Sergio del Molino
«Es un misterio la influencia de Rosario sobre Goya, pero creo que tiene que ver con cómo le inspira una nueva mirada sobre el mundo»
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En sus casi seiscientas cincuenta páginas, la última entrega de Sergio del Molino (Madrid, 1979), ‘La hija’, nos propone acercarnos a la intimidad de un padre y una hija. Ambos pintores. Francisco de Goya y Rosario Weiss. Una narración que oscila desde lo familiar a lo social, desde lo especulativo a lo histórico, desde el afecto a lo pictórico. La primera parte emplea la siempre jugosa técnica del «manuscrito encontrado»; la segunda, de corte ensayístico, el propio escritor explora lo que se sabe y no sobre esta relación entre Goya y Weiss.
Voy a comenzar mencionando a Raúl del Pozo (usted obtuvo el premio que lleva su nombre). ¿Cómo se retroalimenta la escritura periodística y la literaria?
En mi caso de una forma muy natural, porque como siempre estoy en continua escritura, soy grafómano, no medito mucho lo que hago. El periodismo, además, me permite dar un cauce a la grafomanía. Mis libros serían mucho más largos y más frecuentes si no tuviera la vía de escape del periodismo, que además me sirve para estar en contacto con el mundo, con lo inmediato, y que la escritura nunca se vaya mucho de la realidad. Para mí todo es escritura literaria, todo forma parte de un proyecto literario, por lo que la escritura periodística no la asimilo nunca al periodismo como tal, sino que creo que tiene más que ver más con un proyecto literario que con la labor que hace un periodista. La predicación es otra cosa distinta al periodismo. Me permite tener un pie siempre en la actualidad y estar siempre mirando un ojo a lo que ocurre. Y no aislarte nunca. Uno de los males que percibo de algunos colegas escritores que no practican el columnismo ni se preocupan demasiado de la actualidad, y caen en un ensimismamiento. Yo no quiero caer en él nunca. Creo que las dos cosas se benefician mutuamente, las columnas y la literatura. Porque mis libros salen de ahí también, de salir a la calle y mirar a otro lado, no son libros hogareños de alguien que está mirándose constantemente el ombligo, de practicar la onfaloscopia.
¿Esa faceta periodística no implica el riesgo de que a veces la actualidad despiste de lo importante?
Bendito despiste. Es que yo creo que lo más importante son las distracciones. Y así lo concibo también en mi literatura, que es una literatura muy digresiva. Yo creo que lo importante no es una verdad revelada que está más allá de lo perceptible, lo importante es lo que ocurre todos los días. Defiendo que lo importante es la ropa por tender. Ahí es donde está la sustancia de la vida. La vida no tiene un misterio al cual tenemos que acceder, sino que tenemos que celebrarlo y descubrirlo en todo aquello que nos rodea. Y eso me lo permite el periodismo. O sea, me obliga a estar constantemente atento. Me obliga a tener opiniones; para muchas personas, a su pesar. A mí me estimula, porque muchas veces es difícil saber qué pensar de las cosas y escribir columnas te obliga a hacerlo, haces un esfuerzo intelectual por tomar una posición sobre algunas cosas que a lo mejor si tendrías de otro modo. Y ahí es donde lo importante siempre me has salido al paso. Yo nunca he sentido que me distraiga de una misión, todo lo contrario. Creo que la literatura es donde encuentro la sustancia de lo que a mí me interesa.
«Todo el mundo cree que conoce a Goya, por eso estimula el reto de plantearles la idea de que a lo mejor no lo conocen tanto como creen»
Los alemanes, Calomarde, Un tal González son títulos suyos que hibridan la ficción con la historia, como este que nos ocupa ahora, La hija. Acercarse a personajes que los lectores conocen, ¿dificulta más que facilita la escritura?
Creo que es muy estimulante. Con Rosario Weiss no pasa, pero sí con Goya. Todo el mundo cree que conoce a Goya. Y estimula el reto de plantearles la idea, de despertar la idea de la cabeza de que a lo mejor no conocen tanto a Goya como creen. No solo me refiero al lector común, que tiene algunas nociones del pintor, que ha ido al Prado, sino a los propios goyistas, a gente que de verdad sabe mucho sobre Goya. El reto en estos casos es siempre intentar mirarlo desde otro punto de vista y ver que aquello que damos por supuesto en realidad es algo mucho más misterioso, mucho más extraño de lo que pensábamos, y no terminamos nunca de conocerlo. Al final toda mi literatura, y diría que buena parte de la literatura, va de eso, va de subrayar la extrañeza de aquello que creemos tremendamente cotidiano y así sabido y realmente no lo es. Cuando lo miras de cerca todo se vuelve problemático, todo se vuelve misterioso, las cosas no son tan fáciles, aquello que damos por sentado resulta que no lo es. Y yo creo que eso es estimulante para escribir. Y confío en que sea un acicate para leer.
