Khadija Amin
«La comunidad internacional ha abandonado a Afganistán»
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COLABORA2026
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Nacida en el seno de una familia afgana conservadora, Khadija Amin (Kabul, 1993) no pudo escapar de un matrimonio que su familia tenía concertado. Tras unos años infernales junto a un hombre que la maltrataba, algún intento de suicidio y tres hijos, reunió el valor necesario para dar un paso nada común en su país natal: divorciarse, estudiar Periodismo en la universidad y ser presentadora de un canal de noticias local. Todo empezaba a ir más o menos bien hasta que los talibanes tomaron el poder en 2021 y tuvo que escapar dejando su vida entera atrás. ‘Sin velo’ (Debate, 2026) es la biografía de esta periodista y activista que desvela la realidad de tantas mujeres afganas. Hablamos con ella sobre el dolor y el valor necesarios para alcanzar la libertad, su labor para intentar cambiar Afganistán y la esperanza de recuperar a sus hijos.
El propio título del libro me sugiere una pregunta: ¿qué te ha empujado a no llevar velo? O, dicho de otra manera, ¿qué significa para ti llevarlo?
Llevar velo no fue mi elección. En Afganistán, tenía que llevarlo porque era obligatorio. He tenido muchos problemas con mi familia, porque no está de acuerdo, pero ya no me dicen nada; saben que no lo acepto. Elegimos ese título para el libro, porque hablamos de muchas cosas desveladas, libremente; incluso de algunas que nunca he hablado, porque son tabú [en Afganistán]. Muchas personas me ha comentado que no saben si habrá alguna mujer afgana que hable tan libre de esas cosas. Este libro no va en contra del velo o el burka —porque es una decisión de cada persona—, pero para mí era una obligación y cuando pude me lo quité.
«Llevar velo no fue mi elección»
Mencionas que no llevar velo te ha provocado problemas. ¿Qué tipo de problemas?
Mi padre o mi hermano se han enfadado varias veces y hemos discutido. También con los que me critican a través de Facebook y me insultan por no llevarlo. Dicen que queremos salir de Afganistán para quitarnos el velo, porque queremos tener una vida occidentalizada. Me daba mucho miedo hablar sobre el libro en mis redes, porque sabía que me iban a llegar muchos comentarios negativos, a criticar, a insultar. Es gente que no se lo ha leído y piensa que va contra la religión, pero no es así.
¿Crees que a alguna mujer le gusta llevar velo o, en el fondo, todas querrían hacer como tú y quitárselo? No me refiero al velo integral (burka o niqab), sino al que solo cubre el pelo.
A algunas sí les gusta llevar velo. Mi madre, mi hermana, mis cuñadas lo llevan. Porque son musulmanas y la religión obliga a las mujeres musulmanas a taparse, pero, además, porque les gusta. Yo soy musulmana [y no lo llevo], por eso no me van a aceptar.
Dices que la religión musulmana impone llevar velo y que tú te consideras una mujer musulmana. ¿Cómo casa esa parte de lo que tu religión dice que hay que hacer y lo que tú no haces, porque para ti es un símbolo de opresión?
La religión nos dice que no tenemos que hacer daño a nadie y tenemos que respetar a todo el mundo. Pero quién sabe, porque yo no he leído el Corán traducido; está en árabe [ella habla el dialecto darí]. Los que lo han escrito, los que lo recitan siempre son hombres; así que no sé si es verdad que la religión dice que tengo que taparme o son las personas que lo escribieron quienes lo dicen. Yo cumplo algunas normas del Islam, pero no todas.
Hubo una época en la que Afganistán fue un país moderno y vanguardista y las mujeres tenían bastantes derechos y libertades, pero tú creciste en una sociedad muy patriarcal y conservadora: tu matrimonio fue pactado con un hombre al que no querías, que no te dejaba salir de casa o visitar a tu familia y que te maltrataba, lo que te llevó a divorciarte de él. ¿Cómo fue dar ese paso? ¿Cómo vive una mujer divorciada en Afganistán?
El divorcio no es fácil. Tenía que haber roto esa relación antes de casarme, pero mi familia me obligó. Yo no quería vivir con mi marido y tuve algunos intentos de suicidio. Hasta que hubo un momento en que dije, «ya no puedo aguantar más, tengo que liberarme». Sabía que la sociedad en la que vivíamos, aunque hubiera democracia, no nos aceptaba como mujeres divorciadas, no podíamos vivir solas [Khadija volvió a casa de sus padres cuando se separó y sus hijos se quedaron con su marido]. Las miradas eran diferentes hacia nosotras. Si eres una mujer divorciada, te llaman prostituta.
