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Cultura

Nick Hornby

¿Te defines por lo que te gusta?

Nick Hornby lleva años escribiendo sobre algo que muchos sentimos pero pocos nos atrevemos a confesar en voz alta: que lo que nos gusta dice mucho de quiénes somos, y que a veces nos escondemos detrás de esos gustos para no tener que enfrentar otras cosas más incómodas, más difíciles de nombrar.

Fotografía original

Joe Mabel
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24
marzo
2026

Fotografía original

Joe Mabel

La cultura pop, en las novelas de Nick Hornby, no es un adorno ni un capricho de autor con buenas referencias. Es el territorio donde sus personajes viven, discuten, se enamoran, se equivocan y, de vez en cuando, logran entenderse un poco mejor.

Su personaje más famoso, Rob Fleming (Alta fidelidad), pasa las horas en su pequeña tienda de discos del norte de Londres haciendo listas. Las cinco mejores canciones del lado B de un single. Las cinco rupturas más dolorosas de su vida. Las cinco películas que le gustaría que le dedicaran. Como si ordenar la música pudiera ordenar también su desorden interior. Como si ponerle etiquetas a todo impidiera que el caos lo termine engullendo. Y hay algo de eso. Todos hemos hecho listas alguna vez: las cinco novelas que nos cambiaron la vida, los diez discos que nos salvaron una tarde de lluvia, los directores que juramos defender siempre. Es una manera de decirle al mundo: esto soy yo, miren, aquí está la prueba.

Pero Hornby no se queda en la superficie del coleccionista entrañable. Lo que parece una novela ligera sobre música y desamor termina siendo una novela sobre la dificultad de crecer, sobre la trampa de quedarse anclado en lo que te gustaba a los veinte años como si eso fuera todo lo que puedes llegar a ser. Rob Fleming no sabe salir de sus listas. Está atrapado en ellas, en esa manía de medirlo todo, de archivarlo todo, de convertir la vida en un catálogo. Y ahí está la diferencia de Hornby: no lo juzga, no lo ridiculiza, lo retrata con humor y con ternura, sin disimular lo patético que resulta a veces un hombre de treinta y tantos que sigue viviendo como si aún estuviera en la universidad.

Hornby escribe sobre la identidad cultural en un momento en que todavía no existían los algoritmos que hoy nos dictan qué debería gustarnos

En Fiebre en las gradas, el fútbol cumple una función parecida pero con otras reglas. No es solo un deporte, no es solo una afición de sábado por la tarde. Es un idioma entero, una forma de nombrar el mundo cuando faltan palabras propias. Un hombre que no sabe hablar de emociones puede hablar horas de un partido. Puede discutir alineaciones, lamentar expulsiones injustas, celebrar goles como si fueran victorias personales. Y a través de eso, sin decirlo directamente, dice quién es, de dónde viene, a qué pertenece, cuánto duele perder y qué significa ganar cuando lo demás no termina de funcionar. Hornby lo entiende bien porque lo ha vivido desde dentro. No escribe desde la distancia del intelectual que observa el fanatismo ajeno; escribe desde la grada, desde la obsesión compartida, desde esa devoción absurda y maravillosa que solo entienden quienes también han llorado un descenso.

Hay otra capa en todo esto, quizá más invisible pero igual de importante. Hornby escribe sobre la identidad cultural en un momento en que todavía no existían los algoritmos que hoy nos dictan qué escuchar, qué ver, qué comprar, qué debería gustarnos para encajar en determinado perfil. No había Spotify, ni Netflix, ni listas generadas automáticamente. Pero su literatura anticipa algo esencial, la presión constante de elegir, de mostrarse a través de las elecciones, de convertir el consumo en una extensión del yo.

Hoy cualquiera puede saber qué música escuchas, qué libros subrayas, qué series maratoneas. Esa huella cultural funciona como una tarjeta de presentación, a veces incluso como un currículum emocional. Te defines por tus suscripciones, tus canciones repetidas, tus reseñas de cinco estrellas. Hornby lo vio antes que casi nadie, pero sin aspavientos, sin alertas apocalípticas, sin ese tono de quien cree haber descubierto la gran mentira del siglo. Solo con personajes que intentan entenderse a sí mismos a través de lo que aman, y que a menudo fracasan en el intento.

Lo más interesante de su mirada es que nunca es definitiva. Sus personajes pueden estar equivocados, pueden cambiar de opinión, pueden darse cuenta de que llevar veinte años coleccionando vinilos no les ha dado las respuestas que buscaban sobre el amor o la felicidad. Y ahí aparece la verdadera pregunta que atraviesa toda su obra, desde Alta fidelidad hasta Cómo ser buenos: si lo que te gusta te define, ¿qué pasa cuando deja de gustarte lo mismo? ¿Quién eres entonces? ¿Dónde queda eso que creías que eras? Hornby no responde, porque probablemente no hay una respuesta única. Solo sugiere que la identidad no es algo que se consigue y se guarda en una vitrina, sino algo que se negocia constantemente, que se rehace, que se pone en duda una y otra vez, a veces con los mismos discos de fondo.

Hay una pregunta que atraviesa la obra de Hornby: si lo que te gusta te define, ¿qué pasa cuando deja de gustarte lo mismo?

Quizá por eso sus libros envejecen bien, sin esa pátina de caducidad que tienen otras novelas ancladas en su tiempo. No tratan tanto de la cultura pop como de lo que hacemos con ella, de los usos que le damos para sostenernos en los días difíciles. Hablan de cómo nos aferramos a ciertas canciones, ciertos equipos, ciertos libros, ciertas películas, no solo porque nos parezcan buenos objetivamente, sino porque llegaron en el momento justo. Y hablan también de cómo, en algún momento, quizá tengamos que aprender a soltar, a dejar de medirlo todo, a permitir que algunas cosas simplemente sean sin necesidad de catalogarlas.

Al final, lo que Hornby propone, sin decirlo nunca explícitamente, es que nuestros gustos importan, pero no deberían ser una cárcel. Importan porque nos conectan con otros, porque nos dan un lenguaje, porque nos ayudan a explicarnos. Pero no son la totalidad de lo que somos. Debajo de las listas, de las colecciones, de las obsesiones, hay una persona que respira, que duda, que a veces no sabe qué quiere escuchar. Y quizá ahí, en esa pausa, en ese momento de silencio antes de poner el siguiente disco, es donde realmente somos nosotros.

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