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Juan Antonio Madrid

«El aumento creciente de las temperaturas nos acabará llevando a un déficit de sueño»

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13
julio
2026

No se da en Juan Antonio Madrid (Cartagena, 1957) eso de que «en casa de herrero, cuchillo de palo»: aunque ha tenido problemas puntuales de sueño, se pone un notable alto como cumplidor de todo aquello que suele ayudar a que dormir tenga el efecto reparador deseado. Considerado un pionero en el desarrollo de la cronobiología en España y catedrático de Fisiología en la Universidad de Murcia, es autor de ‘El sueño del Sapiens. Dormir nos hizo humanos’. Se trata de una obra de divulgación científica y consejos prácticos que nace de la perplejidad: ¿cómo es posible que algo como dormir, que no requiere aprendizaje alguno, cueste tanto y nos lleve a liderar el consumo de benzodiacepinas? El libro repasa, desde un punto de vista evolutivo, el impacto de la tecnología sobre nuestra capacidad para descansar desde hace cientos de miles de años hasta el momento actual. 


Alerta de que estamos considerando prescindible algo que justamente es imprescindible por ser una de las bases de nuestro bienestar.

Esa alerta es el mensaje fundamental que he querido transmitir, no solo con argumentos racionales, sino procurando que desarrollemos sentimientos afectivos favorables hacia el sueño. De lo contrario, seguiremos, en el fondo de nuestro pensamiento, considerando el sueño como un tiempo perdido que debemos emplear en tareas más productivas. Mi objetivo es que se perciba como un compañero agradable que nos ayuda a recuperarnos y a sentirnos mejor.

¿Nos falta ciencia para concienciar? 

Durante demasiado tiempo se ha considerado como algo mágico. Es increíble que hasta que no llega Marie de Manacéine, a principios del siglo XX, no habíamos tenido a nadie que se pregunte qué nos sucede si no dormimos. En sus experimentos con ratones, ella demuestra que se puede pasar más tiempo sin comer que sin dormir. Ahí empieza una nueva era en el estudio del sueño, aunque luego avance muy lentamente. Hasta hace bastante poco, año 2012, no se confirma una de las funciones fundamentales del sueño: la detoxificación o limpieza cerebral. Basta un dato para darnos cuenta de que todavía estamos lejos de una edad dorada de la ciencia del sueño. Resulta muy significativo comprobar que no tenemos ni un solo Premio Nobel, entre los más de doscientos de fisiología y medicina, que haya venido de este ámbito. Ahora se está investigando mucho más. En este momento hay dos líneas de estudio que están muy conectadas buscando una razón profunda por la cual los animales necesitan dormir. Todo esto tiene que ver con la fisiología mitocondrial, con la recuperación de esas centrales energéticas que tiene nuestro cuerpo y que se produce durante el sueño. También está vinculado a otro proceso que se da en las neuronas, concretamente en esas fibras muy largas que son los axones y que van recubiertos de mielina. La mielina actúa como una especie de batería que se carga de energía precisamente durante la noche. No se ha demostrado que estos procesos sean generalizables, pero estamos en el camino correcto para identificar la verdadera razón por la cual tenemos que dormir.

«Todavía estamos lejos de una edad dorada de la ciencia del sueño»

Ha citado a Marie de Manacéine. ¿Quiénes han sido y son las grandes figuras de la investigación del sueño?

Si tuviese que dar un solo nombre, la citaría a ella por ser mujer y olvidada. Es la primera en plantearse que se podía aplicar el método científico al estudio del sueño a finales del siglo XIX. Otra mujer, Maiken Nedergaard, fue quien descubrió, hace algo más de una década, el sistema glinfático y la capacidad que tiene el sueño de activar ese procedimiento de limpieza cerebral que elimina toxinas. Entre ellas, hay que recordar a Nathaniel Kleitman, que debería haber sido Premio Nobel por todos los estudios que llevó a cabo sobre la arquitectura del sueño.

Repasar lo que la ciencia del sueño ha ido descubriendo supone conocer multitud de curiosidades: desde los delfines que duermen con la mitad del cerebro para dedicar la otra mitad a estar pendientes de sus crías hasta saber que las pataditas en la tripa de una embarazada no son respuestas a estímulos o voces externas, sino manifestaciones del sueño del feto.

En realidad, se duerme como se puede y eso explica, por ejemplo, que los delfines lo hagan así. O que un león, a diferencia de un antílope, al no tener depredadores, puede dormir las horas que quiera después de haber comido. En nuestro caso el sueño cambió desde que pasamos de dormir en los árboles, como otros parientes chimpancés, bonobos, orangutanes, a hacerlo en el suelo; en ese momento empezamos a dormir menos pero más profundamente y soñando más.

