Por una ley de eutanasia que se cumpla
Una buena ley de eutanasia no amenaza la creencia ni la fe de nadie, tan solo garantiza el buen morir de todos.
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Cuando se aprobó la ley orgánica de regulación de la eutanasia, en 2021, yo la celebré con ciertas reservas. No era la ley que esperábamos quienes defendemos con rotundidad el derecho a disponer de la propia vida, pero suponía un avance notable en un asunto que una parte de la sociedad considera espinoso y tiene a fuerzas poderosas e influyentes en contra, en la Iglesia católica y alrededores. En un país donde la injerencia política del clero es tan acusada, una ley así, aunque tímida, era un triunfo de los derechos cívicos y de la autodeterminación de los individuos.
Hoy pienso que la celebración fue prematura. Lo que en 2021 me parecían timideces y precauciones tácticas destinadas a facilitar la implantación y normalizar el ejercicio del derecho (lo cual acabaría por desactivar a la oposición) hoy son puertas y huecos demasiado anchos que algunos jueces y abogados han aprovechado para torpedear el espíritu de la ley y convertir una herramienta liberadora en una tortura suplementaria. Los casos de enfermos que han visto su derecho postergado por recursos y obstrucciones han puesto de manifiesto, una vez más, que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Las primeras, las de un legislador demasiado ingenuo que no se anticipó al cinismo de los integristas cristianos y a su carácter litigante y filibustero. Las segundas buenas intenciones, las de los propios cristianos, quienes, en nombre del derecho a la vida, someten a una ordalía a quienes solo quieren dejar de sufrir.
De todas las pesadillas imprevistas, la intromisión de los familiares ha sido la más terrible. Que los jueces hayan permitido que los padres de ciudadanos mayores de edad, libres y conscientes, opinen y contradigan la voluntad de sus hijos es un giro de guión inexplicable que no solo violenta la propia ley, sino la razón de ser de los derechos civiles. En una democracia garantista y social, el Estado tiene que proteger a los ciudadanos de las opresiones familiares, no abrirles la puerta. ¿Qué diablos pinta un padre aquí? No hay la menor justificación jurídica ni ética para darle ni un cabo de vela en el futuro entierro.
En una democracia garantista y social, el Estado tiene que proteger a los ciudadanos de las opresiones familiares, no abrirles la puerta
Si yo me acogiese al derecho a la muerte asistida —algo que, como enfermo crónico, tengo muy presente en mis deseos y en mis horizontes de futuro—, lo último que querría es que un familiar, sea este alguien ajeno a mi vida o alguien muy cercano a mí, por mucho que me quiera y por muy íntimo que sea el lazo que le une a mi vida, dilate o convierta en un infierno burocrático mi libre determinación. Del Estado espero que me proteja de tales abusos, no que escuche las razones de cualquiera solo porque tenemos ciertas coincidencias en el ADN.
La mayoría de edad consiste en el ejercicio pleno de la libertad ciudadana, no importa a quién ofenda o duela ese ejercicio. Si la ley no es capaz de garantizar esa libertad, no sirve para nada. Casos como el de Francesc Augé, que recibirá la eutanasia el 27 de noviembre, dos años después de lo previsto en los trámites, son el fracaso de una norma que necesita una reforma en profundidad, y no precisamente en el sentido en el que los conservadores y reaccionarios desean.
Ante la enfermedad y la muerte se imponen siempre la compasión y la libertad de quien sufre. Una buena ley de eutanasia no amenaza la creencia ni la fe de nadie, tan solo garantiza el buen morir de todos. No obliga a nadie. El buen cristiano puede sufrir todos los tormentos que tenga a bien enviarle Dios y cumplir estrictamente con los ritos que desee, pero quienes preferimos escapar del dolor y entrar dócilmente en la buena noche, como recitaba Dylan Thomas, tenemos un instrumento que libera a las personas bondadosas que nos asisten de la acusación de homicidio, y a nosotros nos ilumina un camino de paz. ¿Qué hay de malo en eso? Ofrecemos muertes dulces a los animales desde tiempos inmemoriales. No dejamos que los caballos y los perros que amamos padezcan más de lo necesario. ¿Por qué nos ensañamos con nuestros hijos?
Son preguntas retóricas. No quiero poner a ningún religioso ante dilemas que no desea resolver. Tan solo pido al legislador que no permita que la fe ajena torture a nadie más.
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