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Las disculpas de Rosalía

En su última polémica, la artista ha tenido que disculparse por sus declaraciones sobre Picasso. Da un poco de pena que alguien como Rosalía tenga que doblegarse al dogmatismo, vender su espontaneidad en aras de un imposible: que todos la quieran o muchos no la odien.

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17
marzo
2026

No me apasiona la música de Rosalía. Tiene que haber de todo en el mundo, incluso gente como yo. Sin embargo, me cae simpática, desde luego me cae mejor que su fan promedio. Lo que me gusta de ella es cómo le sale la heterodoxia por las venas, su capacidad de seguir diciendo muy llanamente cosas que ponen a bailar a la gente, a darse muy fuerte golpes de pecho. Lo que no me gusta es que se sienta obligada a matizar.

En los últimos meses, Rosalía se ha visto arrastrada por presión popular a explicar sus declaraciones (¡o silencios, porque también se le imputa el silencio!) sobre Gaza, el feminismo y ahora Picasso. La perfecta tríada de los charcos. Con el artista malagueño, Rosalía ha cometido el pecado de distinguir entre autor y obra o de no entrar al trapo del distingo. Esto es tan peligroso hoy día como meter el pie entre coche y andén, pues todo tiene que ser muy meridiano: el bien y el mal, el rojo o el negro. Que lo entienda un tonto, que ya son todos.

En los últimos meses, Rosalía se ha visto arrastrada a explicar sus declaraciones sobre Gaza, el feminismo y ahora Picasso

A mí me genera angustia lo de Rosalía: he aquí una chica espontánea, inteligente en cuanto que sabe jugar con los matices, osada por momentos, caleidoscópica. Una artista en toda regla, de cuando los artistas no tenían manual de instrucciones. ¿Has visto a Rocío Jurado cortarse un pelo? ¿La has visto recular amedrentada? ¿Has visto a Paco de Lucía salir a pedir perdón por decir que cuando ganó su primer millón dejó de llamarse comunista?

Si cedes un centímetro tu derecho a ver las cosas a tu modo, tu derecho a disentir, a abrazar la complejidad el mundo, a decir incluso alguna chorrada, estás perdido. Te atrapan cuando bajas a las explicaciones. Nadie, absolutamente nadie, se ha encontrado con una ola de simpatía y comprensión en la retirada. Te están esperando en el camino de vuelta, como Kutúzov a Napoléon. Ya hay mucha gente que le tiene tomada la medida a Rosalía y una palabra suya, incluso la más cándida, basta para que confirmen su sesgo.

Es cierto que Rosalía lo tiene mucho peor que Rocío Jurado o Paco de Lucía. Su tiempo es muy distinto: hoy no se tolera la boutade ni la mirada híbrida o heterodoxa, el criterio propio. Hoy no existe el derecho a disentir o contradecirse («¿Me contradigo? Muy bien, me contradigo», decía Whitman). Tampoco se tolera ni cultiva el verdadero el arte de epatar, que era antaño la mitad del personaje de todo artista. Los artistas de hoy no epatan a nadie: son la gente más domesticada y vulgar en sus ideas que puedas encontrarte, su rebeldía es cliché y pose, siguen considerando rompedor lo que escandalizaría a una anciana en 1980.

Hoy no se tolera la ‘boutade’ ni la mirada híbrida o heterodoxa, el criterio propio.

Además, están las redes, la antorcha común. Esa presión es enorme sobre una individualidad cualquiera, incluso si es la de una mujer multimillonaria y admirada en todo el mundo. O más aún, puesto que se siente obligada a satisfacerlos a todos. Da un poco de pena que alguien así tenga que doblegarse al dogmatismo, vender su espontaneidad en aras de un imposible: que todos la quieran o muchos no la odien.

Yo me pongo en su lugar porque soy una persona conciliadora por naturaleza. Yo mismo me he sentido arrastrado en mi vida por la presión de grupo. Además, carezco de eso que llaman personalidad. Rosalía sí la tiene. Es claramente un carácter. Pero la época desprecia a este tipo de referentes que se escurren entre los dedos. Nuestro tiempo vive cómodo en apriorismos y generalidades. Para casar en él, hay que tener todos los checks en línea, superar con éxito una prueba constante de captcha: pinche donde vea semáforos.

No puedes ser, por ejemplo, homosexual y taurino o artista y fiel a tu esposa. Tienes que cuadrar al completo. Si quieres ser tú de verdad, te verás obligado a doblar la apuesta. De ahí sale, supongo, la actitud de un Albert Serra, quien para preservarse como individualidad ha encontrado un camino en la arrogancia. Y lo ha logrado.

Rosalía da la impresión de estar siempre tanteando el terreno. No se decide a ser la persona que es ni a colocarse por encima de sus peores fans. De ahí que tenga que salir a enmendarse sin motivo y a tragarse sus palabras ante una masa enfervorecida e intransigente que no le va a tener en cuenta el gesto y le va a seguir ajustando las cuentas.

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