TENDENCIAS
Pensamiento

José Antonio Marina

«La libertad no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en poder no hacerlo»

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
13
octubre
2026

Artículo

El filósofo José Antonio Marina lleva años intentando responder a una incógnita: ¿qué pasa para que el ser humano, un animal racional y con un enorme progreso, cometa tantos fallos? En ‘La vacuna contra las adicciones’ (Ariel), explica que nuestro cerebro es una «chapuza evolutiva» vulnerable a determinados «virus mentales» que pueden alterar el funcionamiento de la inteligencia. Entre ellos están el miedo, el fundamentalismo y, especialmente, las adicciones. Estas, sin embargo, no son una enfermedad: antes de que llegue la dependencia existe un proceso en el que intervienen el deseo, el placer, la pérdida de control y, también, nuestra dificultad para enfrentarnos a los problemas. La propuesta de Marina pasa por fortalecer la inteligencia, aprender a gobernar los deseos y recuperar una idea exigente de libertad. Porque, como él mismo sostiene, no nacemos libres: tenemos que aprender a serlo.


Parte de una pregunta aparentemente paradójica: si somos tan inteligentes, ¿por qué hacemos tantas estupideces?

Porque tenemos un cerebro peculiar. No se ha configurado siguiendo un diseño perfecto, sino a través de una evolución larguísima y un poco a saltos. Algunas soluciones evolutivas resolvieron determinados problemas y dejaron otros sin resolver. Somos, por tanto, muy vulnerables a lo que llamo «patógenos mentales»: cuando se introducen en nuestra mente pueden alterar el funcionamiento de nuestra inteligencia. Por eso planteo la necesidad de una vacuna contra la insensatez. Como esos patógenos no van a desaparecer de nuestro entorno, lo que podemos hacer es fortalecer las defensas de cada persona para que sea capaz de identificarlos, reconocer los marcos insensatos y desactivarlos.

¿Por qué ha elegido las adicciones como uno de esos patógenos?

Había tres candidatos: una vacuna contra el miedo, otra contra las adicciones y otra contra el fundamentalismo y la obsesión. Me pareció que las adicciones eran el problema más urgente por la dimensión que están adquiriendo y porque están apareciendo nuevas formas de dependencia. Vivimos, además, en una sociedad adictiva.

«Vivimos en una sociedad adictiva»

¿Dónde empieza exactamente una adicción?

Hay dos tipos: las adicciones a sustancias y las adicciones a comportamientos. Hasta hace poco, entre estas últimas prácticamente solo figuraba el juego. Ahora hablamos también de adicción al sexo, a la comida, al móvil, a las redes sociales o incluso al ejercicio. El camino hacia la adicción tiene tres etapas. Primero está el encuentro con el desencadenante, que produce algún tipo de placer o satisfacción. Puede ser algo completamente casual. Después, ese consumo o comportamiento puede convertirse en abuso y empezar a producir efectos perjudiciales. Y finalmente aparece la pérdida de control: la persona encuentra cada vez más difícil liberarse de aquello y, si lo intenta, experimenta un fuerte malestar. Es en ese momento cuando podemos hablar propiamente de adicción. La situación se cierra cuando la persona llega a pensar que no tiene otra salida que mantenerse dentro de ella.

Sostiene que la adicción puede ser una mala solución a un problema. ¿Qué significa esto?

Que cuando una persona se enfrenta a un problema tiene dos posibilidades. La buena consiste en enfrentarse al problema; la mala, en enfrentarse al malestar que ese problema produce. Entonces busca aliviarse como puede: con una pastilla, una droga, alcohol, comida o cualquier otro recurso. Estamos disminuyendo lo que llamo la competencia para resolver problemas y favoreciendo la aparición de personas que se sienten inermes ante lo que las rodea. Y, al mismo tiempo, les estamos transmitiendo la idea de que la felicidad debe ser fácil.

«La felicidad fácil es una trampa»

¿Nuestra sociedad está fomentando esa búsqueda de soluciones fáciles?

Por muchos caminos estamos favoreciendo sujetos más fácilmente manipulables. La democracia necesita votos y los partidos pueden tener la tentación de preferir votantes crédulos y emocionales antes que ciudadanos críticos y exigentes. El mercado compite por el comprador y la publicidad funciona mejor cuando consigue convertirlo en un comprador compulsivo. Las nuevas tecnologías, además, están creando una especie de intoxicación de comodidad: cuando uno se acostumbra a que todo sea fácil, cualquier esfuerzo empieza a parecerle colosal. La felicidad fácil es una trampa.

¿Existe el riesgo de que esta reivindicación de la fortaleza individual termine culpando a quien desarrolla una adicción?

Lo primero que hay que hacer para resolver un problema es reconocer que existe. Una de las grandes fortalezas de la inteligencia humana es precisamente la capacidad de autocorrección. Reconocer un error no es un desastre: es un progreso. El problema aparece cuando no reconocemos nuestros errores o cuando los reconocemos pero no aprendemos de ellos. Eso no significa que haya que culpabilizar al individuo. Significa que tenemos que aumentar su capacidad para enfrentarse a los problemas y recuperar el control.

«Reconocer un error no es un desastre: es un progreso»

¿También debemos aprender a gobernar nuestros deseos?

