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Eutanasia, el escándalo de la muerte y de la libertad

La familia cree decidir por amor, la religión cree decidir por fe, la política cree decidir por principios, y entre todos terminan decidiendo por otro.

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27
marzo
2026

La eutanasia incomoda porque obliga a tomarse en serio la libertad. Mientras la libertad consiste en votar, en divorciarse o en cambiar de trabajo, la sociedad la celebra con entusiasmo, pero cuando la libertad alcanza el territorio de la vida y de la muerte, entonces deja de parecernos una conquista y empieza a resultarnos una amenaza. El caso de Noelia Castillo no reabre el debate de la eutanasia, reabre una discusión mucho más incómoda: decidir a quién pertenece una vida cuando esa vida depende de los cuidados de los demás y… del permiso de los demás.

España dispone de una ley de eutanasia. El Estado ha asumido la responsabilidad de regular la muerte asistida con un sistema de garantías extremadamente riguroso, de modo que la eutanasia no aparece como una improvisación ni como un capricho, sino como una decisión sometida a informes, evaluaciones y plazos de reflexión. Y aun así cada caso termina convertido en una batalla judicial, moral y política, como si la voluntad del interesado fuera el elemento menos importante de todos. O como si haber cumplido 25 años con «toda la vida por delante» –el ejemplo de Noelia– tuviera que aceptarse como un límite normativo inaceptable.

El debate desemboca siempre en la orilla de la religión. Legítima en la conciencia, abusiva cuando coloniza el Código Civil o el Penal. Una convicción espiritual –la vida como un don de Dios, el suicidio como un «pecado mortal»– orienta una conducta; no debe dictar una ley general. De ahí procede la infamia muy al uso estos días de acusar al Estado de organizar ejecuciones con dinero público. ¡Asesinato! Pura pirotecnia verbal. Fundamentalismo de quienes prefieren el espanto a la honestidad intelectual.

Lo verdaderamente inquietante no es la eutanasia, sino la idea de que la vida de una persona pueda convertirse en propiedad moral del prójimo

Lo verdaderamente inquietante no es la eutanasia, sino la idea de que la vida de una persona pueda convertirse en propiedad moral del prójimo. La familia cree decidir por amor, la religión cree decidir por fe, la política cree decidir por principios, y entre todos terminan decidiendo por otro. La eutanasia no enfrenta la vida y la muerte, enfrenta la voluntad individual y la tutela colectiva, enfrenta la soberanía del individuo y la tentación permanente de los demás de protegernos incluso contra nosotros mismos.

Vivir no consiste únicamente en mantener el cuerpo funcionando, vivir implica autonomía, conciencia, voluntad, dignidad. Cuando esas dimensiones desaparecen o se convierten en una forma de sufrimiento irreversible, la prolongación artificial puede terminar convertida en una forma de encarnizamiento que tranquiliza a los vivos mucho más de lo que alivia a quien sigue respirando sin las menores intenciones de hacerlo.

La ciencia y la religión, que discrepan en casi todo, coinciden en la necesidad de conservar el hálito, unos por la idea del alma y otros por la idea del progreso médico, así es que entre ambos han construido una civilización que considera la muerte un fracaso, cuando el fracaso quizá consistiría en convertir la vida en una obligación incluso hasta cuando ha dejado de ser una elección.

El caso de Noelia no debería haberse convertido en un símbolo ni en una bandera ni en un argumento político, porque nadie debería representar una causa por el hecho de querer dejar de sufrir, pero la eutanasia adquiere esa capacidad de convertir las tragedias privadas en discusiones públicas, y esas discusiones revelan siempre lo mismo, que la sociedad acepta la libertad mientras no le incomoda, mientras no le obliga a enfrentarse a decisiones que preferiría no tomar, mientras no le recuerda que la vida tiene un final y que ese final no siempre llega cuando los demás consideran oportuno.

La eutanasia no obliga a nadie a morir, pero su prohibición sí obligaría a muchos a vivir contra su voluntad, y esa diferencia debería bastar para entender que el debate no trata sobre la muerte, trata sobre la libertad, sobre la propiedad de la vida y sobre la dificultad que tenemos para aceptar que la libertad de los demás incluye decisiones que nosotros no tomaríamos. La muerte seguirá siendo el mayor escándalo de la condición humana, pero convertir la vida en una obligación también debería escandalizarnos.

La eutanasia no obliga a nadie a morir, pero su prohibición sí obligaría a muchos a vivir contra su voluntad

¿A quién pertenece una vida? Durante siglos la respuesta fue sencilla: la vida pertenecía a Dios. Después empezó a pertenecer al Estado. Y en el ámbito privado, a la familia. La idea de que la vida pertenece al individuo es relativamente reciente y todavía nos produce vértigo. Por eso la eutanasia incomoda tanto. No porque trate de la muerte, sino porque trata de la libertad.

La sociedad acepta la libertad mientras no le incomoda, acepta que cada cual arruine su vida, se equivoque, fracase o se destruya lentamente, pero se inquieta cuando alguien decide terminar su vida de forma consciente, porque esa decisión elimina la coartada del destino y nos obliga a aceptar que la libertad puede tener consecuencias irreversibles.

La eutanasia tiene mejor aceptación que el aborto en la sociedad española. Incluso entre los ciudadanos que se declaran católicos practicantes, aunque la posición de la Iglesia es inequívoca, igual que ocurre con las demás religiones monoteístas. Impresiona descubrir cuánto temen la muerte las confesiones que prometen la vida eterna…

La eutanasia, el suicidio asistido.  Tanto vale una fórmula como la otra para asomarnos al tabú de la muerte. Y para afrontar la necesidad de legislar sobre ella con transparencia, rigor y sensibilidad, incluyendo la objeción de conciencia. Y predisponiendo una campaña de sensibilización respecto a la normalización del testamento vital: dejar escritas unas voluntades como medida preventiva a un accidente, a un proceso degenerativo o demencial, de tal manera que la última decisión no recaiga en el arbitrio de los familiares ni allegados. Resulta sarcástica la situación de quienes deciden morir y  no pueden hacerlo porque están esclavizados en su cuerpo o en su cabeza.

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