La cultura del sándwich: cuando la mediocridad se convierte en sistema
Hemos construido una sociedad que confunde con facilidad visibilidad con relevancia, reconocimiento con valor y posición con autoridad. Pero una persona puede ocupar un lugar central en una institución y no ser la persona que más ha aportado a su campo.
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Hay comidas que elegimos y comidas que simplemente aceptamos. Un sándwich mixto pertenece a la segunda categoría. Nadie suele rechazarlo. Es correcto, reconocible, funcional. Pan, jamón, queso. Nada sobra y nada sorprende. Pero cuesta imaginarlo como la última gran experiencia gastronómica de nuestra vida. Quizá por eso el sándwich mixto sea una metáfora tan eficaz de nuestro tiempo.
La idea enlaza con el concepto de «mediocracia» desarrollado por el filósofo canadiense Alain Deneault en su ensayo Mediocracia: cuando los mediocres llegan al poder. Su tesis no consiste en afirmar que el mundo esté gobernado por inútiles. Es algo bastante más inquietante. La mediocridad, sostiene Deneault, puede convertirse en un sistema: una forma de organización en la que se premia al individuo que se adapta, que cumple, que no genera demasiados problemas y que sabe desenvolverse dentro de las reglas establecidas. El mediocre no tiene por qué ser incompetente. Puede ser incluso extraordinariamente competente en su mediocridad: trabajador, disciplinado, eficaz, puntual, obediente. Lo que quizá no posea sea una convicción demasiado fuerte, una necesidad irrefrenable de cuestionar lo establecido o la voluntad de asumir riesgos cuando hacerlo puede perjudicar su posición. Y aquí aparece una vieja idea que completa el diagnóstico: el Principio de Peter, formulado por Laurence J. Peter y Raymond Hull. En las estructuras jerárquicas, las personas competentes son promocionadas hasta alcanzar un nivel en el que dejan de ser competentes. La ironía es demoledora: aquello que explica el ascenso no garantiza la capacidad para ejercer el puesto al que se asciende.
¿Qué sucede cuando aplicamos estas dos ideas al mundo de la cultura? La pregunta puede resultar incómoda: ¿por qué quienes triunfan en la cultura no son necesariamente los mejores? No los más talentosos. No siempre los que más han estudiado. No necesariamente quienes tienen una trayectoria más sólida, una obra más valiosa o una mayor capacidad para transformar aquello que hacen. La cultura española ofrece un territorio especialmente interesante para hacerse esta pregunta. Porque hablamos de un ecosistema en el que conviven el talento extraordinario y estructuras que necesitan clasificarlo, financiarlo, programarlo, evaluarlo y darle visibilidad. Administraciones públicas, instituciones culturales, museos, teatros, festivales, fundaciones, editoriales, medios de comunicación, premios, jurados, convocatorias y comités de selección participan, de una manera u otra, en la construcción de aquello que finalmente llamamos «cultura».
¿Por qué quienes triunfan en la cultura no son necesariamente los mejores?
Y todo sistema de selección corre un peligro: acabar seleccionando no lo mejor, sino lo que mejor encaja. La diferencia es fundamental. El talento suele ser incómodo. La creación verdadera introduce incertidumbre. El pensamiento original no siempre cabe en una casilla. La crítica puede molestar. Una persona con criterio propio puede resultar mucho menos manejable que otra que conoce perfectamente los códigos de la institución y sabe moverse por ellos. Por eso la mediocracia cultural no necesita expulsar al talento. Le basta con hacerlo más difícil. Puede suceder de una manera mucho más sutil. El creador aprende qué tipo de proyecto tiene más posibilidades de ser aceptado. El gestor aprende qué propuesta generará menos problemas. El periodista descubre qué temas obtienen más atención. El programador repite aquello que ya funcionó. El jurado reconoce códigos que le resultan familiares. El artista comprende que determinadas posiciones pueden cerrarle puertas. Nadie ha dado una orden. Y, sin embargo, todos terminan aprendiendo. Ese es quizá el aspecto más filosófico del problema: el poder contemporáneo no siempre necesita prohibir. A veces basta con establecer las condiciones dentro de las cuales determinadas conductas resultan más rentables que otras. La libertad continúa existiendo, pero tiene precio. Puedes discrepar, pero quizá te llamen menos. Puedes arriesgarte, pero quizá tengas menos posibilidades de financiación. Puedes cuestionar al que decide, pero quizá no vuelvas a sentarte en esa mesa. Puedes mantener una posición incómoda, pero tendrás que asumir que otros, menos brillantes pero mejor adaptados, avanzarán más deprisa.
