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José María Beneyto

«Xi Jinping ha trasladado el poder económico a poder político»

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30
marzo
2026

Si hay un tema que determina el tablero internacional en nuestro tiempo es la emergencia de China en el poder mundial. Es la idea que defiende José María Beneyto, abogado y experto en Relaciones Internacionales, que lleva años observando de cerca el crecimiento del país asiático. Como los buenos eruditos, estudia siempre con un mapa cerca en el que ha ido señalando la presencia estadounidense y china. Y ese globo en el que predominaba el azul se está tiñendo de rojo: «A partir de la llegada de Xi Jinping, China va ganando cada vez más poder», afirma el experto. La cuestión ahora es: ¿quiere ser China el hegemón?


El orden internacional al que estábamos acostumbrados está cambiando. ¿Cuáles son los cambios más determinantes?

Hay un elemento fundamental: la ascensión de China al poder mundial. Aunque el liderazgo chino no quisiera intencionadamente una política de expansión imperial, por su propio tamaño, volumen, necesidad de recursos naturales, capacidad importadora y exportadora, China ejerce un poder y una influencia transformadora en el orden internacional. Durante los años de transición, desde el mundo occidental pensamos que China podría integrarse dentro del sistema internacional generado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial: un sistema basado en principios de cooperación internacional, apertura de mercados y libre comercio con una divisa central que era el dólar. Y aunque históricamente esos principios iban a favor de la potencia hegemónica, ese orden estaba basado en la idea de un win-win, porque también generaba prosperidad para los demás. Era casi un dogma que si dos países comercian no iban a guerrear entre ellos.

Hasta que despierta el dragón.

Y lo desequilibra todo. Durante los años de transición de Xi Jinping no era explícita la voluntad de influencia de China, entre otras cosas, porque estaban parapetados en ser un país en vías de desarrollo que necesitaba a los demás. Y jugaron: creían en los principios del libre comercio, atrajeron inversión, se hicieron con el know-how occidental. Hasta que llega un momento en el que esta ascensión trae consigo una amenaza a la seguridad de Estados Unidos, no solo económica, sino del dominio de los mares. Lo que hace Xi Jinping es trasladar ese poder económico a poder político.

Y, en consecuencia, Estados Unidos reacciona.

La reacción de Estados Unidos frente a esta emergencia de China al poder mundial es otro gran cambio. Porque Estados Unidos empieza a reaccionar utilizando los mismos mecanismos que China había estado utilizando: seguridad económica en primer término, [con lo que] la separación tradicional entre comercio y seguridad desaparece. Ese principio liberal es la naturaleza de Estados Unidos, así que están reaccionando en contra de su propia naturaleza. La gran diferencia es que China juega al go y Estados Unidos al ajedrez. [Es decir, la estrategia china es paciente y a largo plazo, frente a la estadounidense, más directa e inmediata].

¿Tiene China alguna posibilidad de coger el relevo y convertirse en potencia hegemónica?

La pregunta es: ¿quiere China ser el hegemón? Esa era mi pregunta al principio del libro ¿Guerra o Paz? China, Estados Unidos y Europa. Intenté contestarla con una de las personas que más ha conocido China: Lee Kuan Yew, presidente de Singapur [desde 1959 hasta 1990]. Él mismo era de origen chino y decía que, aunque China no quiera pues una política de expansión imperial al resto del mundo no está en su ADN, sus necesidades, su ambición, su talento, su población es tal que va a tener que desarrollar una influencia en el mundo para garantizarse, por ejemplo, los suministros.

«La gran vulnerabilidad de Occidente es que ha dejado de creer en sus valores y capacidad de acción»

Entonces, ¿cuál es la diferencia entre esa manera innata de crecer, desarrollarse y tener que expandirse y convertirse en una potencia hegemónica?

Una cosa es un imperio consciente de sí mismo, como en un momento determinado llega a ser Estados Unidos que consolida una conciencia de imperio a partir de la guerra hispano-norteamericana de 1898, y otra China, que ha sido el imperio del centro un intermediario entre el cielo y la tierra, según su visión. A China le gusta tener varios niveles de vasallaje. Quiere beneficiarse de las relaciones, son comerciantes, pero sobre la base de la aceptación de que hay un poder de influencia superior.

Visto de otra manera: ¿podría una potencia comunista convertirse en un poder hegemónico, como ha sido Estados Unidos?

