Luis Boullosa
«Lana del Rey encarna muchas de las paradojas y dualidades de un país que es al tiempo lo sagrado y lo atroz»
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El periodista y escritor Luis Boullosa (Madrid, 1975) ha escrito un libro como quien escribe una canción que perdura. Un libro sobre lo POP, así, en mayúsculas. El pop entendido como una manera de estar en el mundo en la que el romanticismo y el capitalismo juegan juntos en el patio trasero de la historia conspirando (contraculturalmente) juntos. Un libro sobre lo que el autor denomina la «América imaginada», ese espacio poético cuyos emblemas son Los Ángeles y Nueva York, ese espacio simbólico en el que todo comienza de cero por primera vez, donde el yo (signifique lo que quiera que delimite el concepto) puede darse, del mismo modo que se hace posible el encuentro con el otro. Un libro (que aspira a cantarse) sobre lo pop, dijimos; también sobre lo kitsch y lo camp. Sobre el viaje iniciático, los mitos, las metamorfosis del alma y el canto como tecnología originaria. Todo ello encarnado en una mujer, Lana del Rey (Elizabeth Woolridge Grant, Nueva York, 1985) que es, el decir de Boullosa, respuesta y pregunta al unísono. Lo que es lo mismo, enigma: ‘Diez maneras de amar a Lana del Rey. Una investigación pop’ (Liburuak).
¿Qué queda del «sueño americano»?
Nosotros. Esa es la respuesta corta. Todo mi libro es, precisamente, una especie de pregunta (más larga) sobre qué ha hecho con nosotros eso que llamamos «el sueño americano». Para bien y para mal, nosotros, incluidos los que jamás hemos estado en Estados Unidos, somos el resultado, la muestra, el arte vivo de ese sueño. De hecho, me interesaban especialmente (para poder hablar desde mí mismo) aquellos «infectados» que jamás habían tenido la posibilidad de confrontar sueño y realidad. Somos muchos, y hay una pureza muy rara en ello. Usé a Lana Del Rey para mi investigación porque me parece que encarna muchas de las paradojas y las dualidades de un país que es al tiempo lo sagrado y lo atroz, que está (o estaba) al tiempo en evolución y perfectamente envuelto en plástico. En ese sentido es una artista fascinante: su viaje consiste en la posesión sistemática de arquetipos americanos, la progresiva modificación de estos a través de su revitalización, y la final eclosión hacia una personalidad propia en la que todos ellos se reflejan como en un crisol personalísimo. No tiene correlato en el pop de los últimos veinte años, creo. Por supuesto para verlo hay que hacer un pequeño esfuerzo de comprensión que incluye muchos enigmas. Los enigmas son la clave del libro. El plantarse con sinceridad ante las cosas que uno no conoce, o no entiende, ante el misterio, y tratar de que el lector se sienta acompañado en ese viaje de investigación que hace con uno, y que al final puede llevarlo a conclusiones perfectamente distintas a las propias. Fue también un libro en el que, para variar, el proceso de escritura fue bastante rápido, libre y feliz (aunque había trabajo de fondo, muchos años de escribir desde la música, pero más allá). Creo que parte de esa fluidez y ese placer se refleja en el texto. Eso espero. ¿Qué queda del sueño americano? Nosotros. Y el misterio. O nosotros como misterio. Y las canciones.
«El pop es un constructo que deviene del choque fructífero entre el romanticismo y el capitalismo»
Entre el pop, el kitsch y lo camp, ¿qué atrapa más y mejor de Lana del Rey?
El POP con mayúsculas es un constructo más complejo de lo que parece, que deviene, en mi opinión, del choque fructífero entre dos elementos aparentemente antagónicos, el romanticismo (que sigue siendo la vena principal que sostiene a los creadores modernos, en cuanto a actitud y proceso) y el capitalismo, con su avaricia y su capacidad tecnológica de transmisión (que es donde habitan esos creadores, también). Algo puede ser capitalista y no ser pop, o romántico y no ser pop. Pero si algo es POP, es al tiempo romántico y capitalista. Esa es mi teoría.
