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Leer a Spinoza en tiempos de ruido y calor

Casi cuatro siglos después, Spinoza ayuda a ver tres debilidades de nuestra época que son también el terreno donde hoy se libra la batalla del clima.

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23
octubre
2026

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Suelo escribir sobre economía del clima, transición energética o geopolítica: cifras, trayectorias, escenarios. Este texto se desvía un poco de lo habitual, y prefiero avisar desde el principio. No soy filósofo ni especialista en Spinoza. Soy simplemente alguien que ha aprovechado este verano, tan caluroso, para reabrir algunos libros de filosofía y que ha encontrado en ellos ideas que ayudan a pensar ciertos retos de esta época ruidosa.

¿Por qué filosofía, entonces? Porque muchas de las preguntas que me ocupan a diario (por qué no actuamos ante una crisis cuyos impactos ya son conocidos, por qué los datos ya no bastan ni para convencer a nuestros amigos, por qué pueden seducir discursos que niegan la realidad de los hechos) tienen una raíz que no es económica ni técnica. Son preguntas sobre cómo pensamos, sobre las estructuras de pensamiento que hemos heredado y que, sin darnos cuenta, estamos dejando caer.

Lo advierto también: Spinoza es denso. Su Ética está construida como un tratado de geometría, con definiciones, axiomas, proposiciones y demostraciones, y confieso que hay páginas que he tenido que leer tres veces para entenderlas a medias. Pero quizá esa sea justamente la cuestión. Vivimos rodeados de contenidos pensados para consumirse en treinta segundos, y hemos perdido la costumbre de quedarnos con un texto que se resiste, que exige tiempo y atención. Aceptar esa incomodidad ya es un pequeño ejercicio de libertad. Las ideas que sostienen la vida en común no se leen en diagonal.

Las ideas que sostienen la vida en común no se leen en diagonal

Tampoco es un pensamiento de torre de marfil. Spinoza escribió en la República de las Provincias Unidas, una peculiar isla de tolerancia en la Europa de las monarquías absolutas. Su obra es una de las precursoras del Siglo de las Luces, ese momento en que Europa empieza a salir, poco a poco, de un orden dominado por la monarquía para acercarse a la idea de democracia. Pero él mismo conoció lo frágil que era aquella libertad. En 1672, el llamado «año del desastre», Francia y sus aliados invadieron el país y el pánico se apoderó de la población. En La Haya, donde vivía el filósofo, una multitud enfurecida linchó a los hermanos De Witt, rostros de la república que él admiraba, mientras el poder se concentraba de nuevo en manos del príncipe de Orange. Cuentan que Spinoza quiso colgar junto al lugar del crimen un cartel con dos palabras, ultimi barbarorum («los peores de los bárbaros»), y que su casero lo encerró en casa para que no corriera la misma suerte.

Releído hoy, con casi cuatro siglos de distancia, su pensamiento ilumina nuestro momento político y climático con mucha precisión. De esa relectura me quedo con tres ideas.

La primera nace del Tratado teológico-político, donde Spinoza defiende la democracia como el mejor régimen para sostener la convivencia y una paz duradera entre los individuos; según él, es así porque el derecho natural se transfiere al conjunto de la sociedad y no a un solo individuo (que es lo que ocurre en la monarquía, no es casual que las grandes protestas contra Trump se convoquen bajo el lema No Kings). Es el régimen más natural, el que más se acerca a la libertad que la naturaleza concede a cada uno. Sin embargo, hoy en día en muchos países hemos vuelto a confiar en el hombre fuerte para dirigirnos. Nuestra época empuja en dirección contraria a la democracia: cada vez que la política se organiza alrededor de un líder providencial, de alguien que promete concentrar en sus manos el derecho natural de todos, repetimos el viejo gesto monárquico que Spinoza veía como una amenaza para la vida en común, y nos alejamos de la libertad. La democracia no se debilita solo por sus instituciones, sino también por nuestra tentación permanente de delegar en uno lo que nos corresponde a todos.

