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«El poder es algo potencialmente aniquilador»

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22
octubre
2026

«Sé un rostro de ojos serenos que ríe», escribe Saint-John Perse. José María Lassalle (Santander, 1966) cita un verso que podría describirlo a él, aunque en sus diarios la serenidad no siempre encuentra acomodo. Entre 2001 y 2006, mientras trata de abrirse camino en la universidad, se adentra en la política, asciende en el Partido Popular, asiste a la derrota electoral de 2004 y trata de comprender las tensiones de un país que parece volver a dividirse en dos. También escribe sobre su familia, la soledad, el amor y la necesidad de huir. Porque la política, antes que una sucesión de cargos y acontecimientos, es en estas páginas una experiencia íntima: la de alguien que se acerca al poder mientras sospecha que, al hacerlo, puede estar alejándose de sí mismo. El diarista registra la fascinación por participar en las decisiones, pero también la melancolía de quien teme haber sacrificado una vocación. Ve los túneles por los que circula el poder, las lealtades que exige y las enemistades que fabrica. Veinte años después, aquellas páginas permiten interrogar no solo una época decisiva de la política española, sino también el precio biográfico de intervenir en ella.

A diferencia de la intimidad que trasluce en estos diarios, su perfil público es bien conocido: doctor en Derecho, profesor de Teoría y Filosofía del Derecho en la Universidad Pontificia Comillas (ICADE) y consultor y analista político. Ha sido profesor en distintas universidades públicas y privadas, director de la Fundación Carolina, diputado del Partido Popular y secretario de Estado de Cultura y de la Sociedad de la Información y Agenda Digital durante los Gobiernos de Mariano Rajoy. En la actualidad, es consejero de distintas consultoras, y colabora habitualmente en medios como El País y La Vanguardia. Especialista en pensamiento político anglosajón tras dedicar su tesis a Locke, es autor de ensayos como ‘Liberales’, ‘Contra el populismo’, ‘Ciberleviatán’, ‘El liberalismo herido’ y ‘Civilización artificial’. Ensayos en los que alertó con anticipación sobre muchas cosas que hoy parecen sobrevenidas: la IA, la concentración del poder en los magnates tecnológicos, el auge populista o la crisis de la democracia.


Mantienes una relación muy ambivalente con Santander. Por un lado, dices que es una ciudad que se ha quedado atrás, que de alguna manera te ahoga; por otro, vuelves mucho a ella, física y literariamente. Es casi uno de los personajes de esta novela que son tus diarios. ¿De dónde nace esa pulsión por salir de Santander?

De la propia educación sentimental de convivir con una ciudad muy completa en su realidad, que ya no admite la posibilidad de alojar contradicciones, heterodoxias, maneras alternativas de vivir la propia ciudad y lo que aloja en su seno. Cuando la ciudad en la que creces se convierte en un obstáculo para seguir creciendo de otra manera, tienes que dejarla atrás. Aunque no la puedes olvidar, porque es tu educación sentimental.

¿Tiene más que ver con esa ciudad cerrada a la heterodoxia que con tu familia, de la que hablas de una manera muy honesta, como una familia a la que le cuesta abrirse y que a la vez está muy presente en tu vida?

Sí, porque, como buena familia norteña, reprime los sentimientos: los considera algo que no merece exhibirse. Los sentimientos no forman parte de la educación que uno recibe, o por lo menos recibía, porque creo que esto es muy old school.

«Cuando la ciudad en la que creces se convierte en un obstáculo para seguir creciendo de otra manera, tienes que dejarla atrás»

Quizá por eso mencionas tanto tu fascinación por el Mediterráneo, por familias que son lo opuesto.

Para mí, descubrir el Mediterráneo fue un cambio radical. De hecho, desde hace ocho o nueve años veraneamos en Grecia, porque el descubrimiento de Grecia fue para mí un cambio cultural. Y, sobre todo, asomarte al Mediterráneo te permite de pronto ver el mar desde el sur, cuando en el norte lo ves de espaldas al sol, con todo lo que eso representa. Parece un detalle, pero es algo radicalmente diferente.

Otra cosa que está de fondo en tus diarios es la tensión entre tu vocación universitaria y tu implicación política. Es como si intentaras compatibilizarlas, pero la vocación política se va imponiendo. ¿Cuándo empezaste a sospechar que esas dos vías podían ser incompatibles?

