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Ciudades

Pedro Bravo

«Muchos gobiernos están convirtiendo las ciudades en productos que se venden al mejor postor»

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30
junio
2026

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‘Antes todo esto era ciudad’, ahora es otra cosa. Quizás una ciudad marca, una ciudad Monopoly. El nuevo ensayo del periodista Pedro Bravo desgrana los distintos factores que han llevado a que la ciudad se convirtiera en un espacio hostil. La crisis de vivienda, el sobreturismo, la gentrificación, el rompimiento de los lazos comunitarios, la soledad… Las aristas son muchas, pero la meta para contrarrestarlas sigue clara: lograr que la ciudad vuelva a ser habitable. Esto implica que sea sostenible, asequible, transitable, que quienes la vivan sean pensados como vecinos. Mejor dicho, que sea un hábitat, en todo el sentido de la palabra.


Leyendo Antes todo esto era ciudad se me venía una y otra vez la letra de una canción que denuncia la gentrificación de Medellín que dice: «Somos demasiado complacientes, aquí no hay habitantes, solo clientes». Por eso me gustaría empezar con el tema de las «ciudades marca». Si se conocen los costes sociales (encarecimiento de precios, expulsión de los vecinos, destrucción de la comunidad…), ¿por qué tantos gobiernos locales insisten en crear «ciudades marca» para el consumo de quien las pueda pagar?

Como buen asunto complejo, hay muchas respuestas para esta cuestión. Por un lado, hay una obsesión, casi una adicción, por la atracción. Lo que nos sucede como individuos, que buscamos constantemente la validación de los otros y el subidón de dopamina que nos dan los likes, se traslada a las ciudades, que se han metido en esta competición por brillar cada vez más. Para argumentarlo, las administraciones, locales, regionales y estatales, se basan en datos económicos que no necesariamente retratan el bienestar social: PIB, empleos, aunque sean de poco valor añadido, indicadores de impacto casi siempre hechos a trazo grueso por partes interesadas, la balanza de pagos (no olvidemos que el turismo computa como exportación)… Hay quien lo hace repitiendo patrones que ve en otras urbes y hay quien cree firmemente que esta economía del movimiento y la atracción es beneficiosa para el conjunto de la sociedad. También habrá quien lo haga con menos buena voluntad, claro. Pero, en cualquier caso, muchos gobiernos locales están comportándose como empresas y convirtiendo las ciudades en marcas, en productos que se venden al mejor postor sin que se quede un beneficio real en las comunidades que las han hecho posible. Detrás de todo ello hay un problema muy profundo que tiene que ver con el significado de la palabra éxito. ¿De verdad es un éxito que nuestras ciudades brillen por todo el mundo y que, por eso, expulsen física y emocionalmente a sus ciudadanos? ¿No deberíamos medir el éxito de una ciudad por las posibilidades que ofrece para desarrollar una vida plena para sus habitantes? ¿No tendría que estar la atracción destinada a que eso fuera así y no al contrario?

«¿De verdad es un éxito que nuestras ciudades brillen y expulsen física y emocionalmente a sus ciudadanos?»

En la misma línea, muchas ciudades españolas están viviendo una sorprendente disonancia cognitiva con «los de afuera», divididos entre expats e inmigrantes. Mientras los «inmigrantes» trabajan contribuyendo a sostener las ciudades, los expats solo las consumen. ¿Por qué entonces hay mayor rechazo a los «inmigrantes» que a los expats si son precisamente estos últimos los que están expulsando a los locales de sus barrios?

«No se integran», «no se adaptan a nuestras costumbres», «hacen uso de nuestros servicios públicos», «no contribuyen», «nos quitan las casas». Todos estos argumentos y muchos otros que se utilizan para fomentar el rechazo a los inmigrantes podrían utilizarse para describir lo que pasa con los expats, pero, como dices, no se hace. Buena parte de las causas de la ira y la frustración de la que se alimentan los discursos nacionalistas y antiinmigración tienen su origen en un deterioro de las condiciones de vida que algo tienen que ver con la atracción de la que hablábamos antes: la vivienda como producto financiero, la comercialización de la identidad, la desaparición del tejido comercial y económico de autónomos y pymes… ¿Por qué se evita señalar todo esto y la ira se dirige a los inmigrantes? Otra vez, hay varias respuestas: algo de racismo, la percepción errónea de que el modelo de atracción solo afecta a los centros urbanos y a determinadas clases y, sobre todo, un discurso interesado que vende como nacionalismo y proteccionismo políticas que se está demostrando allí donde ya gobiernan que se dedican a ampliar las facilidades de extracción de los grandes capitales. Dicho esto, hay que responsabilizar también a todos esos gobiernos que se han venido declarando en las últimas décadas preocupados por los problemas sociales pero que, en realidad, se han dedicado a facilitar las dinámicas que los han agrandado. No se trata de culpar a los inmigrantes ni a los turistas ni a los expats, sino de señalar las causas y efectos reales de los problemas y buscar maneras de revertirlos.