La segunda: nuestra generación está perdiendo la sabiduría, y con ella la sobriedad. El corazón de la ética spinozista es que comprender, y así moderar, las pasiones tristes (el miedo, el resentimiento, la esperanza supersticiosa) es lo que nos permite vivir libres y juntos. La sabiduría, y no la fuerza, es lo que salva a las democracias. Pero nuestra época de redes sociales y de convulsiones de todo tipo nos aleja precisamente de esa sabiduría: ya no queda tiempo para pensar, para desarrollarnos, para observar la naturaleza. Vivimos todos conectados, todos con ganas de brillar, de tenerlo todo, de competir. Para Spinoza, el camino hacia la alegría pasa por la razón y por el cultivo de ideas adecuadas, nunca por la acumulación ni por el ruido. Recuperar el aliento democrático quizás empiece, antes que por cualquier otra cosa, por reencontrar cierta forma de sobriedad.

Para Spinoza, el camino hacia la alegría pasa por la razón y por el cultivo de ideas adecuadas, nunca por la acumulación ni por el ruido

La tercera: nos hemos olvidado de que formamos parte de la naturaleza. El punto más radical de Spinoza es su idea de Dios: nada existe fuera de Dios, y Dios no es otra cosa que la naturaleza misma, la sustancia única que se expresa en todo cuanto existe. De ahí que el cuerpo y la mente no sean dos realidades separadas, sino una sola y misma cosa, concebida ya bajo el atributo del pensamiento, ya bajo el de la extensión. Somos parte de esa naturaleza, no sus dueños; y todo lo que encontramos (una idea, un cuerpo, un alimento) aumenta nuestra potencia de existir cuando concuerda con la nuestra, o la disminuye cuando la contradice. Es bueno lo que nos hace crecer, malo lo que nos empequeñece.

Spinoza no llegó a conocer la crisis ecológica, pero si estiramos su pensamiento hasta nuestro presente, una conclusión podría ser que un ser humano que degrada aquello de lo que forma parte no destruye la naturaleza (que le es infinitamente superior), sino que disminuye su propia potencia, su propia razón de vivir. Se desnaturaliza. Consume lo que lo empequeñece y llama progreso a lo que lo aleja de sí mismo.

Leer a Spinoza en pleno 2026 tiene algo de advertencia. Y tiene, sobre todo, una lectura política incómoda, porque estas tres debilidades son exactamente el terreno donde se libra hoy la batalla del clima.

El backlash ecológico que recorre el mundo se alimenta de nuestras pasiones tristes (el miedo, el resentimiento, la nostalgia de un pasado fósil) y encuentra en el líder providencial, en el que promete devolvernos un derecho natural que creemos haber perdido, su vehículo perfecto. Es la primera debilidad, disfrazada de populismo, y prospera porque hemos cambiado la sabiduría por el ruido: en un mundo de indignación en tiempo real, resulta mucho más fácil sembrar dudas sobre el coste de las renovables, atribuirles un apagón o vender la dependencia fósil como estabilidad, que sostener un diagnóstico objetivo. La desinformación no es un accidente de la transición: es la forma que adopta la política cuando renuncia a la razón, la segunda debilidad de la cual hablamos.

Pero es la tercera debilidad la que mide de verdad lo que está en juego. Un mundo que se niega a actuar frente al cambio climático es un mundo que ha olvidado que forma parte de la naturaleza. No hay separación posible entre nuestra potencia de existir y la del planeta que habitamos, y por eso, leída en clave spinozista, la inacción climática es una forma de desnaturalización, la misma que nos lleva a confundir lo que nos consume con lo que nos hace prosperar.

Volvamos a pensar. Volvamos a leer, a reflexionar, a observar la naturaleza. Spinoza nos recuerda que somos parte de la naturaleza, no sus dueños, y que degradarla es degradarnos; que la sabiduría, y no el ruido, es lo que sostiene la vida en común. Son ideas que llevan siglos estructurando nuestra educación y nuestras formas de pensar, y que estamos dejando caer justo cuando más falta nos hacen. Cada sistema de pensamiento que se diluye en el ruido nos deja un poco más desarmados frente al descontrol climático, un poco más incapaces de reconocer lo que de verdad está en juego.

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