Es curioso, porque hice la tesis doctoral sobre John Locke y a Locke le pasó lo mismo. Cuando estaba terminando su carrera académica, se vinculó inesperadamente al fundador del partido whig: se convirtió en el autor de sus discursos y en quien diseñó la estrategia política para evitar que Inglaterra fuera una monarquía absoluta. Y eso me ha marcado también. Desarrollar mi vida académica alrededor de un autor que vivió lo que yo, inesperadamente, viví biográficamente fue un abismo que me llevó finalmente a la política, pero que nunca me hizo olvidar la necesidad de volver a lo académico, que es donde estoy.

Escribes: «Me siento pleno de energía, con fuerzas y bien pertrechado para seguir adelante y comerme el mundo. Sin embargo, siento que estoy traicionando algo muy profundo». ¿Qué estabas traicionando exactamente? ¿Una determinada idea de vida intelectual o la imagen que te habías construido de ti mismo?

Probablemente esto último, que está asociado al mundo de los libros. Me quedé en la universidad porque me dijeron que podía tener una beca de investigación y pensé que con ella iba a cumplir un sueño: que me pagaran por leer. La traición a los libros está un poco en la idea de la política, por el poco tiempo que la política te deja para resolver a través de los libros la curiosidad que te plantea el mundo. Es una tensión que reflejo en los diarios y que mi salida del Gobierno y de la política resuelve. Pero catorce años después de empezar mi vida política.

No hay arrepentimiento, por tanto.

No, porque al final agradezco a la política la oportunidad que me ha dado de tocar el poder, de saber lo que es el poder en su interior, de desmitificarlo y mitificarlo al mismo tiempo.

Ahí está la seducción del poder. Observarlo genera mucha adrenalina, y participar, ni te cuento: ver que alguien pronuncia unas palabras que has escrito tú provoca nerviosismo, responsabilidad y, en cualquier caso, fascinación. Dices en algún momento que estar «en la pomada» es fascinante. ¿Qué te fascinaba exactamente? ¿La posibilidad de influir, el acceso a información reservada o la sensación de formar parte de algo importante?

Todo está dentro de la experiencia de contactar con el poder, pero de entre todas, creo que la más interesante es la observación misma del fenómeno: comprender los engranajes de la maquinaria del poder, ver cómo funciona. Y luego, si tienes la gran suerte de poder influir un poco, de acuerdo con lo que tú crees que debe hacerse desde el poder, entonces ya es una experiencia apoteósica.

Escribes que «el poder se relaciona a través de túneles», pasajes ocultos para la opinión pública. ¿Cuándo descubriste que la política real funcionaba a través de esos circuitos informales? ¿Qué aprendiste en el poder que no habrías podido aprender en los libros?

Que efectivamente, como le pasa plásticamente a Madrid, hay túneles que comunican lugares inverosímiles desde lo político. Descubres conexiones personales, familiares, cercanías que rompen los conflictos que en la superficie plantean las siglas y que ayudan a resolver la gestión del interés general. Esa es la política que yo viví. No sé si es la política que subsiste: me da la sensación de que se han tapiado muchos de esos túneles. Cuando fui secretario de Estado de Cultura, la Casa de las Siete Chimeneas, que forma parte del ministerio, estaba llena de túneles que comunican con todo el centro de Madrid. Las famosas historias de fantasmas vienen de que los túneles se van destapiando, porque a veces se caen los adoquines, y entonces las corrientes de aire hacen que circulen los fantasmas, por así decirlo. Creo que en la política de hoy se han tapiado demasiados túneles y hay demasiados fantasmas.

«Creo que en la política de hoy se han tapiado demasiados túneles y hay demasiados fantasmas»

Hablas mucho de tu relación con Gregorio Peces-Barba: un hombre formado en Bobbio y en Kelsen al que, sin embargo, ves como un hombre de poder casi schmittiano. ¿Cómo lo viviste?

