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Nos gustan los domingos

La pereza es ni más ni menos una filosofía. En este mundo lleno de turbulencias, recurrir a su gracia es una bondad.

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25
febrero
2026

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Desde siempre nos gustan los domingos. Desde siempre nos gusta despertarnos sin el horrible timbre de la mañana que derriba nuestros sueños y los amputa en carne viva. Nos gusta quedarnos mucho tiempo con los ojos cerrados en la penumbra y envueltos en la suavidad de las sábanas. Nos gusta desplegarnos lentamente, lentamente abrirnos, estirarnos, extendernos. Nos gusta reencontrar la suavidad de la mano que duerme en nuestro hombro y sentir que nuestro cuerpo está caliente, sensual, que late, que está vivo, aún adormecido pero vivo, y perfectamente improductivo. […]

Desde siempre nos gustan los domingos por la mañana, abrir los ojos y luego cerrarlos, luego abrirlos y cerrarlos, y adormecernos de nuevo. Nos gusta beber tranquilamente nuestro café. Acariciar al gato Arthur que se estira. O a la perra Nana que se sacude. Escuchar la casa que se despierta, el parqué que gime por encima de nuestras cabezas, los primeros rumores que anuncian el nacimiento del día, y los susurros de nuestros jardines secretos.

Nos gusta observar las grietas del techo que dibujan extrañas figuras por donde la melancolía, a veces, se aventura. Dibujan, esta mañana, un gran barco de vela en el que podemos embarcarnos.

Desde siempre nos gusta permanecer mucho tiempo sumidos en nuestros pensamientos y, en los pasantes apresurados que creen ver en nosotros a unos perfectos imbéciles, posamos una mirada extremamente idiota que les hace alejarse corriendo. Nos gusta pasearnos por la casa, en zapatillas despanzurradas y pijama informe. Esa total despreocupación por la apariencia es, en sí misma, un placer. Desde siempre soñamos volver a vivir la felicidad de esos días de la infancia cuando una fiebre providencial nos obligaba a quedarnos en la cama. […]

La pereza es un arte sutil, discreto y beneficioso

Tantos placeres indecibles que seguiremos buscando durante el resto de nuestra vida, pero que rara vez alcanzarán el encanto, la fascinación, la plenitud, la gracia de esas horas de infancia durante las cuales, surcando el mar en la proa de un barco-libro, o tambaleantes en la rulot del señor Vitalis, hacíamos de la pereza uno de los más altos placeres del alma. Nos contaron, a propósito de eso, que había escritores y escritoras en los que la marea de esos recuerdos era tan intensa que, al llegar a la edad adulta, y deseando apasionadamente reavivar esas horas bienaventuradas, ¡trabajaban acostados! ¡Como Sócrates!

Desde siempre nos gusta perder el tiempo, holgazanear, divagar en una perfecta despreocupación del tiempo. Desde siempre nos gusta hacer niente, o solamente hacer lo que nos gusta, como nos gusta y cuando eso nos gusta. ¡Qué insensatos los que desconocen ese arte!

[…] la pereza es un arte. La pereza no es blandenguería pegajosa, no es intoxicación de cannabis, no es delectación taciturna, no es una letargia de después de comer, no es neurastenia crónica, no es indiferencia apática, no es desdén romántico, no es postración triste, no es pasotismo zafio, no es indolencia hastiada, no es dandismo cansado, no es lo que comúnmente se llama gandulear, o vaguear, u holgazanear, o haraganería, o simulación, o farsa, con lo que a menudo fingen confundirla.

La pereza es un arte sutil, discreto y beneficioso. Un modo feliz y amado por los poetas para resistir a los mandamientos que el mundo mercantil nos inflige con su vientre enorme y sus dientes carnívoros. Un instrumento de encanto y deleite tranquilo. Una música suave. Una manera ligera, golosa e infinitamente libre de habitar el mundo y de «aprovechar el día», como nos exhortaba un tal Horacio. (Carpe diem, quam minimum credula postero: «Aprovecha el día, no confíes en el mañana», Odas, I, 11 a Leucónoe.)

La pereza es ni más ni menos una filosofía. En este mundo furioso y lleno de turbulencias, el recurso a su gracia es una bondad.


Este texto es un fragmento del libro ‘¡Nos gustan los domingos’ (El Desvelo Ediciones), de Lydie Salvayre. 

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