuatro años de media. Hay mucho tiempo ahí. Y con mayor calidad de vida de la que imaginamos. Lo que hace décadas era una excepción ahora empieza a ser la norma, y a la inversa.


Este texto es un extracto de ‘¿Qué quieres ser de mayor?’ (Debate), de Pere Estupinyà. 

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