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Miguel Gómez Garrido

«La vocación puede convertirse en un caballo de Troya de la precariedad»

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17
septiembre
2026

La primera experiencia laboral de Miguel Gómez Garrido (Madrid, 1994) fue de teleoperador, y aquella iniciación le marcó. Vio unos salarios irrisorios, unos horarios imposibles, y en definitiva, una precariedad general normalizada. Gómez Garrido, periodista que se sabe afortunado por tener el privilegio de pararse a pensar sobre estos temas en un mundo tan veloz, empezó a reflexionar sobre la cultura del esfuerzo y sobre cómo vivimos en una sociedad en la que ya no hay una división clara entre tiempo laboral y tiempo libre. El resultado es el libro ‘La cultura del desesfuerzo. Meritocracia, trabajo y otras trampas’ (Siglo XXI, 2026), un ensayo en el que defiende, entre otras muchas cuestiones, que el bienestar sea un derecho universal por el que nadie tenga que competir.


Empiezas el libro afirmando que la cultura del esfuerzo exige siempre demasiado y lamentas que nunca sea suficiente. ¿Es la culpa el gran eje vertebrador del libro? 

Sin duda, a la cultura del esfuerzo se le podría cambiar el nombre por cultura de la culpa. Si desde pequeño te han dicho que eres listo y te tiene que ir bien, es normal que te sientas culpable cuando ves que existe un desequilibrio entre tu talento, tu mérito, tu esfuerzo y los resultados. A mí primero me enfadó, pero luego entendí que se puede intentar entender de dónde viene todo para ver qué partes podemos rescatar. No creo que el esfuerzo sea malo en sí mismo, y en un mundo poscapitalista seguiría existiendo desigualdades. El problema nunca se resolverá del todo, pero aspiro a que cuando me esfuerce sea desde un lugar libre y decidido por mí, no impuesto.

«A la cultura del esfuerzo se le podría cambiar el nombre por cultura de la culpa»

En esta idea del esfuerzo influye la vocación, otro de los temas que atraviesa el ensayo. ¿Crees que tener vocación por algo nos esclaviza?

El periodista Héctor García Barnés dice que él puede apañarse en este mundo caótico del periodismo porque no tiene vocación, y a veces pienso en ello. A mí la vocación me parece bonita, porque significa tener un interés y encontrarle un sentido a tu lugar en el mundo… El problema es que se utiliza para colarnos un caballo de Troya. Detrás de la vocación siempre hay una especie de sustrato que tiene que ver con lo divino, con sentir que no has cumplido con lo que la sociedad espera de ti. De hecho, la palabra vocación viene del latín vocatio y su sentido original es un llamado divino para cumplir una misión. Y eso es problemático, porque te hace esclavo.

Esto que mencionas me recuerda a lo que desarrolla la escritora Remedios Zafra en El entusiasmo, donde el tiempo laboral y personal queda desdibujado por la ilusión de desarrollar una pasión. ¿Qué hacemos con este panorama? 

Al final del ensayo defiendo que necesitamos más tiempo libre precisamente para poder ilusionarnos con cosas. Ahora mismo no hay una división clara entre tiempo laboral y tiempo de ocio. Trabajar menos no quiere decir que no queramos hacer nada, al revés. Si rebajamos la productividad laboral y la obsesión con el yugo del trabajo, podremos hacer las cosas más tranquilamente y vivir mejor. La cultura del desesfuerzo nos permitiría relacionarnos de forma diferente.

¿La vocación entendida como un sacrificio distorsiona su significado?

Ya no solo es que la vocación mal entendida te haga privarte de los tuyos, también se convierte en algo que vas a dejar de disfrutar. Es como cuando te pones una canción que te encanta todas las mañanas de alarma, la vas a terminar odiando. Además, ese esfuerzo por dedicar toda tu vida a una vocación, como la de periodista o escritor, siempre requiere de captar la atención de los demás. Necesitas triunfar ante otros, nunca ante ti mismo.

¿Qué importancia tiene la mirada ajena en la cultura del esfuerzo?