El gran éxito de China es que está ejerciendo su hegemonía de una manera mucho más sutil. Todos los días va dando un paso y todos los días gana. Otro tema muy apasionante sería qué es internamente China. Nadie lo sabe. Es el partido comunista, por supuesto, que lidera con unos principios marxistas el avance de la historia a través de la lucha dialéctica y leninistas la vanguardia del proletariado, y que Xi Jinping ha reforzado, pero tiene una economía de mercado muy fuerte. Es decir, hay un dirigismo de las empresas estatales, pero también una gran parte que es solo mercado. China tiene una filosofía confuciana de base, necesita una serie de valores y deberes. Pero no olvidemos que el comunismo es una ideología que procede del mundo occidental.

La Administración Trump se está retirando de varios organismos internacionales y dejando un vacío que China está ocupando sabiamente.

China crea las condiciones para que los adversarios enemigos se hundan por su propio peso. Es decir, crea esas condiciones para que Estados Unidos tenga que reaccionar frente a China negando sus propios principios, algo que pasa por negar el multilateralismo. Lo que está haciendo Trump es intervenir la economía de Estados Unidos, siguiendo un poco los pasos de China, porque piensa y esta es la gran debilidad que son más eficaces. Es un gravísimo error. La gran vulnerabilidad de Occidente en estos momentos es que ha dejado de creer en sus principios, valores y capacidad de acción. Lo hemos visto en el debate entre Ursula von der Leyen [presidenta de la Comisión Europea] y António Costa [presidente del Consejo Europeo]. Hemos construido, posiblemente, el experimento político más novedoso y mejor armado de la historia: la Unión Europea. Tras años de guerras y millones de muertos, hemos llegado a la conclusión fundamental de que es mejor la cooperación, la negociación supranacional que el nacionalismo, la autarquía, el cierre de fronteras.

«Hemos construido el experimento político más novedoso y mejor armado de la historia: la Unión Europea»

Es interesante ese debate. Por un lado, es cierto que la Unión Europea se fundamenta en unos principios a los que no puede renunciar; por otro, el mundo está cambiando muy rápido y que hay que adaptarse. ¿Cuál debería ser el enfoque pragmático de Europa para hacer frente a todos estos retos?

El orden construido después de la Segunda Guerra Mundial está basado en dos ideas: stick and carrot. Eso los americanos lo tenían clarísimo. Necesitas poder y diplomacia. El problema de Europa es que, porque teníamos el paraguas de seguridad de Estados Unidos, nos introdujimos en una especie de mundo ilusorio y pensamos que todo era comercio, interdependencia, diálogo, negociación, cooperación supranacional. Y no, son las dos cosas. También tienes que tener una seguridad propia, una autonomía estratégica propia. Si algo he aprendido es que sin diplomacia el asunto no funciona.

¿Tal vez nos falte una voz única que nos permita una diplomacia europea para actuar como bloque?

Es muy fácil la autoflagelación europea; en eso somos expertos. Lo que hemos hecho en 70 años es extraordinario. Recuerdo una visita oficial al Parlamento japonés en la que el presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores un personaje extraordinario, con un gran conocimiento de la historia mundial y una inmensa experiencia de gobierno me dijo que si ellos tuvieran en el sudeste asiático algo parecido a lo que nosotros tenemos, tras superar esas guerras entre países europeos y lograr el estado del bienestar… Tenemos una burocracia galopante, un exceso de regulación, de acuerdo, pero eso es para reformarnos. Una cosa es la crítica radical destructiva y otra la crítica constructiva.

¿Qué rol empiezan a tener áreas como América Latina, el Sur Global, África? No debemos omitir las relaciones de influencia de China en América Latina y África.

El Sur Global sur asiático, sobre todo significa cada vez más en términos de PIB, de capacidad exportadora, de recursos naturales. Eso China lo ha sabido utilizar muy bien desde el punto de vista estricta y llanamente de inversiones, negocio, contratos. América Latina es un punto crucial, porque es Occidente y tiene unas conexiones muy particulares con Europa, y pasó de ser el patio trasero de Estados Unidos a ser el gran recurso de inversión y de extracción de materias primas junto con África para China. Sin duda, el Sur Global va creciendo y lo que no puede ser es que esto vaya pasando bajo la influencia de China y sus adláteres. Esta es la gran opción para Europa y Mercosur es un ejemplo de algo que hemos hecho bien. Pero también hay que mirar a los países que todavía defienden un sistema basado en reglas, como Canadá, Australia, Nueva Zelanda, por supuesto, Gran Bretaña.