El nombre de la rosa, El Quijote, El hallado en Zaragoza, El carmesí, San Manuel Bueno Mártir o La familia de Pascual Duarte comparten con La hija el uso de la técnica narrativa del manuscrito encontrado. ¿Qué aporta esta práctica para explicar lagunas de la tradición histórica con suposiciones legítimas?
Lo que aporta sobre todo es subrayar al lector que estamos jugando, e invitarle a jugar con una serie de asuntos que pueden ser verdad o ser especulaciones. Que pueda haber lagunas ofrece un componente lúdico muy importante para poder establecer una complicidad con el lector, y a mí eso es lo que más me gusta siempre de la técnica del manuscrito encontrado, que es un género antiquísimo, como los que has mencionado (por cierto, que El manuscrito encontrado en Zaragoza no transcurre en Zaragoza). Me gusta mucho jugar con esa idea del documento falso que al final parece que no es tan falso, o que no cuenta tantas mentiras, pero que te permite poner en riesgo los documentos. En La hija hay una tensión constante entre los documentos, la especulación, y la puesta en duda de esos documentos. Y eso es lo que facilita la técnica del manuscrito encontrado. Es como decir: cuidado, estamos jugando. El narrador, Juan Antonio Rascón, es un narrador que me he inventado yo, pero a la vez es un personaje histórico. Estamos en un terreno donde encontrarnos cosas que son fiables o no, y eso exige la participación del lector, para poder valorar hasta qué punto confía en la historia que le están contando, qué le parece plausible y qué no, sobre todo porque jugamos con una tesis indemostrable, la de si Rosario Weiss es hija o no de Goya. Me guío por eso, por el carácter lúdico, más que por un intento de restituir lagunas, o de restaurar justicias, o injusticias sobre el tratamiento que la historia da a determinados personajes.
«Me guío por el carácter lúdico más que por un intento de restituir lagunas o de restaurar justicias»
Hablando de lagunas, ¿no resulta fascinante que la vida de grandes artistas (Goya, pero también Cervantes o Velázquez) estén llenas de ellas?
Es que la costumbre de documentar la vida es muy reciente realmente, y eso que Goya ya nació en una época en la que se documentaba bastante, y tenemos muchos materiales, porque su trabajo lo firmaba para los reyes y los reyes a sus empleados los tenían muy fichados. Tenemos cositas, bastantes, de Goya. No así de Cervantes ni de Velázquez. Velázquez es un misterio al lado de Goya. Si tú ahora le pides a la Seguridad Social tu vida laboral, la administración tiene documentada con mucho más detalle tu vida de lo que sabemos de Goya, y eso nos deja un campo a la exploración tremendo. Me parece una bendición. No pasa con nosotros, no pasa con los artistas actuales, porque estamos todo el rato concediendo entrevistas en las que explicamos lo que hacemos; Goya terminaba un cuadro y nadie iba a entrevistarle, ni siquiera sabemos nada de sus intenciones. Tenemos el cuadro, pero no tenemos la entrevista al lado que lo explique. Eso al historiador le frustra, pero al escritor le estimula.
Hay un riesgo, cuando se reivindica el arte, el virtuosismo de una mujer muy cercana a un genio, de hacerlo en menoscabo de él. Pienso en María Teresa León y Alberti, en Camile Claudel y Rodin, en Herda Taro y Robert Capa o Dora Maar y Picasso. En el caso de La hija no sucede, ¿porque no ha lugar con Goya?
A mí me interesa Rosario, es lo fundamental de esta obra, y hay una relación fascinante con Goya. De ahí que en la portada la cara grande es la suya, y la de Goya aparece mucho más pequeña, eso es toda una declaración de intenciones.
En esta misma línea, ¿cómo se sortea una tendencia, la de reivindicar artistas mujeres, para que lo literario no quede ensombrecido por cuestiones ajenas al hecho literario (la ideología, por ejemplo)?
Escribiendo solo de lo que te importa. Yo no escribo siguiendo un programa, ni formando parte de un movimiento de restitución de mujeres, a mí me apasiona Rosario, y he procurado además no fijarme en otros ejemplos, no solo he evitado leer libros que hablaran de grandes artistas, o que hicieron énfasis en la idea de describir el arte y de tratar de llevar el arte a la literatura, he evitado todos esos libros para que no me contaminasen, para no copiarlos, y he evitado también los libros programáticos, la literatura programática sobre la reivindicación del legado oculto de las mujeres, porque pensé que eso también me iba a contaminar. Si lees, al final se te pegan las ideas, es inevitable, crees que se te ha ocurrido una idea y es una idea que leíste en un libro hace diez años y que se te ha olvidado. Yo soy fan de Rosario, yo no quería llenar el libro de doctrina, porque entonces me pierdo. Ahora sí estoy leyendo todo eso, una vez que me dijeron que el libro ya estaba en imprenta y que no se podía cambiar nada, y que ya nos comíamos todas las erratas.
