‘La bola negra’ y otros suspiros de España
La película dirigida por Los Javis es el último artefacto pop que exige admiración incondicional.
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Dos desconocidos se levantan para fundirse en un torpe abrazo, una mujer llora sobre un litro de Pepsi Max y un hombre se tumba, temblando, a lo largo del brillante sillón de tela. Uno no puede, al fin y al cabo, aventurarse al riesgo de no dejar constancia de qué le ha parecido La bola negra.
Mala suerte tuvo, sin duda, el pobre Federico, pues al contrario que a él, a todos los demás las bolas parecen haberles salido de un prístino color blanco. No permite otra cosa la hipérbole, que se alimenta de los aspavientos hasta girar, como si fuera un hambriento molino, para llegar a aquel que se encuentre al lado.
La bola negra es la última película que ha tenido la singular desgracia de convertirse en fenómeno, trascendiendo con ello, de alguna manera, las evidentes limitaciones de la pantalla. Olvídense de Barbie: el acto colectivo, aquí, ya no consiste en asistir a la sala entre alegres combinaciones de color rosa; consiste, al contrario, en una exhibición amarga que, cabe suponer, habría hecho la delicia de las infaustas plañideras de La casa de Bernarda Alba.
Una condición que vuelve imposible emitir, aún siquiera, un tímido juicio sobre las dudosas virtudes narrativas de la película. En esta naturaleza pop descansa su infalibilidad, cuya unión a un mensaje de carácter político e identitario, aunque laudable, la vuelve infalible, lo que recuerda a la famosa crítica de Grantland, icono del poptimism, sobre el álbum Beyoncé después de escuchar el disco 20 veces: «Supongo que mi aburrimiento inicial con el álbum vino de estar sometido a la perfección de Beyoncé. Es agotador estar en un estado constante de asombro. […] Si no te gusta su nuevo disco, reevalúa lo que buscas en la música».
El problema, parece decir, es del oyente, no del álbum. Algo similar le ocurrió a Stephin Merrit, cantante de The Magnetic Fields, acusado de racista por su aversión general hacia el hip-hop. ¿Puede considerarse misógino, por tanto, no disfrutar con sinceridad de Taylor Swift? Una idea que también se refleja, por supuesto, sobre el cine.
Huelga decir que película cuenta con una hermosa factura. A lo largo de sus más de dos horas, La bola negra se encuentra atravesada de grandes imágenes: así lo demuestran las escenas de uno de sus protagonistas vagando en la nieve, la imaginería felliniana que rodea al casino granadino y el maquillaje de Penélope Cruz à La Strada o la discutible estetización del horror y la brutalidad propias de la guerra civil; incluso lo feo es, aquí, bello.
Una sensibilidad estética que, sin embargo, no se corresponde con una sensibilidad narrativa. Solo así cabe explicar la aparición de escenas poderosas pero inconexas con el resto del metraje. ¿Aportan algo al espectador las escenas de cabaret, los fuegos artificiales o la erotizada camaradería bélica de los sublevados, capaces de bañarse juntos, desnudos y lampiños, en las aguas de Cantabria?
A través de ellas se articula un amasijo folclórico capaz de alumbrar la visión romántica y condescendiente de España que ya recogiera Ernest Hemingway en su absoluta fascinación por esa aparente isla de exotismo anclada en Europa. Una perspectiva, irónicamente, profundamente reaccionaria, que rechaza anclarse en cualquier realidad material para reflejar la existencia de un espíritu nacional construido de forma artificial a partir de los estereotipos marcados por ojos ajenos, lo que solo parece posible comprender desde la ambición personal de ambos directores.
La mayoría de los personajes vagan sin motivo a lo largo del metraje, movidos como guiñapos hasta el desenlace de la película, donde el espectador asiste, por primera vez, no solo a la resolución, sino al propio argumento de la película, hasta entonces intuido, pero no reconocido. En el triunfo de La bola negra descansa la contradicción que la vuelve errada: gira en torno a un mensaje que, si bien es bello, se encuentra decidido de antemano; no lo hace, en cambio, en torno a una trama capaz de mover, con la habitual tracción, los personajes y la acción hasta su inevitable conclusión, lo que hace sospechar que la película, subyugada al mensaje, no podría sobrevivir por sí sola.
Es en esta aproximación, que otorga a la película el epíteto de necesaria, donde descansa gran parte de su popularidad: su articulación como artefacto pop del momento y elemento de justicia la vuelve, a priori, atractiva e infalible; solo así es posible entender la virulencia con que las críticas de una película –elevada por muchos a la categoría de obra maestra– se rechazan a través de las redes sociales: es el último producto de una larga cadena de obras que arden y se consumen con el ritmo que marca el mercado.
No es casualidad que uno de los gigantes del streaming apueste por ella para los grandes galardones norteamericanos: sobre su cabeza descansa ahora la corona del contenido.
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