Kierkegaard y la angustia como condición existencial
La angustia hace acto de presencia en un momento capital de la existencia humana: cuando el individuo se descubre libre.
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Hablar de la angustia («angest») en la obra del pensador danés Søren Kierkegaard (1813-1855) exige modular un poco la mirada. La angustia no es una emoción desagradable ni tampoco una suerte de episodio psicológico que conviene superar cuanto antes. Aquí, es una experiencia profunda que hace acto de presencia en un momento capital de la existencia humana: cuando el individuo se descubre libre, cuando es consciente de que tiene que decidir para siempre.
El hallazgo descoloca. En su obra El concepto de angustia la representa como la experiencia de alguien que está al borde de un abismo. Siente un pavor inmenso ante la mera posibilidad de caer en él. Y, sin embargo, a la vez no puede evitar especular casi morbosamente con la posibilidad de pegar un salto y arrojarse en él. Este es el misterio de una libertad que conmociona, la que permite algo tan extremadamente absurdo como tirarse al vacío.
En las primeras décadas del siglo XIX el pensamiento europeo estuvo fuertemente marcado por el proyecto filosófico de Hegel (1770-1831), quien aspiraba a explicar la realidad como un proceso racional total. Contra dicha pretensión holística, Kierkegaard reclamó la perspectiva del individuo particular sin grandes alharacas, como quien se pronuncia en voz baja en el medio del barullo académico hegeliano.
Tomó un punto de partida sencillo y radical: existir no es lo mismo que encajar en un sistema. Existir acarrea elegir. Y elegir conlleva riesgos. La angustia aparece justo en el instante en que uno observa cómo se disipa la ilusión infantil de que la vida está cerrada de antemano. Volviendo al precipicio, no es tanto el miedo a caer como la conciencia de que uno podría decidirse a hacerlo.
La angustia forma parte de un itinerario más amplio que el propio autor describe a través de sus conocidos estadios de la existencia: el estético, el ético y el religioso
Grosso modo, su pensamiento zigzaguea entre la ética, la psicología o la religión. En cualquiera de los casos, amén de una condición existencial, la angustia es una oportunidad para tejer una vida que será, inevitablemente, propia. No se garantiza el éxito –sea lo que sea eso– ni la falta de arrepentimiento, pero sí su autoría.
La influencia de Kierkegaard confirma la importancia de ese giro desde la generalidad del sistema hegeliano hasta su particularidad. Cuando Martin Heidegger (1889-1976) analiza la angustia en el siglo XX, la entiende como una experiencia que revela el modo de ser propio del humano. Al tiempo, su coetáneo Jean-Paul Sartre (1905-1980) asegurará en su obra El existencialismo es un humanismo que no hay excusas, que estamos condenados a ser libres. En ellos resuena, de una manera u otra, la inquietud señalada por el danés.
Ahora bien, el concepto kierkegaardiano de angustia no se reduce al precio de la libertad. Posee asimismo una dimensión religiosa al hacer hincapié en que la fe, en su sentido más exigente, no la suprime, la atraviesa. Supone asumir que no todo puede justificarse racionalmente antes de actuar. En este sentido, creer en lo divino, en lo irracional, no es dejar de pensar, sino comprometerse con el silencio sin garantías, como cuando Abraham –destaca Kierkegaard– estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac en el monte Moriah.
Este aspecto religioso resulta vital para aproximarse a una propuesta que no invita a huir de la angustia, pues ello no tendría sentido alguno; a la postre, ella es la contrapartida de la existencia humana. Cuando alguien se empeña en evitarla a toda costa, normalmente termina refugiándose en decisiones automáticas o en opiniones prestadas. En cambio, quien la toma en serio empieza a cuestionarse qué quiere hacer realmente.
Por supuesto, la angustia no aparece aislada dentro de su obra. Forma parte de un itinerario más amplio que el propio autor describe a través de sus conocidos estadios de la existencia: el estético, el ético y el religioso. En el primero, el individuo vive disperso en el instante; en el segundo, asume responsabilidades y compromisos; en el tercero, se enfrenta a una relación con lo absoluto. La angustia actúa, precisamente, como una bisagra entre estos niveles al apuntar hacia el instante en que la vida deja de ser simple posibilidad difusa y comienza a exigir decisión personal.
En su libro La enfermedad mortal escruta la dificultad para ajustar lo que uno es. Aquí cobra sentido también su idea de la reiteración, desarrollada en La repetición. Repetir significa reapropiarse de la propia vida con conciencia renovada, asumirla como tarea. Solo así la libertad deja de ser una amenaza abstracta ante el vacío y comienza a adquirir una silueta concreta. La angustia, lejos de entorpecer el camino, guía el momento en el que el individuo comprende que existir no es recibir una identidad terminada sino construirla en relación consigo mismo, con los otros y, en último término, con el silencioso absoluto.
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