Otro asunto que la ciencia tiene pendiente es si los mayores necesitan dormir menos o igual que el resto.

Efectivamente todavía no se tiene claro si el sueño de una persona anciana puede ser más breve que el de un adulto o si es más corto porque no puede dormir a pesar de que sus necesidades sean las mismas. Todo apunta a que necesitamos dormir igual, pero que no se consigue que en los mayores sea tan profundo como sería deseable. Es además un sueño con una enorme fragmentación, más superficial y, en ese sentido, de mayor riesgo. Entre las causas de las caídas en este grupo de población destaca el uso y abuso de hipnóticos. Así no es raro que puedas tropezarte si al menos una vez durante la noche tienes que levantarte para ir al baño y hacerlo bajo el efecto de un fármaco de este tipo. Las caídas a esas edades motivan muchos casos de dependencia. Es obvio que ese riesgo se puede reducir buscando una alternativa al uso de hipnóticos y también dejando un piloto naranja de baja intensidad que marque el camino claramente. O tener algún dispositivo que permita orinar cerca de la cama.

«El sueño viene pasivamente, cuando te relajas y dejas de pensar en él»

Cuando hablamos de población educada en salud mencionamos más la dieta mediterránea y el ejercicio físico bastante más que la higiene del sueño.

El problema con el sueño es que no puedes cambiar el modo en que duermes a voluntad, como el que decide moverse más o comer mejor, porque el sueño viene pasivamente, cuando te relajas y dejas de pensar en él. No llega porque uno quiera. Es preciso favorecerlo.

Y a veces no es nada fácil. Ahí está el calor extremo para ponérnoslo a veces muy difícil. ¿Acabará el cambio climático modificando nuestra forma de dormir? 

Hay una relación muy estrecha entre la temperatura y la calidad de sueño. Sabemos que cada vez que la temperatura media se eleva un grado, sobre todo la nocturna, el resultado es unos minutos menos de descanso. El aumento creciente de las temperaturas nos acabará llevando a un déficit de sueño. De hecho, en verano, cuando las noches son cálidas, lo normal es amanecer más irritable. Desde hace dos décadas nos consta que para dormir bien hay que enfriar el cerebro. Se hace fundamentalmente expulsando calor a través de unos radiadores que tenemos, manos, pies, orejas, nariz, cara o labios, que cuando llega la noche dilatan los vasos sanguíneos superficiales y esa sangre que fluye superficialmente expulsa el calor interno. Por eso hay que enfriar el ambiente y podemos desde poner agua fresca delante de un ventilador hasta darnos una ducha templada una hora antes de irnos a la cama.

E irnos a la cama sin el móvil cerca, ¿no? Porque parece cada vez más difícil encontrar rutinas nocturnas que no sobreestimulen el sistema nervioso o que no favorezcan la ansiedad que genera el fomo (miedo a perderse algo).

Con un grupo de investigación de Valencia estamos analizando el sueño de estudiantes de bachillerato durante siete días completos con sus noches incluidas. Me está sorprendiendo mucho la gran cantidad de chicos y chicas que se acuestan con el móvil encendido. Detectamos que se van produciendo intermitencias en niveles de luz y en ocasiones numerosos despertares. Probablemente en esos periodos en los que el sueño es más superficial, si se escucha algo, si se enciende la pantalla, si entra un mensaje, surja la tentación de mirarlo. Eso está fragmentando enormemente el sueño. Es peligroso no solo porque está afectando a un cerebro en desarrollo, sino porque puede convertirse en un hábito.

«El sueño se tiene que considerar uno de los grandes pilares de la salud»

Si desde la escuela se lleva tiempo incidiendo en la promoción de una vida activa frente a la obesidad y el sobrepeso, algo podrá hacerse también en favor de una higiene del sueño saludable. 

Claro. La educación –cuanto más temprana, mejor– es la herramienta más importante que tenemos para modificar nuestra relación con el sueño. Cuando yo era pequeño, nadie corría por la calle en chándal ni subía una montaña en bicicleta porque todo el mundo se movía por otras causas. Los centros deportivos se han convertido en los foros de romanos de la época actual. Con el sueño tenemos que empezar también a educar, pero no solamente en los colegios. En las universidades, en las propias facultades de medicina, el sueño se tiene que considerar uno de los grandes pilares de la salud.

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