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Romantizar el trauma

En una cultura que penaliza el cansancio y premia el rendimiento, el sufrimiento puede convertirse en la forma más legítima de pedir una tregua. ¿Qué ocurre cuando la vulnerabilidad necesita justificarse para merecer cuidado?

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10
julio
2026

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Cuando una lesión física aparece, el entorno se reorganiza. Toca cuidarse y dejarse cuidar. Sopa. Mensajes. Reposo con derecho y deber. Nadie le dice a alguien con una pierna rota que ande rápido ni le sugiere que está exagerando. Hay una radiografía, «mira». Algo parecido ocurre cuando perdemos a un ser querido, sufrimos un trauma o atravesamos un golpe vital. La comunidad se moviliza. Hay un rito social que autoriza y sostiene el desmoronamiento. Sin embargo, las fuerzas de quienes nos acompañan a veces se agotan antes que el propio dolor. Con el paso de los meses, la atención deriva en impaciencia, sospecha o en el consabido «tienes que poner de tu parte». El dolor psíquico no tiene radiografía.

Cuando el sufrimiento no cuenta con esa evidencia visible, muchas personas se embarcan en una tarea extenuante: demostrar que lo que vivieron fue suficientemente duro para merecer seguir ser tomado en serio. Como si necesitaran reunir pruebas para defender un expediente emocional que nadie pueda despachar con un «bueno, tampoco fue para tanto». Porque ¿qué obtiene una persona cuando su dolor ocupa un lugar central en su vida? Encuentra reconocimiento, un relato que da coherencia a lo vivido y una tregua frente a exigencias que ya no vienen solo del entorno, sino también de sí misma.

Es ahí donde la romantización del trauma cobra sentido. La cultura del rendimiento y la cultura del trauma parecen opuestas, pero se alimentan mutuamente. La primera empuja los estándares hasta niveles casi imposibles. La segunda ofrece una excepción: el permiso para mostrarse vulnerable, aunque con frecuencia solo cuando existe una razón debidamente acreditada para hacerlo. Entre las dos queda poco espacio para algo mucho más común: sentirse mal sin tener que justificarlo. Sin diagnóstico. Sin historia excepcional. Sin más razón que el hecho de ser humanos.

Nos cuesta aceptar que algunas experiencias simplemente hacen daño

El Romanticismo convirtió la melancolía y el conflicto interior en símbolos de profundidad. El héroe atormentado parecía comprender algo de la existencia que permanecía inaccesible para los demás. Dos siglos después seguimos asociando el sufrimiento con una forma especial de verdad, sensibilidad o autenticidad. No hay nada necesariamente equivocado en ello. El impacto tras vivir experiencias difíciles puede transformarse en crecimiento postraumático, un proceso en el que reorganizamos las prioridades, descubrimos recursos inesperados y estrechamos nuestros vínculos. Pero confundir ese proceso con una exigencia es una forma más de romantizar el sufrimiento.

Esa presión aparece en la expectativa de que el sufrimiento siempre deba producir algún beneficio. Repetimos frases como «todo pasa por algo» o «Dios les da las peores batallas a sus mejores guerreros» con la intención de consolar, pero a veces terminan transmitiendo otra idea: que el dolor debería venir acompañado de alguna recompensa moral o existencial. Nos cuesta aceptar que algunas experiencias simplemente dañan.

Romantizar el sufrimiento no es disfrutarlo ni desearlo. Es atribuirle un significado que va mucho más allá del dolor que produjo. Ocurre cuando empieza a convertirse también en una estética. Cuando deja de ser solo una experiencia que necesita ser comprendida y comienza a cumplir otras funciones: identidad, pertenencia y el permiso para expresar necesidades profundamente humanas. Es entonces cuando el sufrimiento empieza a ocupar un lugar cada vez mayor en la forma en que nos comprendemos.

Y existe otro riesgo: atribuir al sufrimiento virtudes que pertenecen a la persona. Solemos asumir que la lucidez o la resiliencia de alguien son producto de su historial de dolor, olvidando que esos recursos ya formaban parte de su estructura. Es como dar las gracias a un entorno hostil por habernos hecho fuertes, cuando la fuerza para sobrevivir a él la pusimos nosotros.

La trampa se teje cuando lo vivido deja de ser una parte de la historia y se convierte en la historia entera. Cuando pasa a explicar cada decisión, cada dificultad, cada rasgo de carácter y cada posibilidad futura, como una tela de araña que aísla y atrapa. Lo veo con frecuencia en consulta. Renunciar a esa narrativa puede sentirse como perder la explicación, la certeza, la comunidad y el permiso que ofreció. Por eso la romantización del trauma rara vez nace del narcisismo; nace de la invisibilidad de lo psíquico. Si tu dolor no tiene una radiografía que lo valide ante los demás, resulta comprensible intentar construir una historia capaz de hacerlo visible.

La salida no pasa por volver a invisibilizar el sufrimiento psicológico. Sería un error histórico. El reto es contribuir a una cultura donde el cuidado no dependa de una acreditación permanente del sufrimiento. Donde la tristeza no necesite convertirse en trastorno para resultar legítima. Donde el agotamiento no tenga que traducirse en trauma para merecer atención.

Como psicóloga, observo que los cambios más profundos aparecen cuando una persona deja de necesitar presentar pruebas constantemente y encuentra espacios donde no hace falta enseñar la radiografía para que alguien comprenda que algo duele. Encontrar ese «testigo cómplice» del que hablaba Alice Miller. A partir de ahí emerge la posibilidad de recordar lo ocurrido sin quedar definido por ello. Porque las personas necesitamos comprensión, límites, descanso, pertenencia y apoyo no solo cuando estamos heridas. Lo necesitamos porque somos humanas y porque, inevitablemente, somos vulnerables.

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