¿El fin de la democracia liberal?
Un conjunto de fuerzas heterogéneas repartidas por el mundo busca un objetivo común: llevar a cabo una contrarreforma iliberal que acabe con el legado de la Ilustración.
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Fue un éxito arrollador. La música de las ideas de Francis Fukuyama sirvió de banda sonora durante la caída del Muro de Berlín. Y, sin embargo, qué mal ha envejecido El fin de la historia. Unas pocas décadas después de la publicación del libro que le convertiría en una rockstar del pensamiento liberal, la moda es el líder populista e histriónico, a veces mesiánico, por supuesto radical, que miente como un condenado, se pasa por el arco del triunfo el principio de contradicción y coloniza, una por una, cada institución.
Quizá un paseo rápido por estos años de perro —que diría García Aller— nos ayude, si no a comprender, quizá sí al menos a recordar por qué zigzagueantes caminos hemos llegado hasta aquí. Hasta este momento peliagudo en el que la teoría del eterno retorno parece haberse zampado los ingenuos vaticinios de una victoria ad aeternam de la democracia liberal. Permitidme, pues, que recorra con brevedad los meandros que nos han traído hasta este lugar:
El lobo de Wall Street. La codicia de los directivos de ciertos bancos no se dejaba regular y en 2007 nos estalló en la cara una devastadora crisis internacional. Eran los días del walking dead financiero en los que Sarkozy, ahora entre rejas, proclamaba solemnemente que había que refundar el capitalismo. No sirvió de nada tanta pomposidad: las semillas del malestar y la desconfianza habían germinado ya. En España, Zapatero se tiró años negando la crisis y, entre desahucio y desahucio, nuestras plazas se llenaron de olas de indignación. De ahí saldrían los primeros experimentos de agitación y propaganda contra eso que algunos ultras insisten en llamar «el régimen de la Transición». A río revuelto, ganancia de demagogos. El populismo empezaba a apuntalarse como fenómeno global. En cada país, iría adoptando la forma y el corpus ideológico que fuese necesario para triunfar.
La teoría del eterno retorno parece haberse zampado los ingenuos vaticinios de una victoria ‘ad aeternam’ de la democracia liberal
Don’t Look Up. Tras las continuas advertencias de la comunidad científica, en 2015 se firmaba el Acuerdo de París para atajar uno de los problemas más acuciantes de nuestra época: el calentamiento global. Ese año se firmaron también los Objetivos de Desarrollo Sostenible en Nueva York, que de alguna forma se empapaban del ideal ilustrado de Kant y que abordaban cuestiones decisivas para cualquier democracia liberal: igualdad de oportunidades, educación, medio ambiente, salud, equidad de la mujer, etc. En las sociedades abiertas que aspiran a estas metas tan loables empezó a producirse, sin embargo, un efecto burbuja en torno a la sostenibilidad. Vinieron entonces días de inflación moral, de sobrecarga ideológica, de imposturas y sobreactuación. El caldo de cultivo idóneo para un fenómeno que ya estaba en marcha: la cultura woke. Una legión de puritanos y torquemadas prendían las hogueras de lo políticamente correcto y de la cancelación. Por supuesto, tan dogmáticos como ellos resultan los antiwoke, convertidos a estas alturas en otra «minoría identitaria, monomaniática y pesadísima», como ha advertido Diego S. Garrocho. Mientras los chalecos amarillos hacían arder Francia, enfurecidos tras un impuesto medioambiental decretado en algún despacho de la capital, el ecologismo más fervoroso y sentimental ponía a una niña al frente de la manifestación.
Stranger Things. Y con esas, estalló la guerra de Ucrania: un durísimo baño de realidad para esa Europa que predicaba el Pacto Verde mientras le compraba el gas a un dictador. Draghi dio entonces un golpe en la mesa y la partió en dos. El mensaje era contundente: la UE no puede seguir perdiendo competitividad. Y así hemos llegado hasta aquí. Al momento de la gran contestación populista. Al festival mundial del delirio y la crispación. Un conjunto de fuerzas heterogéneas repartidas por el mundo con un objetivo común: llevar a cabo una contrarreforma iliberal que acabe con el legado de la Ilustración. «Ser libre y actuar son la misma cosa», escribió Arendt en La condición humana. La historia se recorre solo a través de quiebros y sinuosos zigzags. Los años que vienen no serán fáciles y una pregunta esencial se posa sobre el calendario ahora que echa a andar 2026: ¿seremos capaces de salvar la democracia liberal?
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