Primero, desde el mayor de los respetos, desde un punto de vista académico y político. Soy plenamente consciente de que es un padre de la Constitución. Para mí fue un maestro que influyó en muchas de mis reflexiones, por ejemplo alrededor de la figura de Bobbio, que yo he interiorizado, o del propio Kelsen. Pero una cosa es el académico y otra el político de la universidad, y Gregorio creo que era un personaje universitario de la vieja escuela: lo que él vivió, lo reproduce. En su caso se encontró con alguien como yo, que no se amoldaba a sus mecanismos de toma de decisiones a la hora de premiar el mérito y la capacidad. Y ese fue el conflicto que me sacó de su tutela clientelar.

Pero él mandaba mucho. ¿Te afectó anímica o profesionalmente?

Me afectó, y se verá en el segundo volumen de mis diarios, aunque aquí ya se apunta: me pusieron una cruz, académicamente hablando. Y eso no solo me ha pasado a mí; les ha pasado a otros con otros maestros. Desgraciadamente, creo que es una asignatura pendiente que la universidad no ha sido capaz de resolver del todo.

¿Qué te atrajo del Partido Popular en aquellos años?

Primero, que conecté con un entorno liberal que quiso incorporarme al proyecto. Liberal, que no neoliberal: aquí siempre hay que aclararlo. Pero luego —y este es uno de los problemas del liberalismo español— resulta menos liberal de lo que parece. Su herencia, como trato de trasladar y se irá viendo en los diarios, es un liberalismo moderantista, que tiene mucho que ver con lo que fue el moderantismo del siglo XIX: en el fondo, un conservadurismo que se viste de liberal. En el caso español fue determinante como una de las familias del poder dentro de la dictadura para transformarla en un Estado de derecho que limitó su autoritarismo. Estoy hablando de los Fontán y compañía.

Me parece brillante la página y media en la que haces un repaso de la élite de España de los últimos 50 o 60 años a través del paseo de la Castellana.

Eso se va a ver más en el segundo volumen, pero sobre todo en el tercero: la geopolítica del poder en Madrid. Todo pasa dentro de la M-30, pero quien lo vertebra es la Castellana, un eje vertical que marca una jerarquía. Conecta las viejas élites del norte, con su limpieza de sangre, con la plaza de Carlos V y Atocha, la salida al sur, buscando América a través de Sevilla y Cádiz.

En tu diario aparecen roces a medida que avanza tu carrera política; alguna amistad se quiebra. ¿Qué descubriste sobre el mérito, la ambición, las lealtades personales y la pertenencia a una organización? ¿Cómo llevaste la tensión entre la lealtad a la organización y tu libertad, que en el fondo era lo que venías buscando en Madrid?

Mal, como se refleja. Es una tensión que va erosionando, primero, mi compromiso con un programa político y, después, me lleva a salvar mi fidelidad a través de la lealtad personal. Lo que me mantiene en el proyecto es la confianza en las personas que han confiado en mí. Y eso también explica mucho cómo funciona el poder en la gestión, más allá de los partidos. Al final, el poder, cuando se gestiona, está precisamente en las relaciones de amistad, en las lealtades que generan confianza. Tocas el poder sabiendo que es algo potencialmente aniquilador, pero cooperando, un poco en la idea de Burke de los hombres buenos que son capaces de ponerse de acuerdo. Esa idea es la que te mantiene, como me mantuvo a mí siete años en el Gobierno y ocho acompañando la llegada a ese Gobierno. Eso sí, con una enorme decepción interior, que no oculto.

Cuentas de manera dura lo que le cuesta al Partido Popular asumir la derrota de 2004. Y ves, sobre todo en la figura de Aznar, que algo está cambiando en la cultura política del país: el resurgir del nacionalismo español en la derecha. ¿Cómo lo vivió un liberal como tú?

Mal. Muy mal, porque nunca he sido nacionalista y no creo en el nacionalismo.

Recoges una frase de Aznar en 2005, dicha delante de ti: «Hay que preguntar a los españoles si están dispuestos a defender la unidad de la nación, y a lo mejor hay que preguntárselo también a Mariano Rajoy y a los que estáis con él». ¿Había una ruptura de fondo que se camuflaba?

No se camufló, porque se fue viendo públicamente el paulatino desencuentro que culmina en el Congreso de Valencia de 2008. Eso estará contado con detalle en el segundo volumen de los diarios, porque yo estaba en la cocina de todo lo que pasó.

«Nunca he sido nacionalista y no creo en el nacionalismo»

En estos diarios también revolotea la figura de Esperanza Aguirre.

