Mirar a la muerte con ojos de artista
La muerte ha sido, mucho antes de convertirse en tabú, una de las grandes preguntas del arte. Durante siglos, pintores de todas las épocas la plasmaron no solo como un fin biológico, sino como una vivencia colectiva, un castigo divino, una tragedia política o un silencio desgarrador.
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Observar estas obras no es un acto de morbosidad, sino un modo de rastrear cómo cada cultura ha entendido la fragilidad, el duelo y el sentido mismo de la existencia. Si, como escribió el filósofo Michel de Montaigne, «filosofar es aprender a morir», el arte ha sido uno de los espacios privilegiados para ese aprendizaje sobre algo que es tan natural como temido: la muerte.
‘El triunfo de la muerte’, de Pieter Brueghel el Viejo
Una obra imprescindible para empezar este recorrido es El triunfo de la muerte, atribuido a Pieter Brueghel el Viejo en el siglo XVI. La escena presenta un paisaje que parece de guerra, en el que los esqueletos aniquilan todo a su paso, sin distinguir entre reyes y campesinos. No hay heroísmo ni consuelo, la muerte aparece como una fuerza imparable y democrática. En una Europa que vivía asolada por guerras, hambrunas y pestes, la muerte no era una excepción, sino una presencia familiar.

‘El triunfo de la muerte’, de Pieter Brueghel el Viejo
‘La muerte de la Virgen’, de Caravaggio
Muy distinta, igual que la mirada de su autor, es la aproximación de Caravaggio en La muerte de la Virgen, pintada a principios del siglo XVII. La obra escandalizó por mostrar a María no como una figura divina, sino como un cuerpo sin vida, y sobre todo terrenal. El dramatismo está en la crudeza del cuerpo pesado y el dolor contenido de quienes la rodean. Aquí la muerte deja de ser alegoría para convertirse en experiencia física y emocional. El mensaje es poderoso, ni siquiera lo sagrado escapa de la muerte.

‘La muerte de la Virgen’, de Caravaggio
‘Los fusilamientos del 3 de mayo’, de Francisco de Goya
En el siglo XIX, Francisco de Goya reflejó su propia experiencia tras la invasión de Madrid por parte de las tropas francesas en el cuadro de Los fusilamientos del 3 de mayo. La muerte aquí es injusta y profundamente política, una idea que aún identificamos en los conflictos actuales. Los soldados son máquinas de matar anónimas, pero las víctimas, en cambio, tienen rostros, muestran terror, resignación y hasta desafío.

‘Los fusilamientos del 3 de mayo’, de Goya
‘La isla de los muertos’, de Arnold Böcklin
También en el siglo XIX, pero desde una perspectiva más íntima, Arnold Böcklin pintó La isla de los muertos. La escena muestra una barca que se acerca a una isla rocosa, probablemente para enterrar a un difunto. No hay dramatismo, la muerte es un tránsito hacia lo desconocido. Böcklin no explica qué hay después, solo invita a contemplar la entrada. Esta ambigüedad explica en parte por qué esta obra fascinó a generaciones posteriores, desde Freud hasta Hitler.

‘La isla de los muertos’, de Arnold Böcklin
‘La muerte y la vida’, de Gustav Klimt
Con el cambio de siglo, la muerte empezó a representarse también desde la angustia psicológica. La muerte y la vida, de Gustav Klimt, contrapone un grupo de cuerpos vivos, entrelazados y coloridos, con una figura oscura que observa desde un lado. La muerte no ataca, sino que espera. En esta obra se percibe una sensibilidad moderna, en la que la muerte forma parte de la vida, no es su opuesto.

‘La muerte y la vida’, de Gustav Klimt
‘Guernica’, de Pablo Picasso
La relación entre muerte y trauma alcanza uno de sus puntos más extremos en Guernica, de Pablo Picasso. La pintura, un grito contra el bombardeo de la villa vasca, no quiere representar una muerte individual. En cambio, todo el lienzo está impregnado por la presencia de la muerte como una fuerza total, difusa y aniquiladora. En la historia del arte pocas obras han logrado condensar con tanta fuerza la catástrofe de la guerra y su huella en la conciencia colectiva.

‘Guernica’, de Pablo Picasso. Atribución: Museo Reina Sofía
‘Mar Muerto’, de Paul Nash
La guerra sin duda marcó la experiencia de muchos artistas que vivieron durante el siglo XX. Paul Nash fue un artista que trabajó como official war artist para el gobierno británico durante la Segunda Guerra Mundial. Decía de sí mismo: «Ya no soy un artista. Soy un mensajero que traerá noticias desde los hombres que luchan a quienes quieren que la guerra continúe para siempre». Reflejó este objetivo vital en su cuadro Totes Meer (Mar Muerto), en el que muestra los restos de aviones derribados formando un paisaje sin vida bajo la luna. Un «mar muerto» de metal que simboliza la devastación de la guerra moderna y el paisaje deshumanizado que causa la maquinaria bélica.

‘Mar muerto’, de Paul Nash
La muerte en el arte del siglo XX
A medida que avanzaba el siglo XX, la muerte empezó a asociarse también con la ausencia y la memoria, porque, como escribió Elie Wiesel, superviviente del Holocausto, «olvidar a los muertos sería como matarlos por segunda vez». El hombre muerto, de Edvard Munch, refleja la preocupación creciente por la culpa y el silencio. La figura caída ocupa el centro, pero lo que domina la escena es la ausencia de reacción de quienes lo rodean.
Los artistas más contemporáneos también hacen su personal reflexión sobre la muerte. Damien Hirst, por ejemplo, ha explicado que desde niño ha pensado en la muerte de manera insistente y que, en su obra, buscarla o confrontarla directamente es una forma de enfrentar lo inevitable. Según él, en una sociedad que evita hablar de la muerte, el arte es un medio para hacerla visible y reflexionar sobre ella, porque es algo que todos compartimos y que no puede ser ignorado. En The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living, su famoso tiburón conservado en formol plantea la pregunta de si podemos realmente comprender la muerte mientras estamos vivos.
Otra artista con una visión muy personal de este tema es Doris Salcedo. Para ella, «la estética que tiene la muerte refleja la ética que tenemos sobre la vida», y su trabajo intenta que gracias al arte no se olvide a las personas que fallecieron sin que a nadie pareciera importarle. Sumando Ausencias o su instalación en el Palacio de Justicia de Bogotá, centradas en conflictos armados y víctimas invisibles, no muestran cuerpos ni escenas explícitas, porque la muerte está en los objetos, en los espacios vacíos, en lo que falta.
A lo largo de los siglos, el arte ha demostrado que no existe una única forma de representar el final de la vida. Ha sido castigo, tránsito, injusticia, trauma, silencio y memoria. Mirar estos cuadros hoy no nos acerca a una respuesta definitiva, pero sí a intentar entender la muerte sin negarla.
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