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Sé benévolo contigo mismo

La compasión, como concepto, atraviesa culturas, religiones y siglos. Aplicada hacia uno mismo, abre un espacio de cuidado y equilibrio emocional que influye notablemente en la vida cotidiana.

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29
mayo
2026

El problema de la compasión ha ocupado un lugar central de debate en múltiples tradiciones culturales a lo largo de la historia. Desde los textos filosóficos de Oriente hasta la ética occidental, aparece como una actitud que guía la forma en que nos acercamos al sufrimiento de los demás. En las últimas décadas, su presencia se ha ampliado más allá de lo espiritual o lo moral, integrándose en ámbitos como la psicología, la educación o, incluso, la salud mental. Esta expansión ha permitido observar la compasión desde una perspectiva más amplia, como una práctica que influye en nuestra manera de habitar el mundo.

En ese recorrido, la mirada se ha desplazado también hacia el interior. La idea de dirigirse a uno mismo con comprensión y cuidado ha ganado espacio en la idea que tenemos en nuestros días sobre la compasión. La autoexigencia constante, un rasgo habitual en muchas sociedades actuales, convive con niveles elevados de estrés y de desgaste emocional y, teniendo esto en cuenta, la compasión hacia uno mismo aparece como una vía para sostener la vida cotidiana con mayor equilibrio.

Tradiciones de la compasión: un lenguaje compartido

En el budismo, la compasión se entiende como una respuesta activa ante el sufrimiento, una sensibilidad que impulsa a aliviar el dolor de otros seres. El término karuṇā describe esa disposición, ligada a la interdependencia entre las personas. Dentro de esta tradición, la compasión no se percibe como un gesto puntual, sino como una práctica que se cultiva mediante la atención y la disciplina mental. A través de la meditación, se entrena una forma de presencia que reconoce el sufrimiento sin apartarlo.

En el budismo, la compasión se entiende como una respuesta activa ante el sufrimiento, una sensibilidad que impulsa a aliviar el dolor de otros seres

Por otra parte, en el pensamiento cristiano, la compasión adopta matices cercanos a la misericordia. Los evangelios presentan este valor como una forma de encuentro con el otro, donde la vulnerabilidad adquiere un lugar central. La compasión, así pues, se vincula con la capacidad de acompañar y acoger. Si miramos hacia el islam, la raíz rahma alude a una cualidad divina que también se proyecta en la conducta humana. La compasión se convierte en un principio que orienta la justicia y las relaciones sociales.

Más allá de las religiones, la filosofía clásica también ha abordado esta idea continuamente. En la tradición estoica, la atención se dirigía hacia el control de las pasiones, aunque algunos autores reconocieron la importancia de comprender el sufrimiento como parte de la experiencia humana. En la Ilustración, pensadores como David Hume situaron la empatía en el centro de la vida moral, señalando la capacidad de sentir con otros como base de la convivencia.

La ciencia también ocupa un lugar en el estudio de este concepto. Y es que recientemente se ha comenzado a estudiar la compasión desde un enfoque empírico. Investigaciones en neurociencia han explorado cómo ciertas prácticas influyen en la actividad cerebral relacionada con la regulación emocional. La psicología ha incorporado programas específicos, como el entrenamiento en compasión, que buscan fortalecer habilidades de atención, aceptación y cuidado. Estos enfoques coinciden en un punto: la compasión funciona como una competencia que puede desarrollarse.

Este recorrido muestra una convergencia significativa. A pesar de las diferencias culturales, la compasión aparece como un lenguaje compartido que atraviesa épocas y contextos. Su persistencia sugiere una intuición común sobre la fragilidad humana y la necesidad de responder a ella con cuidado. Esa misma lógica, aplicada hacia uno mismo, abre una dimensión que durante mucho tiempo quedó en segundo plano. Al menos hasta ahora.

La compasión hacia uno mismo en la vida contemporánea

La autoexigencia forma parte del tejido cotidiano en muchas sociedades actuales, todos lo sabemos y lo sentimos. El rendimiento y la productividad se presentan como valores dominantes y el error suele interpretarse como una señal de insuficiencia. Esta lectura, inevitablemente, influye en la forma en que las personas se relacionan consigo mismas, generando dinámicas internas marcadas por la crítica, la dureza y, en ocasiones, la crueldad sin tapujos.

La compasión hacia uno mismo propone un desplazamiento en esa relación que implica reconocer la propia vulnerabilidad con una actitud de cuidado

Sin embargo, y en contraposición, la compasión hacia uno mismo propone un desplazamiento en esa relación que implica reconocer la propia vulnerabilidad con una actitud de cuidado, similar a la que se ofrecería a otra persona en una situación difícil. Este enfoque ha sido desarrollado en la psicología contemporánea por investigadoras como Kristin Neff, quien describe tres componentes básicos: la amabilidad hacia uno mismo, el reconocimiento de la experiencia compartida y la atención plena. Estos elementos configuran una práctica que permite sostener las dificultades sin añadir una carga adicional de juicio.

En el ámbito educativo, la incorporación de la compasión ha dado lugar a programas que buscan desarrollar habilidades emocionales desde edades tempranas. Estas iniciativas trabajan la empatía y la atención, con el objetivo de generar entornos más seguros y cooperativos.

La vida real ofrece múltiples escenarios donde esta actitud puede desplegarse. Un error en el trabajo, una conversación difícil o un periodo de incertidumbre constituyen momentos donde la autocompasión puede marcar una diferencia. Se trata de introducir una pausa, de observar la experiencia con cierta distancia y de responder con un lenguaje interno menos agresivo. Este gesto, aunque sencillo en apariencia, transforma la manera de transitar las dificultades.

La compasión hacia uno mismo no implica renunciar a la exigencia ni al crecimiento personal. Más bien redefine la forma en que se sostienen esos procesos. Permite avanzar sin convertir cada obstáculo en una prueba de valor personal.

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