Dentro de este esquema, el POP incluye inevitablemente un elemento kitsch (según lo entiende Kundera, cuya brillantísima teoría sobre el kitsch totalitario uso en el libro y se puede encontrar en La insoportable levedad del ser). Pero para graduarlo, para elevarlo desde la simple propaganda a un estadio superior, se puede usar eso que llamamos «camp», y que Susan Sontag intuyó bien (en un ensayo por lo demás bastante disperso, Notas sobre Lo Camp), como un elemento que lo pone todo «entre comillas». Es una especie de sonrisa, también, una mueca de entendimiento que cae sobre el objeto e indica que sabemos; que entendemos la esencia de juego de todo el proceso mitologizante. La jugabilidad. Ese juego es, por otro lado, un juego sagrado. Todos los juegos de verdad lo son.
Frente a quienes tildan a Lana del Rey (como, en otro orden de estilos, a Rosalía) de productos ultraprocesados ante los que, sin embargo, es imposible sustraerse a su hipnosis, ¿qué responderías?
Siguiendo con los argumentos anteriores, Lana tiene una inteligencia natural para el pop como proceso de creación y recreación mitológica, para investigar en los vericuetos de la edificación de la identidad, y para ese proceso de modulado y moldeado de lo kitsch a través de diversos métodos. Sea esto más o menos consciente (sospecho que mucho), la coloca muy lejos de la mayor parte de las artistas masivas (aunque Rosalía, a la que citas, y muchas otras hayan hecho cosas interesantes al respecto). Vive en un lugar muy ambiguo entre el éxito brutal, plástico, y la indagación personal. Un pie en lo que hace, por ejemplo, Cat Power. Otro en el territorio de la hiperexhibición (pero vadeándolo muy bien, usándolo a favor). Otro en la canalización de los clásicos del pop americano canónico (de Elvis y Marilyn a Jim Morrison o Kurt Cobain, pasando por las grandes divas y otros corderos sacrificiales). Otro en un modo profundamente literario e introspectivo de afrontar la canción (su último disco puede leerse perfectamente como un diario muy inquietante y nada superficial, y sus referencias literarias, aunque no sean raras –Whitman, Sylvia Plath, etcétera– son perfectamente inusuales en el mundillo musical). Y ya van tres o cuatro pies. Lana es arácnida. Sus canciones, a esta altura, son ejercicios multidisciplinares (incluyendo el elemento visual, que siempre ha cuidado y usado como ampliación semántica). La acusación de «producto» fue aniquilada hace tiempo. Ahora la discusión está más bien en hasta dónde puede evolucionar como creadora. Por el momento está cualquier cosa menos estancada. De hecho, si escuchas su último single, White Feather Hawk Tail Deer Hunter, verás algo de todo eso que digo, y también un ejercicio radical de disolución de la forma clásica de la canción (aunque muy bien disfrazado de pesadilla Disney).
«Lana tiene una inteligencia natural para el pop como proceso de creación y recreación mitológica»
Tú hablas de que en ella se concita el «tiempo mitológico». ¿Cómo mantener ese tiempo y que la industria, las redes, no lo envilezcan?
