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Paco León

«En el fondo, la identidad es algo muy fluido»

Fotografía original

Pedro J. Pacheco
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04
marzo
2026

Fotografía original

Pedro J. Pacheco

La serie televisiva ‘Aída’, además de ser una de las más longevas en la parrilla (se emitió desde 2005 a 2014), alumbró personajes que habitan en el imaginario colectivo. Excesiva y delirante, reclamaba valores como la vida de barrio, la red de afectos, los problemas reales que no siempre encuentran hueco en ‘prime time’. Más de diez años después, uno de los actores de la mítica serie, Paco León (Sevilla, 1974), retoma aquellos personajes para reflexionar sobre la fama, la humanidad de quienes se dedican a hacernos reír o la complejidad de la diversidad. ¿El resultado? ‘Aída y vuelta’.


En Aída y vuelta te interpretas a ti mismo en una suerte de autoficción, como alguien que se enfrenta una crisis de identidad. ¿Hasta qué punto la identidad propia se construye o viene dada por lo que somos a ojos de los otros?

La identidad es un temazo, un temazo, porque es un constructo y nosotros, que somos actores, sabemos bastante de eso, nuestro trabajo va sobre eso. Es verdad que la identidad propia se elige y se construye al mismo tiempo en base a lo que tú dices, un poco en función de lo que se te pide, y a veces se hacen construcciones que son igual de ficticias que otras que nos vienen dadas. Por ejemplo, cuando estuve haciendo La casa de las flores, una serie mexicana, interpretaba a un personaje trans. Era 2018, y entonces se criticó muchísimo el hecho de que un personaje trans fuera interpretado por un actor cis, se tomó conciencia de los límites y a partir de ahí, creo que esto no podría repetirse. Durante el tiempo que interpreté ese personaje, recuerdo que pensaba a menudo que yo mismo podría haber elegido expresarme, siendo un hombre, como mujer. Estaba tan metido en ese personaje que pensaba que podría haber sido así, pese a que me han educado de otro modo. Hay muchísimas cuestiones construidas socialmente, aunque parezca que van dentro de cada uno. En el fondo, la identidad es algo muy fluido. Con Luisma no he tenido nunca ningún conflicto, era muy fácil salir y entrar; de hecho, en la película hay un alarde de eso.

Tu personaje en Aída y vuelta está cansado de ser el «Luisma». ¿De qué modo afecta la fama, la proyección pública, a la salud mental?

El modo en que el trabajo afecta a la salud mental no es algo solo de quien se dedica a interpretar, uno se puede quemar en cualquier trabajo. Carmen (Machi), de hecho, no tenía ningún problema con esto. Hay gente que se quema del trabajo en sí, no porque estés interpretando un personaje durante diez años, aunque dedicarte a la interpretación supone que nunca terminas de trabajar, porque sales a la calle y sigues siendo Luisma o Aída, es más exigente o pesado que otras profesiones. Es el síndrome del burnout, del trabajador quemado. Cualquiera se puede identificar con él, no solo los actores. Carmen, por ejemplo, cuando se ponía los zapatos para interpretar a Aída sufría dermatitis y, cuando dejó la serie, la dermatitis se acabó.

Y a pesar de ello la convenciste para hacer la película…

La idea fue de ella. Ya había pasado el tiempo suficiente para volver a ese personaje desde otras perspectivas, para sanar lo que hubiera de sanar, Carmen no tenía trauma alguno con el personaje ni con la serie, podía recrearla.

Aunque cualquier profesión tiene sus dificultades para con la conciliación, háblanos de las tuyas como actor, de cómo compaginas el cuidado de un hijo con rodajes, promociones, viajes, imagen pública…

Tiene su complicación, claro, aunque reconozco mi privilegio como hombre al haber tenido un apoyo muy grande de mi pareja, que me ha apoyado muchísimo en eso. Para las mujeres es más complicado, pero ella ha colaborado mucho, ha sido capaz de respetar esos tiempos, se lo agradezco y se lo reconozco. Por otro lado, esta profesión no te quita nada: yo termino el rodaje y tengo que recoger a la niña, tienes que hacer malabares en muchos momentos, y más ahora, que estamos separados. La crianza de un hijo, si eres mínimamente responsable, es complicado hacerla compatible con el trabajo, y con estos trabajos como el mío, más.

«El individualismo es lo que amenaza los valores de barrio, bonitos y prácticos»

Buena parte de la película transcurre en barrios periféricos. Hoy en día, ¿solo en los extrarradios es posible tejer una comunidad, solo la necesidad nos lleva a vivir un nosotros?

