La ironía en crisis
Es una de las conclusiones recurrentes del siglo XXI: la ironía está en peligro. La literalidad de las redes sociales y el impacto de los algoritmos en las conversaciones en línea no le ayuda, pero por el momento sigue estando ahí.
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Es uno de esos fallecimientos que parecen eternamente anunciados, pero que no acaban de producirse del todo. Se trata de la muerte de la ironía, de la que se ha dicho una y otra vez en las últimas décadas que era incompatible con internet o con el signo de los tiempos y que, aun así, se ha mantenido más que presente. Debatir sobre si la ironía está (o no) en crisis es, en realidad, algo bastante viejo. En 2008, un artículo en The New York Times usaba como percha unas declaraciones de Joan Didion para preguntarse si había llegado su fecha de caducidad. Didion había declarado en un evento en la New York Public Library que los Estados Unidos de Barack Obama (quien acababa de ganar las elecciones) eran «una zona libre de ironía», en la que se había confundido la ingenuidad con la esperanza. A eso sumaban que un estudio de Nexis sobre los contenidos de los periódicos estadounidenses de esa primera década del siglo había detectado que la presencia de la palabra ironía se había hundido en un 56% (frente al retroceso de la palabra de control, que había sido del 32%). Aunque el método usado por el estudio era cuestionable, quizás sí mostraba una tendencia, concluían en el Times.
Ya en el verano de 2000 la revista Time proclamaba la muerte de la ironía en un titular, recogiendo las declaraciones de un director de medios que veía, en el nacimiento de internet, la aparición de un «entorno resistente a la ironía» (aunque, como puntualizaba el propio artículo, justo estaban naciendo online no pocas cabeceras mordaces, como McSweeney o The Onion).
Pero ¿de dónde viene todo este temor ante la potencial muerte de la ironía? De entrada, se le echa la culpa a la posmodernidad. Al instaurar toda esa vuelta de tuerca que ha hecho que lo que no gustaba o lo que era malo ahora guste (por mucho que se diga que «irónicamente»), habría llevado a que se perdiese pie con la ironía. ¿Qué es irónico y qué no cuando se la ha convertido en la llave para explicarlo todo? Si las cosas ya no son kitsch sino cool, pero de modo irónico, y si las fronteras se han vuelto confusas, se podría haber perdido el norte de la ironía.
Luego, está la cuestión de internet. ¿Nos ha obligado la red a la literalidad? Este podría parecer un argumento un tanto simplista, dado que en los libros o los artículos del pasado también faltaban todos esos elementos no verbales que hacen que la ironía funcione tan bien en la conversación. Sin embargo, la red ha acelerado la conversación y nos da menos tiempo para pensar sobre qué estamos leyendo y en qué marco (al tiempo que saca de contexto muchas cosas y, al hacerlo, se pierde el sentido real de lo que se está diciendo). Y no solo eso: las conversaciones en internet están marcadas por el escenario en el que se producen. La red social de turno va a marcar cómo y de qué hablas. El algoritmo va a premiar un tipo de contenido, pero también un modo de contarlo.
Uno de los argumentos que sostiene la crisis de la ironía es que la red obliga a la literalidad
«Las redes sociales tal y como las conocíamos, como un lugar en el que consumir posts de otros humanos y responderles, semeja haber terminado», escribía en otoño de 2023 en The New Yorker Kyle Chayka, que acusaba a los gigantes de la red de ser los responsables al «centralizar y homogeneizar nuestras experiencias mediante sus sistemas de ordenación del contenido opacos y cambiantes». Su feed de Twitter estaba entonces tomado por el inicio del noviazgo de Taylor Swift con Travis Kelce y todo lo que no fuese esa temática desaparecía en los abismos del algoritmo.
Dos años después nada ha cambiado. Seguimos consumiendo temas de moda y la ironía parece tener menos cabida en un entorno en el que se imponen las hot takes sobre la noticia del día. Eso conecta, en cierto modo, con el propio ciclo de vida de las redes sociales y su tendencia a la enmierdación, el término acuñado por Cory Doctorow que señala como, cuando se lanzan a ganar dinero, la experiencia de usuario se resiente.
Por otro lado, este escenario también ha generado otro de los elementos que podrían llevar a la ironía a una crisis existencial. Se podría resumir en que, directamente, no se entiende qué es exactamente esta forma de humor. Ciertas voces confunden ironía con ataques o con decir según qué barbaridades y escudarse después en que, en realidad, solo estaban haciendo un chiste. Esto es, al final, confundir el tocino con la velocidad, pero lleva a que se repita que la ironía muere (a manos de lo políticamente correcto, ante la incapacidad lectora, etc) cuando eso no es necesariamente cierto.
En paralelo, la ironía es también cultural y está más integrada (o menos) en según tipos de humor. Esto lleva a que, si se cambian las lenguas o se ajustan las geografías de qué consumimos en internet y, en especial, en redes sociales, también cambien las formas de ironizar.
Con todo, el contexto podría cambiar en un futuro próximo. Porque ¿qué ocurre en un mundo en el que todo ha sido generado por robots que no entienden los dobles sentidos? Una de las acusaciones que se ha hecho a la inteligencia artificial es la de su literalidad. De hecho, los servicios más populares se han lanzado en las presentaciones de sus últimas versiones a insistir en que su IA sí que entiende la ironía. La gran cuestión es si realmente lo hace.
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