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Me jubilo, ¿ahora qué?

La jubilación marca el final de la vida laboral, pero también abre un periodo de incertidumbre. El tiempo libre, lejos de ser solo descanso, nos empuja a plantearnos preguntas profundas sobre la identidad y el sentido de la existencia.

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16
febrero
2026

La jubilación es, sin lugar a dudas, uno de los grandes hitos de nuestro calendario vital. Pone un punto final claro al trabajo remunerado y, al mismo tiempo, nos entrega la promesa de un tiempo propio largamente aplazado. Sin embargo, para muchas personas ese momento llega acompañado de una sensación inesperada de vacío. Tras décadas de rutinas marcadas por horarios y responsabilidades, la pregunta no tarda en aparecer: ¿y ahora qué?

Ese desajuste tiene nombre en la tradición filosófica, psicológica y, por supuesto, artística. El horror vacui, el miedo al vacío, describe, en este caso, la incomodidad que surge cuando desaparecen las estructuras que daban sentido y forma a la vida cotidiana. En la jubilación, ese vacío no es solo temporal: es identitario. Dejar de trabajar implica, para muchos, dejar de ser «algo» fácilmente reconocible, tanto para los demás como para uno mismo.

El fin del trabajo como ruptura vital

Durante buena parte del siglo XX, la jubilación se construyó como un premio. Tras décadas de esfuerzo, llegaba el descanso. Ese relato sigue presente, aunque la realidad social y laboral ha cambiado de forma significativa. Hoy, el trabajo no es solo una fuente de ingresos, sino que también organiza el tiempo, estructura las relaciones sociales y aporta un sentido de utilidad. Cuando desaparece, no siempre es sencillo sustituirlo.

Numerosos estudios en sociología del envejecimiento señalan que la transición a la jubilación es uno de los momentos de mayor vulnerabilidad psicológica, especialmente cuando no ha sido planificada. Y es que una parte significativa de las personas jubiladas experimenta en los primeros años una caída en la satisfacción vital, que solo se recupera cuando se redefinen rutinas y objetivos.

Una parte significativa de las personas jubiladas experimenta en los primeros años una caída en la satisfacción vital

La cultura ha retratado bien esta fractura. En la película About Schmidt (Alexander Payne, 2002), Jack Nicholson interpreta a un hombre que, tras jubilarse, se enfrenta a una vida que ya no sabe cómo ocupar. Algo similar ocurre en la novela Stoner de John Williams, donde el retiro académico del protagonista se vive como una desaparición progresiva del mundo.

El impacto de la jubilación, por supuesto, no es igual para todos. Factores como el tipo de trabajo previo, el estado de salud, la estructura social o el género influyen de manera decisiva. En muchos casos, los hombres que han construido su identidad en torno al empleo remunerado viven la jubilación como una pérdida más abrupta, mientras que quienes han mantenido intereses paralelos o roles diversos tienden a adaptarse mejor. Aun así, el denominador común es la necesidad de resignificar el tiempo.

El ‘horror vacui’ del tiempo libre

El miedo al vacío que aparece tras la jubilación no suele manifestarse como angustia inmediata y, a menudo, adopta formas más sutiles. Días que se alargan sin estructura, una agenda inesperadamente vacía o la sensación de que el tiempo «pesa» y no «pasa». La psicología, en estos casos, habla de desorientación temporal, un fenómeno que se produce cuando desaparecen los hitos que organizaban la semana y el año.

El sociólogo Zygmunt Bauman advertía que las sociedades contemporáneas tienen serias dificultades para gestionar los tiempos no productivos. El valor social sigue asociado a la actividad constante. En ese contexto, el tiempo libre prolongado puede vivirse como un problema, incluso como una carga. No es casual que muchas personas jubiladas llenen sus días con compromisos excesivos, replicando la lógica del trabajo bajo otras formas.

Este horror vacui también tiene una dimensión simbólica. La jubilación confronta con la conciencia del paso del tiempo y con la finitud. Simone de Beauvoir lo analizó en La vejez, donde señalaba que el retiro laboral marca el inicio de una etapa socialmente desdibujada, en la que el individuo deja de ser protagonista. No se trata solo de dejar de hacer, sino de dejar de contar en ciertos espacios.

Las respuestas a ese vacío son diversas. Algunas personas optan por una hiperactividad que reproduce horarios y obligaciones. Otras, sin embargo, caen en el aislamiento. Ambas estrategias buscan, en el fondo, evitar el enfrentamiento directo con un tiempo que ya no viene dado desde fuera. Aprender a habitar ese tiempo exige un proceso de adaptación que no siempre se reconoce ni se acompaña socialmente.

Países como Suecia o Canadá presentan programas de preparación para la jubilación que incluyen aspectos financieros o reflexiones sobre identidad

En los últimos años, han surgido iniciativas que intentan abordar esta transición de manera más consciente. Programas de preparación para la jubilación, habituales en países como Suecia o Canadá, incluyen no solo aspectos financieros, sino también reflexiones sobre identidad, relaciones y proyectos personales. La idea detrás de estas iniciativas es clara: jubilarse no es dejar de vivir, es cambiar de marco vital.

Reinventarse sin exigencias

Una de las claves para atravesar la jubilación sin caer en el vacío pasa por revisar la noción de productividad. El tiempo posterior al trabajo no necesita justificar su valor en términos de rendimiento y puede orientarse hacia el cuidado, el aprendizaje, la creatividad o la participación comunitaria. La dificultad reside en permitirse ese cambio sin culpa.

Algunos artefactos culturales pueden ayudarnos a pensar esta etapa desde otro lugar. El cineasta japonés Yasujirō Ozu retrató en Cuentos de Tokio una vejez silenciosa, marcada por la observación y la presencia, lejos de la urgencia productiva. Más recientemente, el filósofo italiano Nuccio Ordine defendió en La utilidad de lo inútil la importancia de actividades sin finalidad práctica como espacios de libertad y sentido.

Por otro lado, la jubilación también abre la posibilidad de redefinir las relaciones. El tiempo compartido con amigos, pareja o familia adquiere otro ritmo. En algunos casos, esto genera tensiones. En otros, permite vínculos más equilibrados. La clave está en asumir que esta etapa no es un epílogo, sino un tramo con características propias, que requiere aprendizaje y ajuste.

Nuestro titular «Me jubilo, ¿ahora qué?» no es, ni mucho menos, una pregunta retórica. Es el inicio de una negociación personal con el tiempo, el sentido y la identidad. Para superar el horror vacui se tiene que aprender a convivir con un nuevo significado de lo que es el tiempo personal. En una sociedad que valora la velocidad y la utilidad inmediata, la jubilación puede convertirse, paradójicamente, en una oportunidad para ensayar otra forma de estar en el mundo.

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