Pero siempre ha sido una figura menor. Lo digo así, abiertamente, y se va a ver. Nunca ha sido una persona lo suficientemente relevante como para marcar ella una corriente: lideraba lo que otros impulsaban. Y lo hizo muy bien, porque comprometió al partido en el Congreso, y particularmente a la figura de Rajoy, pero no se atrevió a dar el paso, porque tiene la listeza suficiente para saber hasta dónde puede llegar.

¿Cómo viviste la derrota de 2004? En los diarios ya la intuías meses antes. ¿Fue determinante la guerra de Irak, que tú vivías con amargura y que, por lealtad a la organización, tenías que defender públicamente en algunos artículos?

La guerra de Irak fue determinante. Y fíjate que este es un reproche que llevo dentro: creía que había que confiar en los británicos y en los norteamericanos.

Tú eres muy anglófilo.

Hice mi tesis sobre Locke. Y siempre pensé que, conociendo sus intereses comerciales y geopolíticos, era muy fuerte que cuestionaran el orden internacional que ellos mismos habían creado después de la Segunda Guerra Mundial, contrariando a las Naciones Unidas. Es más, me movía en un círculo donde había personas que supuestamente tenían muy buena información, como el propio Rafa Bardají, que aparece en los diarios, una persona muy vinculada a las administraciones neocon. Y quería creer que eso era así. Por eso empecé a sospechar desde el momento en que no aparecían las armas de destrucción masiva.

Siguen sin aparecer.

Era lógico que, si el régimen de Sadam Husein era tan terrible como yo pensaba —una satrapía oriental en el peor sentido de la palabra—, iba a tener la tentación evidente de utilizar las armas de destrucción masiva, igual que utilizó a la Guardia Republicana. Pero no lo hizo. Y no por impotencia, sino porque, como se vio, no las tenía. Ese fue para mí un primer dato que me descentró, porque me había comprometido con algo y resulta que ese algo estaba traicionando aquello en lo que yo creía.

Entonces no fue solo una puesta en escena del PP hacia fuera, sino también hacia dentro. Lo creía el partido de verdad.

Es que lo creímos todos. Probablemente el propio presidente también. Estoy convencido.

Aznar, en este sentido, no fue cínico.

No, porque no forma parte de su educación sentimental. Creo que eso es lo que le lleva al colapso. Es un poco lo que también reflejo: cómo en mi relación con él, durante y después, se va produciendo una implosión emocional.

¿Por esa sensación de sentirse defraudado, engañado?

Y, sobre todo, porque se desata una jauría a su alrededor. No solo el descontento de la ciudadanía y el reproche cívico, sino un ensañamiento, en mi opinión, político y en los medios de comunicación, en la manera de tratarlo. Y él, en vez de desaparecer, como lo lleva en la sangre, se deja desbordar por la épica. Llega a FAES como una especie de estratega y es entonces cuando aparece en la comisión de investigación del Congreso.

Cuando ves que las cosas no van bien, ¿tenías datos de encuestas o era una percepción?

Se veía en la calle. Creo que todo el mundo tenía la idea de que, si no se mencionaba la guerra y no se convertía en un tema presente en la campaña, el PP podía ganar. Pero la acumulación de malestar por la manera final de gobernar de Aznar —primero, con su empecinamiento en no dar el brazo a torcer con el Prestige, y luego con la paulatina huida hacia adelante que fue la guerra— y el atentado estaban creando las condiciones para que, si se cruzaba la guerra, se perdiera. Y se perdió, pero con un Partido Popular muy potente y con capacidad para darle la vuelta a la situación. El problema es que la manera de darle la vuelta puede deslegitimar la victoria del otro. Mi tesis, que es lo que planteo ahí cuando digo que las mayorías no se juzgan, sino que se cambian, era la contraria: actuar sobre el statu quo, no deslegitimar el resultado, y con los mimbres que había, darle un cambio a la situación.

Me llama la atención el papel que le das a Zaplana, que de repente se veía con posibilidades, como una especie de candidato interno.

Zaplana era un tipo hábil, que tenía una imagen política como ministro de Trabajo y como liberal a la manera valenciana, con ese pragmatismo, cuando todavía no estaba la sombra de la corrupción y de todo lo que luego supimos que escondía el PP valenciano. Era un político en condiciones de ser candidato, aunque curiosamente Aznar no había pensado en ello.