«No se trata de culpar a los inmigrantes, los turistas ni a los ‘expats’, sino de señalar las causas y efectos reales de los problemas»

Una de las principales quejas que existen hoy entre los residentes de Barcelona es que los turistas se comportan como si estuvieran en una especie de Disney urbano. Como si los edificios fueran decorado donde no duerme nadie y quienes vivimos aquí fuéramos simples figurantes que ayudan a la escenografía, a reforzar «la experiencia», a «crear atmósfera». ¿Cuáles son las consecuencias de la consolidación de esa visión de la ciudad-parque temático?

Bueno, los turistas se comportan así porque la ciudad se ha convertido en eso, Barcelona y otras que han seguido ese modelo, Málaga, Sevilla, San Sebastián, Madrid y muchas también de otras partes del mundo. Las ciudades son parques temáticos o no lugares, como ampliaciones de esos pasillos de los aeropuertos que son una tienda que te lleva a la puerta de embarque, espacios diseñados para el consumo, pensando en facilitar una experiencia de usuario que, en realidad, es la facilitación de una experiencia de negocio. Cuando se habla de todo esto se suele señalar como consecuencia la pérdida de identidad, pero a mí me parece una distracción. Porque se suele concebir la identidad como algo estático y estético, cuando son rasgos en continua evolución y más culturales que arquitectónicos. Hay ahí una nostalgia un poco reaccionaria. Pero es que, además, lo importante es la vida, la posibilidad de poder tener un hogar, formar, si se quiere y en el modelo que se desee, una familia, desarrollar un proyecto empresarial o una carrera profesional, tener tiempo para estar tranquilo o para meterte en jaleos creativos… Todo eso que las no ciudades, las ciudades marca o los parques temáticos urbanos nos imposibilitan hacer. Todo eso que, como digo, es el origen y el fin de la existencia de y en la ciudad.

Como decías, en general, los afectos que generan hoy en día las grandes ciudades son sobre todo frustración e ira. La gente se siente cada vez más sola, de cara a un futuro que se vislumbra cada vez más gris. ¿Cómo podemos reconfigurar las relaciones en (y con) la urbe y crear comunidades realmente conectadas? Para que haya realmente hábitat

Sentimos soledad, ira, frustración y también desamor, ese extrañamiento del que hablo en el libro, no entendemos qué es la ciudad, ya no sentimos que pertenezcamos y nos pertenezca. Estamos, además, cada vez más aislados, tanto físicamente —porque muchos se han ido de sus barrios a vivir vidas lejanas y despegadas— como social y emocionalmente —porque la vida digital nos segmenta, nos da un falso entretenimiento y conexión y nos acostumbra a evitar la fricción, el roce con los otros—. Las ciudades se han hecho y evolucionado precisamente gracias a ese roce, a ese contacto y conexión entre distintos. Por tanto, una cosa que podemos hacer es esforzarnos en superar las fronteras algorítmicas y relacionarnos con los que no son ni piensan exactamente como nosotros. Superar la polarización. Podemos estar en desacuerdo en muchas cosas, pero seguro que estamos de acuerdo en unas cuantas importantes. Dejar, en lo posible, las pantallas nos puede ayudar también a prestar atención a lo necesario y ponernos en marcha para transformarlo. Desde exigir soluciones diversas para el problema de la vivienda a más políticas de adaptación al cambio climático y mejoras de la salud urbana. Encontrarnos en fiestas y rituales es tan importante como asociarnos. Participar más, conversar más, incluso discutir más, pero presencialmente, sin el burladero digital que evita lo que Amador Fernández Savater llama la «fecundidad del conflicto».

«No entendemos qué es la ciudad, ya no sentimos que pertenezcamos y nos pertenezca»

Dices que hay que ser valientes para que las ciudades elijan ser habitables en lugar de ser atractivas, «que identifiquen vivir bien como sinónimo de éxito». A corto y mediano plazo, ¿qué medidas concretas crees que hay que tomar para que la ciudad deje de ser hostil?

