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‘La Odisea’ de Nolan o la Odisea por aplastamiento

Poco en ‘La Odisea’ de Christopher Nolan escapa tampoco a su propio tiempo, pasada ya la quinta o sexta vuelta de tuerca del siglo XXI. Nolan, como Kubrick, no aproxima géneros o temas: los clausura.

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16
julio
2026

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En la sala número sesenta y uno de la National Gallery de Londres, entre Rafaeles, hay colgada por encima de la vista una pintura de Pinturicchio llamada Penélope y los pretendientes. Es de principios del siglo XVI. Y presumen de ella el propio museo y la historiadora Emily Hauser como una de las mejores incursiones pictóricas en Odisea de Homero, con la esposa del ausente Ulises, en este caso, tejiendo y destejiendo ante los pretendientes que hacen cola en la puerta de su habitación. Explica Hauser, sin embargo, algunos curiosos (y deliberados) anacronismos de la pintura. Todo el mundo viste de manera abiertamente renacentista. El barco de Ulises que se ve tras la ventana parece preparado para ir a la Especiería y no a Troya. Incluso los tripulantes convertidos en cerdos por la hechicera Circe son de una raza local italiana (Cinta Senese) con una característica banda blanca, una variedad de la Siena del Cinquecento, hogar del mecenas que paga el cuadro, Pandoflo Petrucci, señor de la ciudad y cuyo escudo de armas, por si fuera poco, cuelga de la nao.

Poco en La Odisea de Christopher Nolan escapa tampoco a su propio tiempo, pasada ya la quinta o sexta vuelta de tuerca del siglo XXI. Nolan, como Kubrick, no aproxima géneros o temas: los clausura (la ciencia ficción con Interstellar, el bélico con Dunkerque, la bomba atómica con Oppenheimer). Y lo consigue con una capacidad de actualidad (formal e incluso temática) y un olfato contemporáneo que explican en parte su éxito de público y crítica. El resto es talento, recursos y trabajo obsesivo.

No son cinematográficamente objetables posibles anacronismos o meteduras de pata (los historiadores dirán) en una embarcación o una armadura; ni en el probable presentismo de algunas elecciones de casting o incluso raciales. Pienso más bien en la moraleja antibélica y oppenheimeriana de la que la película no se priva, torturando en mayor o menor medida un texto de intenciones y autoría(s) tan difusas y remotas como el de Homero. Pero pienso sobre todo en el lenguaje fílmico, acelerado en el caso de esta Odisea. La paradoja reside en convertir una oda a la paciencia oceánica y matrimonial a través de dos décadas en un frenesí de casi tres horas. Al gusto de los tiempos.

La paradoja reside en convertir una oda a la paciencia oceánica y matrimonial a través de dos décadas en un frenesí de casi tres horas

Nolan guioniza La Odisea admirablemente, condensando su consecutividad dramática, eligiendo bien sus eslabones. Pero los anuda con una contundencia y un horror vacui que apenas dejan espacio para la pausa, que raramente permiten respirar a la historia (la escena del telar entre Penélope y Antínoo es una excepción), sepultada por la peripecia sin aliento de cíclopes y remolinos, aplastada por un despliegue musical (Ludwig Goransson) omnipresente y obsesivo, marca de la casa Nolan. No hay silencios. Nadie respira. ¿Tan poca fe tiene el director en sus propias imágenes (impresionantes), en sus propias palabras (bien escogidas)?

Cumple su sueño el autor de Memento (2000) de rodar por fin una película completa con el formato IMAX, un logro técnico que lleva persiguiendo casi veinte años (ejem), al menos desde El caballero oscuro (2008). El IMAX es un tipo de celuloide mucho más corpulento que el habitual, y que exige un tipo de cámaras especialmente ruidosas; tanto que impiden la grabación de escenas de intimidad o simple diálogo entre los actores, por su estruendo. Hasta ahora. La empresa ha desarrollado para la ocasión una suerte de caparazón completo que las recubre y amortigua cualquier sonido mientras trabaja. Problema resuelto. Y otra posible metáfora sobre una producción que cuenta con lo mejor en cada departamento, pero que ensordece y empacha. La épica que deja de serlo a fuerza de insistir.

No queda sino rendirse, agotados, cuando se llega al final, complacidos por un espectáculo inteligente (no defrauda la famosa secuencia del caballo) y habiéndolo pasado bien, pero cohibidos por la vehemencia y la cantidad de respuestas ofrecidas. No queda sino rendirse, exhaustos, ante un despliegue de recursos y de capacidad que marcan sin duda el estándar industrial actual de la excelencia, pero también una cierta falta de confianza en el espectador, con el que en este caso se aspira (por qué no) a que la cultura clásica también pase por el tamiz de la divulgación retumbante y masiva, casi siempre contundente y apta para todos los públicos y su cara atención. Es La Odisea por aplastamiento, con la escala de David Lean, pero empequeñecida por la prisa de un examen que no puede superar los ciento ochenta minutos en la sala de montaje. Lo contrario de una visita a la National Gallery.

El propio Pandolfo Petrucci (que encargó el mencionado cuadro de Pinturicchio) fue exiliado de Siena cuando era solo un niño, en 1465, junto a su familia. No pudo volver hasta un cuarto de siglo después. Petrucci maniobró hasta terminar gobernando, pero solo durante doce años, la mitad del tiempo que estuvo lejos de su hogar. «Los dioses ayudan a quien se ayuda a sí mismo», insiste Odiseo (Matt Damon) en la película.

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