Esa mirada ajena es parte de cómo construimos al otro y entendemos nuestra identidad. Hemos jerarquizado socialmente que si publicas un libro eres alguien exitoso. Y lo importante es sacarlo, no tanto que te lean. Yo tenía la sensación de que iba a publicar el ensayo y nadie se lo iba a leer, porque sé lo que pasa con los libros hoy en día. Las editoriales mandan libros todo el rato, la gente hace stories con ellos y nadie se los lee. La gente te felicita al margen de lo que escribas, porque ser escritor ya es un producto en sí mismo. Y reconozco que participo de esa rueda como uno más. Pero justamente por eso reivindico repartirlo todo, tener más tiempo libre y más oportunidades, y que así escribir un libro no sea algo tan excepcional.

«Si rebajamos la productividad laboral y la obsesión con el yugo del trabajo, podremos hacer las cosas más tranquilamente y vivir mejor»

Hay quien critica que la cultura del desesfuerzo no es eficiente ni productiva.

Es un mal planteamiento, porque un trabajador agotado y quemado no va a ser más productivo. La cultura del esfuerzo es individualista y selvática, en ella todo depende de ti. En las big four hay chavales matándose a trabajar de una forma compulsiva y competitiva, sin tener en cuenta que merece la pena compartir el esfuerzo. Te pongo el ejemplo del Mundial: la selección española jugaba de forma equilibrada, se repartían el juego por igual entre todos y evitaban que uno tuviera que darse la carrera del siglo y lesionarse. Si cada uno va como pollo sin cabeza, el trabajo se vuelve la ley de la jungla.

En el ensayo planteas el caso de Joaquín García, que estuvo años cobrando su salario de funcionario mientras dedicaba sus horas laborables a leer al filósofo Spinoza hasta convertirse en un experto. ¿Es un ejemplo del derecho a la pereza

El derecho a no hacer nada, de manera justa y sin culpa, implica repartir el tiempo, las obligaciones y los recursos de otra manera. Pero si tú consideras que pasarse la tarde leyendo merece la pena, no estamos hablando de un derecho a la pereza, sino de una inversión del tiempo. Este señor se da cuenta de que le tienen absolutamente amargado en su curro porque no tiene nada que hacer y lo que a él le gusta es leer a Spinoza. Esto habla de una infinidad de gente que está en trabajos absurdos, calentando una silla y perdiendo sus días en una oficina… Son personas que podrían utilizar su tiempo de otra manera. Por eso necesitamos una nueva jerarquización social donde asumamos que puede haber gente que viva de otro modo sin que se caiga el mundo.

Esta propuesta está estrechamente relacionada con la gestión del tiempo. 

Sí, es un tema que me parece apasionante. Qué hacemos cuando no estamos trabajando, de qué modo aprovechamos el tiempo. La gente necesita rellenar sus horas del día de una manera eficaz y compulsiva. Yo mismo me hago trampas al solitario, me lleno la agenda de cosas que hacer cuando tengo huecos libres. Si estás acostumbrado a estar siempre ocupado y de repente te ves con la tarde vacía, sientes cierta ansiedad. Creo que esta gestión del tiempo es como montar en bici, hay que ir aprendiendo poco a poco. A mí me gusta reivindicar el derecho a las cosas que no son trabajo. Y no quiero llamarlas improductivas, simplemente son cosas en las que vale la pena gastar el tiempo al margen de lo laboral.

«Si estás acostumbrado a estar siempre ocupado y de repente te ves con la tarde vacía, sientes cierta ansiedad»

Las dimisiones en España han crecido mucho en los últimos años; das un dato en el ensayo del 49% o más en comparación con períodos anteriores a 2021. ¿Está cambiando la relación con el trabajo de las nuevas generaciones? 

El Mundo sacó una encuesta que decía que el 50% de los jóvenes prefieren tener un trabajo peor a dejar de ver a sus amigos. Soy optimista, porque nuestro mundo identitario tiene muchas más piezas. Nosotros valoramos verdaderamente otras cosas que no son solo dedicarnos a trabajar o pedir un crédito para tener dos coches y varias casas, porque tenemos otros espacios para entusiasmarnos al margen de lo laboral. El neoliberalismo se ha pasado de rosca, nos ha dicho que tenemos que ilusionarnos, estar siempre activos, estar todo el rato superándonos a nosotros mismos… y la gente va entendiendo que todo esto tiene que hacerlo fuera del trabajo, porque el trabajo en sí es una trampa que no colma las expectativas que nos ha creado este sistema de la cultura del esfuerzo y la productividad constante.