Creo (quizá soy demasiado optimista) que el ser humano es ficción es acción. Todo lo que construimos más allá de lo biológico inevitable, incluida nuestra identidad, parte de un arranque imaginativo. Y, por tanto, en su modo más evolucionado y «artístico», el ser humano es mitología en acción. Pero hay que entender que el concepto mismo de mitología tiene muchas facetas y formas, nunca llega a estar del todo cerrado. El proceso mitológico está vivo. Es el ahora, también. A mí me gusta esa definición ultra-sintética de Malinowski: «Mythos, los cuentos sagrados de la tribu», porque es transferible a cualquier tiempo, pero hay muchos elementos que se pueden añadir a esa base. Por ejemplo, si leemos Los mitos griegos de Graves (en la edición completa, no en las adaptaciones), ya de entrada nos encontraremos con la explicación de algunas de esas historias como «propaganda» patriarcal, como fijación de los momentos históricos de transición entre las sociedades matriarcales y un nuevo orden (si es que tal cosa sucedió). Así, no creo que haya que ver la mitología como una sucesión de formas imaginativas o precognitivas «puras», pues lo puro nunca se da en lo humano, sino una cadena de formas inevitablemente polucionadas por lo que hay en nosotros, sea bueno o malo. Desde ese punto, la industria, las redes, y todo lo demás que románticamente vemos como «vil», son también partes importantes de la mitología misma. Ahí hay un hilo interesante del que tirar.
Hablas de los «arquetipos emergentes». ¿Cómo delimitarías el arquetipo que encarna Lana del Rey?
Quizá ya he contestado a eso, pero sigamos un poco. Podría decirse que el trabajo de Lana Del rey (y su vida como parte de su trabajo, porque es ese tipo de artista) es un comentario sobre la abundancia arquetípica de América, que es un lugar especialmente magnético al respecto, en tanto en cuanto está construida al tiempo como utopía y como masacre, y sobre el que algunas mitologías han mutado de manera muy creativa, o se han creado de cero. También una guía para principiantes sobre cómo atravesar ese campo de minas arquetípico sin ser destruida, como ser humano y como mujer. América ha democratizado la parte femenina de la mitología, en cierto modo. Ha permitido nuevas figuras (la camarera, por ejemplo, de la que hablo en el libro), y Lana las «juega» con sumo detalle y delicadeza. También hay una reflexión muy potente sobre la identidad y las relaciones de poder, incluidas las edípicas, etc., pero eso quizá pertenezca a un campo más «político», o más psicológico, aunque todos ellos se cruzan. Creo que con el tiempo se verá el transcurso de madurez de Lana Del Rey (de Norman Fuckin’ Rockwell hasta Do You Know There’s A Tunnel Under Ocen Blvd, su disco más reciente) como uno de los últimos grandes ciclos de canciones de la historia del pop americano. Y el gran logro artístico americano, por lo que a mí respecta, es el musical.
En el ensayo, analizas la «exigencia de autenticidad» que se impone a los creadores. ¿Cómo detectar que esa autenticidad no es un sucedáneo?
Quizá la pregunta, a estas alturas, es más bien ¿qué podemos rescatar del sucedáneo que todavía nos ayude a tener una vida «auténtica»? Por otro lado, etimológicamente «sucedáneo» es «sucesor» o «sustituto», lo cual nos llevaría a una larga reflexión sobre la originalidad y su supuesta existencia. Recuerdo una reflexión de Julian Cope sobre lo que era un héroe. Venía a decir que el héroe haría cualquier cosa por complacer al público, que incluso caminaría en la cuerda floja por ellos, pero que cuando ese público se hubiese ido, seguiría haciéndolo por satisfacerse a sí mismo. Es la única línea clara que se me ocurre ahora para separar al artista del «entertainer». Pero respeto al «entertainer». Luego están los que venden humo, que son otra casta.
¿Qué distingue a Lana del Rey de otras estrellas del pop como Taylor Swift, Beyoncé, Ariana Grande o Billie Eilish?