La serie Aída era un reflejo de una sociedad bastante ajustada a lo real; podía ser esperpéntica, pero aun así resultaba más real que muchas otras series de su época. En la película se habla de esos valores de comunidad que se dan en los barrios, que las grandes ciudades están perdiendo, debido al individualismo, procurando situaciones como que no conozcas a tus vecinos, que no sepas quiénes son. Yo me he criado en una comunidad donde era muy importante ese nosotros, las madres se ayudaban unas a otras y los hijos se criaban entre todos, facilitando la conciliación y crianza. El individualismo es lo que amenaza los valores de barrio, bonitos y prácticos. Vivir en comunidad es más agradable y menos solitario. La importancia de la tribu, que te permite organizarte de otra manera. Esto se da con mucha naturalidad en los barrios.

Cuando el protagonista encuentra a la mujer que inspiró Aída, esta rechaza la fama, la popularidad. ¿El éxito envilece la autenticidad, corrompe?

No creo, al menos yo intento que no. Dicen que el éxito o la fama vuelve a la gente gilipollas, pero creo que lo que hace el éxito o la fama, en todo caso, es descubrir el gilipollas que ya eras. Si se encuentra el éxito, normalmente está sustentado por muchísimo trabajo detrás, propio y de los compañeros. La gente que tiene los pies en la tierra no pierde esa autenticidad. Piensa en los faros del mundo, gente como Rosalía o Bad Bunny, no pierden su centro y es importante mantenerlo. La fama y el éxito son una ola que te lleva a sitios donde de otro modo no estarías, pero si mantienes bien tus bases, no te hacen perder lo auténtico de ti.

En la película hay un hombre con acondroplasia, del que se enamora Aída. ¿Estamos preparados para incorporar la diversidad en nuestra sociedad o aún es un reto pendiente?

Está más integrado en la sociedad que en la representación; todo el mundo convivimos con personas con discapacidad, sea la que sea, de hecho, todos somos un poco discapacitados según frente a qué cosas. Lo que es importante es que la discapacidad tenga representación en la ficción, que haya películas como Sorda. Es necesario incorporar a actores con discapacidad, como reflejo de la realidad. Y no solo como recurso, por eso, en el papel que interpreta Emilio Gavira como persona con acondroplasia, algo que me agradeció, fue que quise que su papel tuviera volumen, que fuera complejo, que tuviera conflicto, así que además de acondroplásico es un poco acosador. Hay que incluirlos en la ficción, pero no solo desde la condescendencia.

«Es necesario incorporar a actores con discapacidad como reflejo de la realidad, no solo como recurso»

¿Cuándo el humor repara y ennoblece la tragedia cotidiana, ayuda a sostener las precariedades de la vida, y cuándo resulta indecoroso emplearlo para abordar determinadas realidades sociales?

Esto es un gran dilema; los límites del humor los marcan el contexto: quién lo dice, cómo y en qué momento. El humor es fruto de la época. Lo que se practica un poco en la película es recordar a la gente lo sano de reírte de ti mismo, que no es bueno reírte de otros. Está bien que un acondroplásico se ría de sí mismo, que un enfermo de VIH haga un chiste sobre el VIH, y no que alguien se ría de una persona con acondroplasia por serlo o de quien tiene el VIH. Eso lo cambia todo.

¿Cómo evitar entonces la condescendencia cuando se habla de los más desfavorecidos?

Con respeto, teniendo en cuenta que una cosa no quita a la otra, hay que mirarse uno a sí mismo, saber que uno puede ser acondroplásico pero esa condición no te quita ser acosador o ser homófobo, del mismo modo que ser mujer no te quita lo machista.

«Los límites del humor los marcan el contexto: quién lo dice, cómo y en qué momento»

Parece que todo comenzó como una «coña» entre amigos y acabó convirtiéndose en una película-secuela-ficción. Aída y vuelta. El espectador sale con el surco nasogeniano marcado (de la risa). ¿Misión cumplida o había ahí otro impulso inconfesado?

Era un reto. La propuesta era muy audaz porque la gente, los fans de la serie querían un capítulo largo de Aída, un capítulo hecho cine y no quería hacer algo así, no me interesaba. Quería contar otras cosas, quería hacer una película que pudiera interesar a la gente que no ha seguido la serie, contar realidades más íntimas e interesantes, el arte que implica desnudarte y al tiempo enmascararte. No quería hacer algo solo para entretener. Y estoy muy contento con el resultado de la película porque te ríes, te emocionas… enseña el oficio del cómico, lo duro que resulta hacer reír como profesión, quería mostrar la parte de atrás de quienes hacemos humor, hablar de la fama, enseñar sin victimismo la dureza y el lado humano de los actores y de los personajes…

Y ahora, ¿en qué estás enfrascado?

Estoy rodando una película, La Roja, bastante conveniente porque habla del equipo de críquet de la selección española, que se hizo importante gracias a que estaba integrado por inmigrantes indios, pakistaníes, bangladesíes, que son los que saben jugar al críquet. Es una película que habla de una identidad española que está cambiando y que se enriquece con otras culturas.

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