Gran parte de los lemas del neoliberalismo van revestidos de una férrea defensa de libertad, actividad constante y capacidad de elección. ¿El discurso neoliberal ha colado un caballo de Troya? 

El discurso del neoliberalismo puede parecer muy divertido y emancipador, pero la crisis del neoliberalismo la vemos en la Gran Renuncia y en el deseo de ser funcionario de cada vez más gente. La gente que oposita no lo hace para trabajar muchas horas o recuperar el modelo que se vendió como idílico en los años 70, sino para estar tranquila y tener tiempo para sus cosas personales.

¿Hasta qué punto influyen las redes sociales en toda esta cultura del esfuerzo? 

LinkedIn me parece un mundo aparte, daría para escribir un libro. En general las redes sociales como un espacio prioritario de exposición constante nos obligan todo el rato a ponernos en valor y mostrarles a los demás lo que hacemos y adónde hemos llegado. Hay lugares donde todos somos un poco personajes, como Instagram o Tinder. Son espacios en los que nadie quiere subir una foto suya donde salga feo y fracasado, uno intenta venderse bien y mostrar que su vida es un compendio de grandes experiencias. Hay mucha necesidad de aparentar, y eso se ve en la forma en la que se llama amistad al networking, o se intenta vender una forma de ser que no se corresponde con la que te encuentras en persona. Las redes sociales también son una forma de construir una identidad, aunque sea un disfraz.

¿En una sociedad trabajocentrista, el trabajo es lo que nos otorga nuestra identidad?

Desde muy pequeños nos preguntan qué queremos ser, a qué nos queremos dedicar. Esa pregunta es muy simbólica de la importancia que tiene el trabajo en nuestra vida y cómo nos conforma la identidad. El periodismo es un espacio privilegiado para entender estas dinámicas, porque hay grandes desequilibrios entre el capital social y el dinero que recibes. Aún así, a raíz de la crisis de expectativas, ya no hay tanto esa necesidad de construir tu identidad a través del trabajo. Es muy cansado tener que estar todo el rato a prueba, demostrando que uno es inteligente, que escribe bien, que se esfuerza mucho. Si la gente se hace funcionaria para poder dedicar su tiempo a lo que le gusta, a mí me parece fenomenal.

«Se puede rescatar el trabajo, la identidad laboral y la vocación de este bucle del esfuerzo individual y selvático donde nos han metido»

Esto me recuerda a Rancière y La noche de los proletarios, que mencionas en el libro. 

Exacto, gente que utiliza el tiempo libre para poder ser y hacer lo que realmente quieren. Creo que se puede rescatar el trabajo, la identidad laboral y la vocación de este bucle del esfuerzo individual y selvático donde nos han metido. Yo tengo dos idiomas universales, uno es el fútbol y otro es el trabajo. Y con este último el malestar es generalizado. Da igual con quién hables, sea más o menos reaccionario, encuentro puntos en común de desgaste por este tema.

¿Hasta qué punto crees que el malestar laboral impacta en las relaciones sentimentales actuales, en la capacidad de proyectar a futuro? 

El trabajo afecta totalmente y de forma directa a las relaciones. Ayer me encontré con un amigo al que llevaba tiempo sin ver, y me dijo que había estado a punto de dejarlo con su pareja precisamente por este asunto. Él llegaba de un trabajo precario a las 11 de la noche, y a las 7 de la mañana volvía al bucle. Si no os veis, cómo vais a compartir tiempo juntos o cuidaros. Si llegas frustrado y agotado a casa todos los días, cómo vas a ilusionarte por nada. Si para llegar a una simple cita de Tinder tienes que ajustar una agenda imposible, qué compromiso vas a desarrollar. Si no tienes la capacidad económica para irte de casa de tus padres y construir un espacio común con tu pareja, cómo vas a proyectar un futuro juntos. Y ya no solo se trata de estar bien con tu pareja, sino con tu entorno. Si estás quemado, eso afecta a todas las demás esferas. Por eso también es clave la cultura del desesfuerzo, para poder vivir una vida que merezca la pena.

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