Una sociedad en la que la mujer carga siempre con la culpa.
La sociedad piensa que es la mujer la que ha hecho algo mal o ha tenido una relación con alguien y que por eso su marido se divorció. No aceptan que la mujer pida el divorcio. En mi caso, yo empecé los trámites y puse la denuncia, pero nadie lo sabe. En casa, mi marido me dijo varias veces que estábamos divorciados y no éramos pareja —el Islam indica que si tu marido te dice tres veces que se divorcia, estáis divorciados—; pero no lo decía de forma oficial, fuera de casa, porque era una vergüenza para él en una sociedad que no lo acepta. A mí me daba igual lo que dijeran los afganos; ya estoy acostumbrada. Incluso hablé en los medios afganos sobre mi divorcio, porque quería que esto fuera algo normal, para que vieran por qué queremos separarnos.
«Cuando se divorcia, la sociedad [afgana] piensa que es la mujer la que ha hecho algo mal»
Tienes tres hijos que están con él y a los que no puedes ver. Es más, te declaró muerta para quitártelos. ¿Cómo es la lucha por recuperarlos?
Dura, difícil. Ya tenemos juicio en julio en Alemania, donde él vivía [además] con su mujer y su hijo. Pero hace poco me enteré de que, el año pasado, él estaba en Alemania con su mujer y su hijo y los niños en Afganistán.
¿Con quién viven tus hijos en Afganistán?
Con su hermana. Me pregunto si está pensando en los niños o solo quiere hacerme daño. Porque si piensa en los niños, en Afganistán no pueden estudiar; ¿qué educación están recibiendo ahí? ¿Qué les están enseñando en los colegios afganos a los niños? ¿Es que queremos talibanes en el futuro? Yo lo denuncié, pero en Alemania va todo muy lento. Les avisé de que él se podía escapar, que cuando recibiera la notificación del juicio se iba a escapar. Y hace una semana él volvió a Afganistán con su mujer y su hijo.
Y estando ahí no puedes recuperarles.
No. En Afganistán ya no me pueden dar la custodia; para ellos no existo. Ojalá su padre vuelva a Alemania. Si no vuelve, ellos me van a buscar cuando sean mayores, porque van a ver cómo su madre ha luchado para recuperarles. Cuando les vi en 2024, ya querían venir a vivir conmigo. Me preguntaban, «mamá, ¿dónde podemos ir y decir que queremos vivir contigo?»
Pese a todo, te divorcias, empiezas a estudiar Periodismo y te conviertes en periodista en Afganistán. ¿Vocación o provocación?
Un poco las dos. Yo no pensaba que yo pudiera ser una presentadora de televisión, porque sabía que mi familia no lo iba a aceptar. Recuerdo muy bien la primera vez que subí mi foto en redes, mis hermanos estaban enfadados, empezaron a gritar que por qué lo había hecho y tuve que llamar a un amigo para que lo eliminase. Pero al final dije, «me da igual lo que digan, hay que seguir con esto».
Entonces llegaron los talibanes en 2021 y tu vida cambió radicalmente. ¿Imaginaste alguna vez que vivirías un retroceso de ese calibre en tu propio país?
No, nunca pensé que esto pudiera pasar. Aún con todas las dificultades que había y todas las provincias bajo control de los talibanes, pensábamos que Kabul iba a resistir. Luego, cuando empezaron las negociaciones, pensamos que los talibanes iban a tener algún cargo en el gobierno, pero que este iba a seguir. Mi padre siempre me decía que para qué estaba luchando, si Afganistán no iba a cambiar nunca. Pero yo le decía que no, que esta generación cambiaría. De repente cambió la situación y mi padre me dijo: «¿No te decía, hija, que esto no puede cambiar? Ya lo hemos visto varias veces».
Todo lo que relatas de tu vida pasa en un Afganistán sin los talibanes. Y ahora, con ellos, es todavía peor. Cuentas que el suicidio es la única opción para muchas mujeres en Afganistán, especialmente desde que los talibanes llegaron al poder.