Hay que rebelarse, efectivamente, contra ese relato y ser valiente para revertirlo. Como te decía, hay que actuar con valentía sobre el tema de la vivienda. En este asunto caemos en algo que llamo el «síndrome de la solución singular» y que limita muchas posibilidades y nos paraliza en la confrontación. ¿Hay que construir o hay que poner límites al precio? Esa parece ser la dualidad, pero ¿y si hubiera que hacer ambas cosas, además de muchas otras? Si estamos ante un problema grave y complejo, lo raro sería que hubiera una única solución. Hay que hacer muchas cosas y hay que empezar ya. Intervenir un mercado no quiere decir prohibirlo, sino poner normas y anteponer el bien común a los beneficios individuales. En lo urbanístico, además, hay que luchar contra la contaminación, ambiental y sonora, crear espacio público de calidad e ir mucho más rápido en las políticas de renaturalización, preparar nuestras urbes para episodios extremos de calor, que ya empiezan a ser costumbre, inundaciones y demás. Y otras cosas: trabajar en la soberanía alimentaria, proponer modelos productivos diversos que vayan más allá del turismo, hacer políticas de descentralización para que haya oportunidades de llevar vidas plenas en ciudades medianas y pequeñas, etc.

«Intervenir un mercado no quiere decir prohibirlo, sino poner normas y anteponer el bien común»

En las últimas semanas han proliferado las vallas publicitarias que avisan con orgullo que para 2028 el Ayuntamiento de Barcelona eliminará las licencias de viviendas de uso turístico. ¿Crees que es una solución viable o que se queda corta? (sobre todo porque también hay que pensar en la modalidad del «alquiler temporal», que igualmente contribuye a la actual crisis de vivienda).

Las viviendas de uso turístico (VUT) no son el problema pero son parte de él. Se calcula que en España hay más de 330.000 VUT pero seguramente sean muchas más porque es un asunto en el que campa la ilegalidad e incluso las mafias, lo cual ya da pistas de lo rentable y tóxico que es. En Barcelona se estiman en 10.000 las VUT registradas, pero seguro que son más. ¿Ayudaría a afrontar el problema de la vivienda eliminar o reducir muchísimo las VUT sobre todo en ciudades? Sin duda. ¿Sería suficiente? No, como hemos comentado antes, hay que hacer cosas diversas. Pero, además, la clave es si de verdad se quiere hacer. Tanto el Gobierno de España como el Ayuntamiento de Barcelona muestran dos caras en este tema. Por un lado dicen que están preocupados con el tema de la vivienda pero por otro persiguen superar los 100 millones de visitantes al país y amplían aeropuertos, entre otros, El Prat. Por un lado se promete eliminar todas las VUT pero, por otro, se sigue con las políticas de atracción, con eventos como el Tour, por nombrar el más reciente. Si se eliminan las 70.000 plazas de VUT de Barcelona, ¿cuántos hoteles hay que construir para alojar a toda la gente que se sigue queriendo que llegue? ¿Cuántas VUT abrirán en los municipios del área metropolitana? Prometer cosas está bien, pero estaría mucho mejor rehacer las políticas de atracción y los modelos productivos.

Finalmente, me gustaría cerrar con el tema de «rehacer los relatos», que hemos venido tocando. En medio de la aceleración y el ruido, con un déficit de descanso y de introspección, ahogados en estímulos y sobreinformación, hemos ido perdiendo los matices, el contexto. La posibilidad de contarnos, de profundizar, de dar sentido. ¿Cómo volver a narrarnos desde lo urbano?

Efectivamente, el ruidoso momento no ayuda, pero debemos intentarlo. Y quizá podamos lograrlo siendo radicales, es decir, yendo a la raíz. ¿Qué es una ciudad? La etimología latina de la palabra prioriza la idea de comunidad (civitas: ciudadanía) sobre la de espacio (la urbe). No hay ciudad sin nosotros, un común en el que lo distinto es imprescindible para que haya evolución, progreso. El éxito, por tanto, no pertenece tanto al ámbito económico sino vital, el objetivo es que ese nosotros siga vivo y, para eso, hay que cuidar al más frágil. Por muy mal que nos hayan contado la teoría de la evolución, estamos aquí gracias a la casualidad y la cooperación, no a la competencia. Si queremos seguir estando, debemos entender que nos conviene seguir cooperando.

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