Billie Eilish, con la que Lana Del Rey se lleva muy bien, me parece una artista interesante. No me fascina su música, pero su arco narrativo personal y su actitud me parecen saludables e interesantes. Me gustaría saber hacia dónde va y con qué problemas va a encontrarse. Quizá es porque, salvadas las distancias que impone la industria, al final hay algo del punk en ese rollo de «hago canciones con mi hermano en el dormitorio de casa», con el que ella empezó; en esa libertad, que por supuesto ya ha cambiado con la fama. Son dos pájaros raros, Lana y Billie. El resto de las que citas me dan igual, me parecen comida procesada. Creo que el ojo entrenado lo distingue fácilmente, pero, en todo caso, ¿quién soy yo para entrar en un McDonalds gritando que el BigMac es basura? ¿Y qué sentido tendría? Todo el mundo lo sabe desde hace siglos. Cada cual que haga lo que le parezca. Cada cual que se autoengañe como pueda.
Te detienes en la influencia supina que ha tenido América en nosotros, a través de artefactos poéticos como On the Road, Easy Rider o Apocalypse now. ¿Qué queda en la cultura americana de bujía de belleza en estos tiempos, más allá de Lana del Rey?
La cultura americana tuvo su pico creativo, mitológico, luego su pico de reflexión y contraste autorreferencial, no menos mitológico, donde están ya las dos películas que citas (una mitología que reflexiona sobre sí misma, fascinante). Ahora está en decadencia, y aunque en las decadencias pueden surgir cosas extraordinarias no creo que se esté renovando como hacía antaño. Su potencia cultural se ha quedado en lo tecnológico, en la capacidad de proyectar, pero el núcleo creativo válido, nuevo, ha ido muriendo. Si me hubieses preguntado hace treinta años si quería ser americano, en lo artístico, igual hubiese dicho que sí. Ahora no me interesaría lo más mínimo. Quizá sea una cultura en un proceso de conclusión y cierre, y ahí esté su gracia posible: en el gesto de entenderse finalmente, en su absurdo, y autodisolverse. De dónde vienen las nuevas mitologías, y cómo, está por ver. Estará pasando ahora mismo, sin que nos demos cuenta, porque siempre es más fácil mirar atrás.
«Quizá sea la americana una cultura en un proceso de conclusión y cierre, y ahí esté su gracia posible: en el gesto de entenderse finalmente, en su absurdo, y autodisolverse»
¿Cuánto de juego tiene la cultura pop?
Absolutamente todo. Pero en eso no se diferencia de la vida misma. O al menos de la vida «romántica». Desde Schiller («el hombre solo juega cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra, y solo es hombre cuando juega») hasta aquí, esa es la norma, si no lo fue siempre. Sueño y juego parecen ser filosóficamente los dos modos de la vida ampliada. El pop es las dos cosas (entre otras).
¿Qué lugar europeo podría hacer las veces de Los Ángeles en el imaginario musical?
El Berlín en los ochenta y noventa, por ejemplo, con su mezcolanza de vanguardia germana y expatriados anglos (Bowie, Eno, Iggy Pop, Nick Cave, Rowland S. Howard, Ensturzende neubauten, Die Haut, Nikki Sudden, etc.). Supongo que antes, Londres, donde sucedía todo, y donde parecía que había que ir si querías ser escuchado (como en América pasa con L.A. y N.Y.). Si vas a lo más subterráneo, ha habido sitios muy potentes, Manchester (Joy Division, The Smiths, The Fall, etc.), Birmingham (Black Sabbath, Godflesh, Napalm Death) y, por supuesto, miles de microescenas que reclaman su lugar en la historia, incluyendo las españolas. No creo que ahora la cosa vaya tanto de ciudades, no lo sé. Y además hay muchos mundos distintos, y quizá más interesantes, más allá del pop anglo (el Black Metal escandinavo, por ejemplo, que mi amigo Mikel primigenio definiera, adecuadamente, como la última de las vanguardias). Por una cuestión punk, siempre creí en la posibilidad de creación de escenas locales potentes, porque en cualquier sitio puedes encontrar música maravillosa. Pero la vida en esas escenas es más difícil y opaca de lo que parece, y hoy ya no sé del todo lo que pienso. Esa duda, en todo caso, me parece un buen punto de partida.
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