Y Rusia, ¿puede considerarse un actor a la cabeza?

Rusia no es un actor a la cabeza económicamente. Solo tiene un gran producto: petróleo y gas. Su gran baza ha sido la dependencia que han tenido países europeos, en particular Alemania. También tiene armamento nuclear, pero empieza a tener unos problemas estructurales inmensos, desde el punto de vista militar. Rusia es un país con muchas dificultades y muchas debilidades. Lo que pasa es que ha estado apoyado por China que le está comprando todo el petróleo barato y por India que quiere ser gran potencia regional y jugar con todos, pero no depender de ninguno. Además, tiene una influencia gravitacional sobre todo el Este y el centro de Europa.

«A Rusia y China les ha unido la enemistad y la confrontación con Estados Unidos»

Mencionas la relación con China y pienso en la alianza sino-rusa, ¿existe de facto? Y si es así, ¿en qué lugar deja a actores como Estados Unidos y Europa?

La alianza sino-rusa existe. No hay que olvidar que, una semana antes del lanzamiento de la operación militar especial sobre Ucrania utilizando la terminología de Putin, se reunieron en Sochi Putin y Xi Jinping e hicieron la declaración conjunta de una amistad sin límites y de un nuevo orden internacional. Eso selló esa amistad que incluye una cooperación en materia económica, energética, militar y, sobre todo, de oposición al gran enemigo: Estados Unidos. Hasta ahora, les ha unido la enemistad y la confrontación con Estados Unidos. Desde el punto de vista de las Relaciones Internacionales, tenemos que ver cómo desarrollamos un sistema en donde se tengan en cuenta a China y a Rusia.

Teniendo en cuenta la situación de Rusia con Ucrania y la amenaza que supone para Europa, ¿cuán factible es algo así?

Hoy, con Putin, es impensable. Como también lo era que tuviéramos la situación de tensión con nuestro aliado secular, Estados Unidos. Si lo piensas, la Unión Europea ha tenido un acuerdo de asociación con Rusia que ha funcionado durante muchos años y Rusia ha tenido un acuerdo con la OTAN en donde se han hecho entrenamientos militares comunes. Las cosas cambian mucho y van a una gran velocidad. Hoy estamos en una guerra [con Putin]. Está claro que Europa tiene que afirmarse, también militarmente y desde el punto de vista de su autonomía estratégica, pero sin perder lo que es y lo que representa en el mundo.

No puedo evitar preguntarte por la maniobra de Estados Unidos en Irán. ¿Cuál ha sido el verdadero objetivo?

Un elemento fundamental es la alianza entre Israel y los Estados Unidos y los objetivos israelíes. No olvidemos que Irán ha dicho repetidamente que su objetivo es erradicar a Israel de la faz de la tierra. En cierta manera, Netanyahu está utilizando a Trump para eliminar a Irán. Otro tema importante es que Trump pensaba, una vez más, que aquí iba a tener una campaña triunfal y darle la vuelta a las encuestas [las elecciones de medio mandato son en noviembre de 2026]. Y por último, lo mismo que Venezuela, es una manera de cortarle los suministros energéticos a China y generar así presión de cara a la reunión del 31 de marzo entre Trump y Xi Jinping. Lo que pasa es que Trump actúa en el corto plazo. No entiende la historia y piensa que Xi Jinping y el liderazgo chino van a depender de lo que haga el fin de semana. No se da cuenta de que los chinos actúan a 10, 15, 20 años vista. Lo que quiere Trump es ejercer fuerza para luego llegar a acuerdos. Con Putin igual.

«Netanyahu está utilizando a Trump para eliminar a Irán»

¿Corre peligro la posición hegemónica de Estados Unidos con Trump en la Casa Blanca o, por el contrario, se afianzará?

Están perdiendo los aliados. Hay una gran duda sobre si el fenómeno económico de Trump puede tener éxito o no. Todo va a depender, en gran medida, de la IA y las promesas de las nuevas tecnologías. Es decir, si verdaderamente eso cambia la estructura de productividad de las empresas, las más beneficiadas van a ser las compañías norteamericanas. En tal caso, eso sí puede tener un gran efecto que podría beneficiar a Estados Unidos y, por tanto, a Trump —mientras esté Trump, porque tampoco sabemos en qué momento la IA va a tener esos efectos tan positivos—. A medio plazo, los norteamericanos van por delante en temas de IA cuántica o satelital, aunque los chinos han avanzado mucho.

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