Sí. Nuestro sistema de deseos y placeres es una solución evolutiva muy eficaz, pero también imperfecta. El placer funciona como un sistema de recompensa que nos dice que repitamos aquello que nos produce satisfacción y evitemos lo que nos produce dolor. El problema es que no todo lo placentero es bueno. Una persona a la que la diabetes está perjudicando puede seguir teniendo ganas de comer azúcar. Las drogas llevan esto al extremo: secuestran directamente el sistema de recompensa hasta conseguir que el único deseo relevante sea consumirlas. Por eso hay que aprender a distinguir entre deseos y placeres beneficiosos y aquellos que resultan perjudiciales. Es una cuestión de higiene mental.

Entonces, ¿la libertad consiste en controlar nuestros deseos?

La persona impulsiva cree que es libre porque puede hacer lo que le da la gana. Pero si no puede controlar sus ganas, está a merced de ellas. La libertad aparece precisamente cuando puedo elegir entre hacer lo que deseo y hacer aquello que sé que me conviene. Por eso me parece perjudicial decir que todos nacemos libres. Esa afirmación era originalmente política, no psicológica. Psicológicamente nacemos dependientes: de nuestros padres, de nuestras emociones, de nuestras circunstancias. La libertad es un proyecto y no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en poder no hacerlo. Tenemos que intentar liberarnos de nuestros miedos, de nuestro carácter, de nuestras circunstancias y de nuestros deseos cuando estos nos dominan.

«La persona impulsiva cree que es libre porque puede hacer lo que le da la gana»

Es una idea de libertad bastante exigente.

Sí. Hay un psicólogo francés, Jean-Claude Kaufmann, que tiene un libro cuyo título podría traducirse como Qué pesada es la libertad y tiene razón: la libertad cansa. Hay que pelearse continuamente con el carácter, con las emociones, con los deseos, con las dudas y con las circunstancias. Si un sistema informático le dice: «No se preocupe, yo le voy a resolver todos los problemas; usted solo tiene que obedecer mis órdenes», probablemente le parecerá muy cómodo. Pero está renunciando a su libertad.

¿Por eso no le convence hablar simplemente de las adicciones como un problema médico?

El modelo médico resulta insuficiente porque el verdadero problema de las adicciones es la pérdida de control. Y perder el control no es únicamente una cuestión individual. Es también un fenómeno social. Una persona que pierde el control puede dejar de respetar las normas básicas de convivencia, actuar dominada por la ira o conducir borracha y matar a alguien. Por eso la sociedad tiene que establecer límites.

«El verdadero problema de las adicciones es la pérdida de control»

¿Qué puede aportar la filosofía a alguien que está atrapado en una adicción?

La filosofía no debería entenderse como una especie de autoayuda estoica. Es una disciplina que aborda problemas que las demás ciencias, por su propia naturaleza, no pueden resolver. La medicina puede estudiar determinados aspectos de una adicción, pero la libertad no es un problema médico. La filosofía se ocupa de cuestiones como qué es la inteligencia, cuáles son sus límites, qué significa ser libre o cómo debemos establecer normas de comportamiento. En las adicciones, todas esas preguntas son fundamentales.

También habla en el libro de inteligencia artificial. ¿Qué tienen que ver las adicciones con ella?

Hay una cuestión filosófica fundamental: quién elige los fines. La inteligencia artificial puede buscar los medios para alcanzar un objetivo, pero ¿quién establece ese objetivo? Los seres humanos somos capaces de inventar fines. Además, la inteligencia artificial funciona mediante sistemas de recompensa y puede producir resultados que nosotros mismos no comprendemos. Ya existe el riesgo de que aparezcan demostraciones matemáticas que sabemos que son correctas porque han sido verificadas, pero cuya lógica resulta incomprensible para los seres humanos. Si empezamos a producir verdades que no podemos comprender, tenemos un problema filosófico de enorme importancia.

También reivindica una filosofía basada en argumentos. ¿Por qué insiste tanto en que no todas las opiniones son respetables?

Porque confundimos con frecuencia el respeto a la persona con el respeto a lo que dice. La persona que opina es respetable. Su opinión puede serlo o no, dependiendo de su contenido y de los criterios propios del ámbito del que estamos hablando. Si un profesor de Geografía dice que la Tierra es plana, esa opinión no adquiere respetabilidad simplemente porque sea una opinión. Tenemos que acostumbrarnos a exigir argumentos. Una opinión sin argumentos no tiene valor intelectual.

«Una opinión sin argumentos no tiene valor intelectual»

Si pudiera introducir una asignatura obligatoria una hora a la semana en las escuelas, ¿cuál sería?

Pondría una asignatura de heurística: la ciencia de solucionar problemas. Y no una hora, sino siete. Desde Primaria. Los niños tienen problemas constantemente: una amiga no les invita a su cumpleaños, quieren el juguete de otro niño, sufren un conflicto o reciben acoso. Hay que enseñarles cómo afrontar esas situaciones, cómo buscar alternativas y cómo pedir ayuda. El futuro es imprevisible, pero hay una cosa que sabemos con absoluta seguridad: nos va a plantear problemas. Por eso deberíamos enseñar a resolverlos.

¿Y qué significa aprender a resolver problemas?

No es solo una función cognitiva. También implica emociones, valentía, resistencia, atención voluntaria y capacidad para continuar cuando uno está cansado. Resolver problemas acaba configurando un tipo de personalidad: una personalidad capaz de actuar. Por eso defiendo una educación basada en problemas, proyectos y preguntas. Funciona porque los alumnos comprenden que lo que están aprendiendo sirve para resolver algo. En el fondo, educar consiste en preparar a una persona para enfrentarse a la vida. No sirve de mucho saber qué hay que hacer si después no tenemos el valor para hacerlo.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME