TENDENCIAS
Siglo XXI

La dictadura del promedio

Al basarse en la agregación y análisis de datos masivos, los sistemas de inteligencia artificial tienden a homogeneizar las experiencias, los gustos y las decisiones humanas. ¿Dónde queda la personalización en la ecuación de los algoritmos?

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28
mayo
2026

Abrir un perfil en redes sociales nos obliga a definirnos continuamente. Hay que empezar con una bio que llame la atención, que genere curiosidad, que nos diferencie de algún modo. Si usamos las redes como herramienta profesional, esa definición se vuelve todavía más necesaria. Publicación a publicación, vamos construyendo esa «marca personal», esa imagen que proyectamos y que, a pesar de todas las métricas, no sabemos muy bien hasta dónde puede llegar. Pero esa aparente infinitud de perfiles convive con una creciente sensación de uniformidad y de que todo empieza a parecerse. Incluso las caras de los influencers.

A pesar de todas las posibilidades de personalización, se observa una creciente homogeneización de los lenguajes y de las tendencias que triunfan en internet. Los sistemas de recomendación que organizan nuestros feeds no trabajan con individuos, sino con patrones. Gracias al análisis de datos, estos sistemas identifican qué contenidos pueden resultar relevantes a partir de correlaciones estadísticas. Analizan nuestras interacciones —lo que vemos, lo que clicamos, cuánto tiempo nos quedamos— y las comparan con las de millones de personas con perfiles similares al nuestro. A partir de ahí, predicen qué querremos ver a continuación. El problema es que, al operar sobre comportamientos masivos, estos sistemas reproducen inevitablemente la lógica del promedio.

¿Quién encaja en el promedio?

En 1950, una investigación de la Base Aérea de Wright en Ohio midió a más de 4.000 pilotos en 140 dimensiones corporales con el objetivo de diseñar cabinas más seguras. Uno de los investigadores, Gilbert S. Daniels, cuestionó el enfoque. Mientras medía cuerpos, se preguntaba cuántos pilotos representaban ese promedio —que además no incluía a mujeres—. De todos ellos, ninguno encajaba en el rango medio en todas las dimensiones. La solución fue rediseñar las cabinas de los aviones para que se adaptaran a cada piloto, no al revés. Así, las cabinas pasaron a ser ajustables. Esta historia, recuperada por Todd Rose en su libro Se acabó el promedio (2016), demuestra que el promedio es una abstracción estadística útil para describir grupos, pero limitada para entender a cualquier individuo concreto. Es decir, cuando algo se diseña para un perfil promedio, se está diseñando para alguien que, en realidad, no existe.

Sin embargo, la personalización de las plataformas digitales sigue operando bajo la lógica del promedio. Uno de los mayores problemas que presentan los algoritmos es el sesgo de popularidad: tienden a priorizar los contenidos más consumidos y limitan la visibilidad de opciones menos conocidas. Así, cuanto más se recomienda algo, más se consume y, cuanto más se consume, más se recomienda. Este bucle hace que los contenidos a los que accedemos sean cada vez más parecidos, una especie de dictadura del promedio que nos propone continuamente aquello que ya funciona.

Con el sesgo de popularidad, los algoritmos tienden a priorizar los contenidos más consumidos

La paradoja está en el centro del mecanismo. Cuantos más datos recopila el algoritmo sobre quiénes somos, más invisible se vuelve lo que nos diferencia. Los algoritmos de recomendación aprenden a predecir nuestras decisiones comparándonos con otras personas y, de ese modo, nos empujan hacia comportamientos similares.

Un estudio reciente de un equipo de investigación de la Universidad del Sur de California, publicado en Trends in Cognitive Sciences, señala que los modelos de lenguaje, utilizados hoy de forma generalizada en tareas de redacción o creación de contenidos, reproducen patrones dominantes, fomentan la homogeneización estilística y conceptual y reducen la visibilidad de voces alternativas. El problema no es el uso de un lenguaje estándar (necesario, por otro lado, para entendernos), sino la homogeneización de los discursos. Lo que se pierde, apuntan, no es solo variedad lingüística, sino diversidad cognitiva y la capacidad de razonar de formas distintas. Es decir, los modelos de lenguaje están moldeando cómo escribimos, pero también cómo pensamos.

Este equipo de investigación también identificó que estos modelos tienden a alinearse con lo que denominaron perspectivas «WHELM»: Western, high-income, educated, liberal, male. Es decir, la visión de hombres occidentales, con altos ingresos, estudios y liberales, que reflejan los valores y los estilos de comunicación más habituales en los datos en línea en lengua inglesa. Así los modelos de IA reproducen asimetrías presentes en sus datos de entrenamiento y en su diseño.

La homogeneización de los espacios

El impacto de estos sistemas no se limita al entorno digital. También está reconfigurando el mundo físico. «Creamos y consumimos tanto en internet y vivimos tan digitalmente que es natural que los espacios físicos acaben siendo una superficie para esa existencia», afirma Kyle Chayka, periodista y autor de libros como Desear menos o Filterworld. «Puedes encontrar un Airbnb minimalista en Bali, Pekín, Nueva York, Madrid o allá donde vayas. El estilo del espacio es el mismo. Y creo que la plataforma nos conecta, pero también homogeneiza esos gustos. Todo el mundo acaba deseando lo que hay en la plataforma», afirma. Se ha extendido un estilo aparentemente minimalista basado en paredes blancas, pocos objetos y líneas rectas.

Sin embargo, esa tendencia, en lugar de ayudarnos a eliminar lo superfluo, ha contribuido a que los bares, las tiendas, los menús o la decoración de cualquier lugar se parezcan cada vez más. La ilusión de austeridad esconde un consumo masivo. Parece que hay pocas cosas, pero siempre son las mismas en todas partes. Lo que se ha eliminado es la diversidad. Lo local se ha diluido bajo una capa de neutralidad decorativa que esconde otros fenómenos más complejos como la gentrificación. Por eso, el minimalismo hoy no es una corriente crítica al consumo excesivo, sino una moda que nos invita a consumir productos que siguen un mismo estilo. Es decir, nos hemos despojado de las diferencias, pero no del consumo.

Detrás de cada algoritmo hay una decisión de diseño sobre qué se optimiza, qué se premia, qué se deja en la sombra. Hoy esa decisión la toman plataformas cuyo negocio depende de que sigamos consumiendo. Mientras eso no cambie —y no parece que vaya a hacerlo—, la diversidad seguirá siendo, como mucho, un nicho rentable. Lo diferente, lo incómodo, lo que no encaja en ningún patrón no desaparecerá, pero tendremos que ir a buscarlo.

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