Vivir más, vivir mejor
Hay algo que el entusiasmo tecnológico debe afrontar: el problema no es tanto cuánto se vive, el problema es cómo. ¿Quién querría una longevidad que no resolviera el dolor, la soledad, el deterioro cognitivo o la dependencia?
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De acuerdo con ciertas escrituras sagradas, Matusalén vivió novecientos sesenta y nueve años. No está muy claro qué hizo en tanto tiempo, pero quedémonos con lo enjundioso: ¿y si fuera posible? La cuestión ha rondado a la humanidad desde que es humanidad, y hoy, por vez primera, empieza a tener respuestas desligadas de la mitología.
Muchos laboratorios de gerontología llevan décadas bregando con los mecanismos del envejecimiento celular. Lo que otrora parecía un destino inapelable –la triste corrupción del cuerpo– resulta ser, en buena medida, un proceso bioquímico, tal vez contingente. En él entran en juego los telómeros que se acortan con cada división celular, las células senescentes que se acumulan o la inflamación crónica de bajo grado que corroe los tejidos a la sordina. La sorpresa llega cuando algunos importantes científicos –como Aubrey de Grey desde Cambridge– señalan que todo esto, si no revertir, se puede al menos frenar. Se escuchan voces que ya no hablan de retrasar la muerte sino de reprogramar la biología.
A este paisaje científico se ha sumado el movimiento transhumanista. Su promesa es ambiciosa hasta alcanzar un vértigo que marea. Se trata de fusionar lo biológico con lo digital, cargar la conciencia en un sustrato no perecedero (como un superordenador) o habitar cuerpos diseñados en laboratorios. Ray Kurzweil lleva años anunciando a bombo y platillo la Singularidad –un punto de inflexión en que la IA superará a la humana y cambiará las reglas de todo–. Para 2045, dice. O antes. Otros señalan, mínimo, a la década de los 70. El debate sobre si esto es una promesa real, una vacua –puro humo– o una amenaza, se ha vuelto tan agrio que resulta difícil mantenerlo sin que alguien abandone la mesa.
El transhumanismo propone cargar la conciencia en un sustrato no perecedero, como un superordenador
Sea como fuere, hay algo que el entusiasmo tecnológico debe afrontar: el problema no es tanto cuánto se vive, el problema es cómo. ¿Quién querría una longevidad que no resolviera el dolor, la soledad, el deterioro cognitivo o la dependencia? Los países con mayor esperanza de vida del mundo (Japón, España, Italia al respecto de algunos rincones de Cerdeña, etcétera) no han acrecentado sus cifras gracias a ningún laboratorio de Silicon Valley. Amén de los importantísimos condicionantes genéticos, estas responden a un estilo de vida saludable, a una forma de comportarse.
Ahí está la tensión que ningún congreso de biotecnología termina de resolver. El cuerpo que envejece bien es el que no se ha abandonado vitalmente, lo que no significa que la ciencia sobre el envejecimiento sea irrelevante –lo es, y mucho–. La idea es buscar las raíces más hondas del asunto. Por decirlo gráficamente, el desdichado ratón de laboratorio al que se le triplica la vida en condiciones controladas no es exactamente un modelo de lo que le espera a un jubilado de Murcia. Los avances biotecnológicos y el modus vivendi deben cabalgar juntos.
Lo mundano, que es donde la mayoría vivimos, tiene su propia sabiduría renqueante. Dormir las horas necesarias. Moverse sin que el movimiento sea un castigo. Mantener vínculos que no dependan de una pantalla para sobrevivir. Comer con alguien. ¡Tener algo que hacer que importe!
El transhumanismo no está equivocado al desafiar los límites de lo que se considera natural o inevitable. Cada vez que la medicina ha empujado esa frontera, la humanidad ha ganado mucho; con vacunas, anestesia, trasplantes, insulina sintética y un larguísimo etcétera. La pregunta es si la inmortalidad –o algo que se le parezca, como mil años de esperanza de vida– sería una extensión de esa fabulosa tradición o un salto a un territorio donde las categorías que usamos para darle sentido a la vida dejarían de operar. Adviértase que, si el tiempo es ilimitado, elegir es irrelevante. Habría muchas experiencias en la vida, sin duda, pero carentes de valor a la luz de que, para empezar, se desprenderían prestamente de nuestra memoria.
Por supuesto, no hay respuesta limpia. Probablemente no la haya nunca, o no antes de que el problema se vuelva real y urgente para más gente que un manojo de millonarios con criogenia contratada. Mientras, seguimos en el mismo sitio de siempre desde que la humanidad es humanidad, con una existencia que no alcanza para todo lo que querríamos hacer. Ya decía John Lennon que la vida es lo que pasa mientras tienes otros planes. Seguimos en el mismo sitio y con la misma pregunta. La que Matusalén, de haber existido, se habría hecho a mitad de su tercer o cuarto siglo, mirando sus manos y preguntándose si acaso vivir mucho y vivir bien son, en el fondo, lo mismo.
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