Y así la cultura comienza a parecerse a una máquina de reproducción. Quienes consiguen llegar a determinados lugares pasan a formar parte de los espacios donde se decide quién llegará después. Y tendemos, naturalmente, a escoger a quienes entendemos, a quienes conocemos, a quienes comparten nuestros códigos. El sistema se reproduce sin necesidad de conspiraciones. Los que están dentro seleccionan a otros que saben estar dentro. La cuestión no es entonces quién es mediocre y quién no. La cuestión es qué tipo de persona produce el sistema cuando quiere perpetuarse.
El sistema se reproduce sin necesidad de conspiraciones. Los que están dentro seleccionan a otros que saben estar dentro
Quizá la respuesta no sea demasiado tranquilizadora: alguien suficientemente competente para que todo funcione, suficientemente adaptado para que nada cambie demasiado y suficientemente integrado para no poner en cuestión las reglas que permiten que el sistema siga funcionando. Esto explica también por qué el éxito cultural y el mérito no siempre coinciden. Hemos construido una sociedad que confunde con facilidad visibilidad con relevancia, reconocimiento con valor y posición con autoridad. Pero una persona puede ocupar un lugar central en una institución y no ser la persona que más ha aportado a su campo. Del mismo modo, alguien puede permanecer en los márgenes y estar haciendo, sin embargo, el trabajo más importante.
La historia de la cultura está llena de esa paradoja. Lo nuevo rara vez llega con certificado de garantía. Lo excepcional, por definición, no se parece demasiado a lo que ya conocemos. Y cualquier sistema obsesionado con reducir el riesgo tenderá a preferir aquello que puede reconocer antes que aquello que todavía no sabe cómo valorar. Ahí reside el verdadero peligro. No que la cultura española tenga mediocres. Los ha tenido siempre y los seguirá teniendo. Ni siquiera que algunos de ellos ocupen posiciones de poder. Lo preocupante sería que el propio sistema comenzara a necesitarlos: que premiara sistemáticamente la adaptación, la pertenencia y la ausencia de conflicto por encima del talento, la independencia y la capacidad de abrir caminos. Porque entonces la mediocridad deja de ser una característica individual y se convierte en una estructura. Y una estructura así acaba afectándonos a todos. Al creador que renuncia a una parte de sí mismo para poder entrar. Al profesional que aprende a callar. Al joven que descubre demasiado pronto que el mérito no basta. Y también al público, que recibe una oferta cultural cada vez más segura, previsible y homogénea.
Una sociedad culturalmente sana debería ser capaz de hacer algo más que administrar lo que ya existe. Debería permitir que aparezca lo que todavía no sabe reconocer. Por eso quienes forman parte de la cultura tienen una responsabilidad que va más allá de producir obras: denunciar aquello que les impide sentirse representados por el sistema que decide sobre ellas. No se trata de sustituir unos nombres por otros ni de construir una nueva élite. Se trata de recuperar una pregunta que quizá hemos dejado de formular: ¿estamos premiando realmente el mérito o estamos premiando la capacidad de adaptarse a quienes ya tienen el poder de decidir?
Si nadie hace esa pregunta, el sistema seguirá funcionando perfectamente. Y quizá ese sea precisamente el problema. Porque una cultura puede sobrevivir a muchas obras mediocres. Lo que difícilmente puede sobrevivir es a una estructura que, poco a poco, aprende a confundir la mediocridad con la normalidad y la normalidad con la excelencia. Al final, siempre quedará el sándwich mixto.
La cuestión es si queremos que sea la excepción cómoda de nuestra cultura o su modelo de funcionamiento.
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