Schopenhauer, la soledad y la batería social
La socialización constante se presenta como norma y medida del éxito. Sin embargo, el agotamiento que genera obliga a repensar el valor de la soledad, no como rechazo del mundo, sino como una forma de autocuidado.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
«Es en la soledad, allí donde cada uno se ve reducido a sus propios recursos, en donde se revela lo que se posee por sí mismo», escribió Arthur Schopenhauer (1788–1860) en sus Aforismos sobre la sabiduría de la vida. Considerado el padre de la filosofía pesimista, defendió la soledad como un camino necesario para la libertad y la cultivación de la inteligencia. Para el filósofo, «un hombre de talento, en la soledad más absoluta, encuentra en sus propios pensamientos y en su propia imaginación con qué divertirse agradablemente, mientras el ser limitado, por más que varíe de fiestas, de espectáculos, de paseos y de diversiones, no llegará a sofocar el tedio que le atormenta».
Desde esta perspectiva, elegir una vida tranquila, alejada del ruido y de las interacciones sociales, no está al alcance de todo el mundo. El silencio de la soledad implica escucharse y hacer frente a los propios pensamientos, recuerdos y conflictos internos, una experiencia que no siempre resulta fácil. Sin embargo, para quienes encuentran en el recogimiento una forma de bienestar, atender a las obligaciones sociales y a los rituales que estas implican puede vivirse como algo agotador. Si para Schopenhauer «el hombre dotado de una individualidad extraordinaria, espiritualmente superior, puede prescindir de la mayoría de los goces a que el hombre aspira por lo general» es porque también los consideraba «un trastorno y un peso», una interferencia constante en la vida interior. Por eso, llega a afirmar que «la superioridad de la inteligencia conduce a la insociabilidad».
Si bien esta frase hoy suena elitista o provocadora, dialoga con una experiencia que hoy muchas personas compartimos: la fatiga social. Ese agotamiento que se produce cuando los ritmos de nuestra vida cotidiana se aceleran entre eventos profesionales y de ocio que agotan lo que se ha popularizado como «batería social». Y, como consecuencia, solemos responder con irritabilidad, cansancio o, incluso, ansiedad.
Dejar espacio a la soledad no tiene por qué significar el rechazo a una vida compartida ni alejarse por completo de la sociedad
Una investigación reciente muestra que la simple presencia de otras personas suele asociarse a un aumento inmediato de la energía y el ánimo, pero también a un incremento de la fatiga horas más tarde. La sociabilidad activa en el momento, pero después el cuerpo y la mente parecen necesitar un tiempo de repliegue para reponerse.
La soledad bien elegida
Las reflexiones de Schopenhauer pueden ayudarnos a entender la importancia del recogimiento, pero su perspectiva no deja de ser pesimista, además de privilegiada. El aislamiento presupone un sujeto que no depende de nadie para sostener su vida cotidiana, afectiva o material.
Esta visión también está atravesada por su carácter negativo y amargado ante la vida que quedó claramente reflejado en las cartas que le envió su madre, la escritora Johanna Schopenhauer. Por ejemplo, en una ocasión le escribió: «Podrás quedarte luego a cenar conmigo siempre que dejes aparte ese enojoso gusto tuyo por la disputa, que tanto me crispa, lo mismo que todas esas lamentaciones sobre el necio mundo y la miseria humana». Si bien compartían gustos y aficiones, habitaban el mundo de manera casi incompatible, sobre todo, tras la muerte de su padre. Mientras Johanna disfrutaba de la vida social, las conversaciones, los salones literarios, Arthur percibía ese mismo entorno como ruido. A medida que ella vivía con más libertad y autonomía en el espacio público, Schopenhauer veía todos esos eventos como una frivolidad y crecía su visión negativa de la humanidad.
Pero dejar espacio a la soledad no tiene por qué significar el rechazo a una vida compartida ni alejarse por completo de la sociedad. Se trata de reconocer la necesidad de construir un espacio propio. Pensar la soledad hoy implica preguntarse no solo por el valor del recogimiento, sino por quién puede permitírselo.
Por ejemplo, Marcela Lagarde reivindica la soledad como una experiencia necesaria para la autoestima y la autonomía. En su libro Claves feministas para la autoestima de las mujeres afirmó que «sin soledad no hay desarrollo de la autoestima» y definió la soledad como «un estado imprescindible de autoconocimiento mediante la evocación, el recuerdo, la reflexión, el análisis y la comprensión», además de un tiempo necesario para «descansar de la tensión que produce la presencia de los otros».
Por eso, lejos de buscar el aislamiento, la superioridad moral o intelectual, la soledad es un espacio político y una herramienta ética. Es una estrategia de autocuidado que, al mismo tiempo, contribuye al bienestar social. Es también una reivindicación del espacio propio que nada tiene que ver con la frustración, el abandono o el fracaso. Este trabajo personal se plantea como una necesidad para sostener la participación en la lucha común. La soledad no es aquí una retirada, sino un tiempo imprescindible para reafirmarse como sujeto y como parte de la sociedad.
COMENTARIOS