¿Había pensado en Acebes?

Creo que nunca del todo, porque el perfil de Acebes siempre fue el de una persona que, como se vio durante la crisis de los atentados de Atocha, no supo estar a la altura de la comunicación ni de cómo debía transmitirse el contexto de conflicto social al que nos llevaba la negación de los hechos.

Tu relación, y después tu matrimonio, con una diputada del partido rival en un momento de tanta polarización. Cuentas que pensabas que causaría más revuelo del que luego causó, pero se vio con extrañeza. ¿Qué te enseñó aquella experiencia sobre la distancia entre la política como representación y la vida real? 

Yo viví todavía el momento en el que la política no obstaculizaba a las personas. Y si aparece esa parte personal en mis diarios es porque, si quiero escribirlos y reflejar mi vida biográficamente, no podía excluir lo que efectivamente supuso.

Como una etapa previa a lo que hoy se llama polarización afectiva.

Sí, pero lo abordo no tanto porque fuera fundamental, sino porque en la coherencia biográfica que contienen unos diarios eso tiene que estar. Está en un segundo plano, porque lo fundamental es mi relación con el poder. Pero no tendría sentido esa interpretación de cómo me he ido relacionando con el poder, que es lo que creo que realmente tiene valor en los diarios, si no abordara también estas cuestiones personales. Eso sí, no me recreo en ellas.

¿Qué diferencia hay entre escribir ensayo y escribir diarios?

Los ensayos te permiten construir pensamientos, reflexionar sobre las ideas y el impacto que pueden tener en la política. Al final, un ensayo tiene una pátina académica que recubre lo que haces, con mayor o menor acierto en la escritura, y sabes que tienes que manejar unos códigos. Pero los diarios implican entrar en un escenario de complejidad, porque revisas el diario y lo trabajas. Mantienes la literalidad en determinadas cuestiones y en otras reelaboras la experiencia, pero, en cualquier caso, intervienes en la memoria. Y ese es un fenómeno fascinante, porque la memoria puede traicionarte, te puede llevar a equivocación. Sobre todo cuando han pasado 25 años.

«La memoria puede traicionarte, te puede llevar a equivocación»

Hay cosas muy curiosas, como cuando una gitana te lee la mano y te dice: «Te casarás dos veces, te irá bien profesionalmente, tendrás dos hijas». 

Y tengo dos hijas. Pero, sobre todo, los diarios te hacen entrar en habitaciones del pasado que pensabas que estaban selladas. Y de pronto, cuando notas el impacto que la memoria tiene sobre lo que escribiste, con sus silencios, con su tensión, se te abre un abismo a los pies. Y aun así tienes ganas de seguir. Hay también una vocación de hacer algo que la inteligencia artificial no va a poder hacer: mostrar la condición humana. En este caso, la de alguien que sale de la academia para entrar en contacto con el poder, palpar el poder como el anillo de Tolkien y ver las transformaciones que uno experimenta. Lo que me salva desde el primer momento es que sé que es una transición hacia otras realidades. Yo no voy a quedarme habitando ahí.

Hay personas no tan conocidas pero que fueron muy importantes para ti a nivel personal y político. Algunas ya no están. 

Una de las personas que más me influyó, y que está en los diarios, es Paco Villar, que fue jefe de gabinete de Mariano Rajoy y secretario de Estado con él, y que nos fichó a todos, empezando por Soraya. Cuando iba a llegar al Gobierno —él falleció un poco antes de la victoria electoral de 2011—, me dijo una cosa: «Cuando tengas coche oficial, nunca te pongas atrás. Ponte delante, con el conductor, y procura utilizar el coche solo para los actos oficiales». Así que yo hablaba con el conductor, no con mis asesores. Siempre iba delante, pendiente de la conducción, porque me ha gustado mucho conducir, e íbamos hablando de por dónde ir.

¿Te ves más cerca de volver a Santander o de volver a la política?

De ninguna de las dos. Con Santander trato de reconciliarme, porque ya han fallecido mi padre y mi madre, y esa es una desconexión muy fuerte con el lugar en el que has nacido. Allí están mi hermana, mi sobrina, mi familia, que somos muy Lassalle.

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