«Todos hemos visto cómo se destruye una familia por desavenencias, ese tipo de mezquindades»
La actitud de Javier Goya, el hijo de Goya que se portó de manera tan inmisericorde con Rosario y su hija Leonor, ¿es tan suculenta desde el punto de vista literario como incomprensible desde el humano?
Es muy comprensible desde lo humano, yo estoy convencido de que todos tenemos casos cercanos muy parecidos al de Javier, sobre todo si hay una herencia de por medio. Todos hemos visto cómo se destruye una familia por desavenencias, ese tipo de mezquindades. Javier Goya es un personaje humanísimo, humanísimo, de lo peor, de lo peor que tenemos, de lo peor que sacamos, y por eso creo que es fácil de comprender, y por eso es tan verosímil. Aunque es indemostrable que en la realidad hiciera lo que cuento, todo encaja, la idea de ambición, de miseria moral… es un personaje que está a la orden del día, de alguien que quiere quedarse con toda la herencia. Y es, además, un personaje muy agradecido, porque en toda historia ha de haber un malo, y este se identifica muy rápido.
La lechera de Burdeos, uno de los cuadros de más importancia en el libro. No sé si es forzado, pero leyéndolo enlazaba este cuadro con la caritas romana, con Pero amantando al anciano de su padre, Cimón…
Claro, es un buen ejemplo. Es un misterio la influencia de Rosario sobre Goya, pero creo que tiene que ver con eso, tiene que ver con cómo le inspira una nueva mirada sobre el mundo, que es lo que hacen los niños cuando se tiene una paternidad muy estrecha y muy vivida, procuran una experiencia transformadora; y creo que el hecho de que Rosario fuera artista, además, multiplicaba los efectos por todas partes. Sí, es una experiencia nutricia, el hecho de que sea una lechera, y de que tenga que ver con algo tan primordial como la leche, creo que es muy simbólico. Ese cuadro, además, funciona un poco como un amuleto para Rosario, es la única herencia que le queda, un cuadro donde confluye toda la historia de ambos. Por eso yo reivindico que se cambiara la cartela en El Prado, y se atribuyera la autoría conjunta, algo que ya se ha hecho con otros cuadros de Rosario, aunque este sería el más importante.
Las cataratas cambiaron la gama cromática de Monet; la artritis, el modo de pintar de Renoir, la degeneración macular, la manera de mover el pincel en Degas. La sordera, ¿afectó más a la obra de Goya que a su vida?
Podemos rastrear en la obra cómo influyó, no tanto en su vida, aunque le supondría problemas de comunicación parece que no los tuvo tanto, al menos no de sociabilidad, pero en la obra sí que vemos cómo cambiaron sus cuadros. Hay algunos goyistas que sostienen que el verdadero cambio pictórico en Goya se produce con la guerra, antes de que se quedara sordo. Yo creo que el cambio se percibe ya en Los caprichos, en sus retratos, se empieza a ver cómo cambia su manera de mirar a los personajes, penetra mucho más en ellos. Cuando se queda sordo lo que yo veo es que hay algo nuevo: la reflexión de la fragilidad. Aparece en Los caprichos, y en Los desastres de la guerra, desde luego, pero se va acentuando mucho más con la sordera. Una compasión enorme hacia el débil, hacia el sufriente, hacia el marginal. Antes de la sordera yo creo que no estaba tan atento a esto, le distraían demasiadas cosas, era un hombre demasiado mundano.
La cubierta del libro muestra una de las obras de Rosario, Alegoría de la atención. ¿Eso mismo es lo que hace falta para encontrar una historia con hechura suficiente para ser contada?
Es la premisa básica para un escritor como yo, pero otros escritores igual buscan por otros medios, en otros lugares. Sí, hay que estar muy atento a todo porque nunca sabes cuándo va a aparecer algo significativo, algo que te muevas, algo que te diga algo. Para escribir hay que estar muy atento, aunque el mundo actual no nos ayude a prestar mucha atención durante mucho tiempo (sin abogar por la vida contemplativa, que no me la creo mucho). Hay que sobreponerse a las enormes distracciones y confiar en el destino: si algo te perturba, te inquieta, te despierta lo que no sabes explicar, dedícale un tiempo.
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