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Sociedad

La sociedad infantilizada

¿Puede una sociedad cada vez más sofisticada volverse, al mismo tiempo, menos capaz de digerir la frustración, tolerar la incertidumbre o aceptar los límites?

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Mariana Toro
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21
octubre
2026

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Mariana Toro

Un repartidor tarda cinco minutos más de lo previsto. Quien espera no tiene prisa, pero nota una impaciencia desproporcionada. Actualiza la aplicación, mira el tiempo estimado y comprueba por dónde viene la moto. Cuando el pedido llega, se descubre absurdamente irritado. Por un instante, ha reaparecido una forma infantil de relacionarse con la frustración: «Quiero esto, lo esperaba ahora y me cuesta aceptar que la realidad no se acomode a mi deseo».

Cuando escenas como esta empiezan a hacerse habituales, ¿estamos ante una reacción individual o ante una posición frente a la realidad que el entorno favorece y refuerza? ¿Puede una sociedad cada vez más sofisticada volverse, al mismo tiempo, menos capaz de digerir la frustración, tolerar la incertidumbre o aceptar los límites?

Vivimos rodeados de aplicaciones que simplifican el camino entre querer algo y tenerlo. La comida llega caliente en minutos y un algoritmo selecciona lo que veremos después. Los debates complejos nos llegan masticados, convertidos en una opinión cerrada que nos ahorra un incómodo «pues no lo sé». Pero la comodidad y la previsibilidad, por sí solas, no son suficientes para hablar de infantilización. Jugar a videojuegos o llevar una camiseta de superhéroes tampoco nos hace menos maduros, y vivir con los padres a los 30 años puede decir más sobre la vivienda que sobre nuestra capacidad para hacernos cargo de la vida.

La cuestión está en cuándo esa simplificación empieza a sustituir funciones que, como adultos, necesitamos seguir ejerciendo por nosotros mismos. Una de esas funciones es regularnos. Recibir un «no» sin vivirlo como un ataque, tolerar una contrariedad sin exigir una solución inmediata o atravesar un enfado sin que alguien —o algo— tenga que apagarlo. La otra es pensar por nosotros mismos. No precipitarnos a cerrar una duda, escuchar algo que contradice lo que pensamos sin reaccionar enseguida o resistir la primera explicación que confirma lo que ya creíamos.

Infantilizar a un adulto sería, en este sentido, tratarlo como si tuviera menos autonomía o tolerancia al malestar de la que posee, decidiendo por él o retirando una incomodidad antes de que descubra qué puede hacer con ella.

En la infancia, otros hacen por nosotros lo que aún no podemos. Nos calman, deciden y nos protegen. Crecer supone un cambio progresivo de manos. Los adultos van soltando y nosotros vamos tomando el relevo. Esperamos, elegimos, nos equivocamos y descubrimos que una emoción desagradable puede ser intensa sin ser insoportable. Madurar consiste, en parte, en ampliar aquello que podemos sostener sin dejar de contar con los demás.

Infantilizar a un adulto es tratarlo como si tuviera menos autonomía o tolerancia al malestar de la que posee

El psiquiatra Eric Berne ofreció desde el Análisis Transaccional un marco para pensar este proceso, a través de tres «estados del yo». El padre recoge normas y formas de cuidar o controlar; el niño, emociones, deseos y formas de reaccionar aprendidas en la infancia. El adulto procesa la información disponible en el presente y responde a partir de ella. No son etapas consecutivas que dejamos atrás al crecer, sino estados que siguen presentes y se activan según el contexto.

Lo que nos interesa aquí es qué ocurre cuando una dinámica Padre-Niño organiza la relación entre dos adultos. Uno ocupa el lugar de quien sabe, anticipa o toma las riendas. El otro, el de quien espera orientación o una solución. A partir de ahí, cada posición refuerza la otra. Cuanto más asume el primero, menos ocasiones tiene el segundo de decidir, equivocarse y comprobar de qué es capaz; y cuanto menos ejerce esas funciones, más necesaria parece la intervención ajena. Una ayuda que nace para proteger puede terminar reforzando precisamente la forma más dependiente del «estado de niño».

Ese mecanismo también se traslada al ámbito social. Instituciones, servicios o tecnología pueden empezar a asumir tareas que antes exigían más iniciativa, criterio o tolerancia por nuestra parte. Si ante un desacuerdo menor entre dos compañeros se recurre de inmediato a un tercero, quizá se apacigüe el conflicto, pero también se pierde una ocasión de aprender a negociarlo.

La psicología tampoco queda fuera de este movimiento. Si interpreta demasiado pronto el malestar como algo de lo que hay que protegerse, o si la ayuda que ofrece acaba sustituyendo el juicio de la persona, puede contribuir a tratarla como más frágil de lo que es. Esa mirada sobre la propia fragilidad puede condicionar también nuestra relación con el malestar. Hay una diferencia entre pensar «esto me resulta doloroso» y concluir «yo no tendría por qué atravesar esto». En la segunda aparece la expectativa de que alguien retire aquello que nos incomoda antes de que descubramos qué podemos hacer con ello.

En términos de Berne, algunas entornos pueden convocar con más facilidad respuestas del «niño», especialmente aquellas que buscan alivio inmediato, certezas rápidas o una solución externa. Ese estado también cumple una función necesaria, ahí viven el juego, la curiosidad y la espontaneidad. La clave está en que, junto a ese «niño», necesita seguir disponible el «adulto» que observa, sopesa y resuelve.

Nada de esto demuestra que la sociedad se haya vuelto más infantil. Tal vez afirmarlo con demasiada seguridad sería incurrir en el mismo gesto que aquí cuestionamos: simplificar una realidad compleja y cerrarla demasiado pronto. Podemos, en cambio, preguntarnos si algunos rasgos de nuestro entorno alimentan respuestas más impulsivas, dependientes o demandantes. Podemos hacer la vida mucho más cómoda y dirigida, pero vivimos en un mundo adulto. Y un mundo adulto sigue necesitando capacidades adultas.

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