Sí, ahora están aumentando los casos de suicidio. Hace unas semanas, hice una entrevista con una niña de 19 años y me decía que antes de los talibanes era una chica feliz que iba a todos sitios y se ría con sus compañeros. Pero ahora toma medicamentos, porque ya no puede aguantar encerrada en casa 24/7. Antes, salía por la mañana con su madre, por la tarde iba al colegio y luego a clases de inglés. Ahora no puede hacer nada. Quería ser médica y ahora está tomando medicamentos para tranquilizarse.
«En Afganistán tenemos muchas mujeres machistas»
Hablas con esta niña porque, además de periodista, eres activista: luchas por la educación de las niñas y los derechos de las mujeres en Afganistán. ¿Cómo se puede hacer eso en la distancia? ¿Qué tipo de acciones e iniciativas se pueden llevar a cabo para promover estos derechos en un país gobernado por los talibanes?
La historia se repite siempre en Afganistán, como hemos visto. Durante 20 años de democracia fue un error trabajar sobre igualdad con mujeres y no con hombres. Ahora tenemos escuelas online para educar a estas niñas, nosotras y muchas mujeres [afganas] en otros países. Pero, de alguna manera, también tenemos que trabajar con hombres afganos, porque, si no, veo muy difícil cambiar la mentalidad. Afganistán es muy machista, tenemos muchas mujeres machistas. Es una realidad que muchas mujeres piensan que como ahora hay seguridad todo está bien y no tenemos que luchar. Pero no es así. Necesitamos estas escuelas clandestinas online. Esto las va a servir para el futuro, para pasar unos exámenes [si pudieran].
Has mencionado hace un momento que hay mujeres que se sienten seguras en Afganistán. ¿A qué te refieres exactamente?
Mi hermana, por ejemplo. Para ella su vida es normal. Le da igual que su hija de 19 años no pueda estudiar; ella misma obligó a su hija a casarse. Yo no hablo con mi hermana. Y como ella, hay muchas mujeres que dicen que la vida sigue normal.
Imagino que se refieren a que mientras sigan las normas establecidas por los talibanes, su vida puede continuar.
Dicen que antes había muchos atentados y asesinaban a gente. Por ejemplo, entraron en un hospital de maternidad y mataron a las mujeres y a los bebés recién nacidos. Esto pasaba muchísimo en Afganistán en 2020 y 2021. Por eso, como ahora no hay tantos atentados, dicen que tienen seguridad. Pero no piensan que sus hijas no pueden estudiar, que ellas están sufriendo crisis de pobreza, que no tienen nada de comer, que las familias venden a sus hijas menores en matrimonio para ganar dinero.
«Las familias afganas venden a sus hijas menores en matrimonio para ganar dinero»
Por un lado, tenemos esas mujeres que piensan que hay seguridad en Afganistán y, por otro, las que se suman a vuestro proyecto online. ¿Percibes que haya más mujeres que siguen tu senda que las otras o son todavía una minoría las mujeres que se atreven a seguir tus pasos?
Las mujeres que luchan en la clandestinidad son minoría. Tenemos activistas dentro de Afganistán que hacen manifestaciones clandestinas, graban vídeos y nos los mandan a las que estamos fuera del país para que podamos difundirlos. También trabajamos en un proyecto de artesanías vendiendo lo que hacen mujeres afganas aquí para mandar dinero a esas de ahí.
¿Qué otros pasos crees que habría que dar para que la situación en Afganistán cambiase?
Otro paso muy importante es que los afganos que estamos fuera estemos juntos, unidos. En Afganistán hay diferentes etnias —y entre las etnias también tenemos problemas— y esas divisiones se mantienen fuera. Por ejemplo, hay muchos afganos que dicen que no son afganos, sino de Afganistán. En vez de pensar en nuestro país, estamos peleando porque no me llames afgano, pues afgano son los pastunes y los pastunes son los talibanes. Yo soy tayika [el segundo grupo étnico más grande de Afganistán], pero me da igual si me dicen afgana o que soy de Afganistán; para mí lo importante es el país. Nuestra prioridad debe ser la educación infantil.
¿Crees que la comunidad internacional podría jugar algún papel a la hora de intentar erradicar a los talibanes del gobierno de Afganistán?
La comunidad internacional sí que tiene un papel muy importante en esto. Puede presionar a los talibanes o cortar la ayuda humanitaria que están mandando a Afganistán y que no se sabe a quién llega. No lo hacen y ahora quieren invitar a los talibanes al Parlamento Europeo y negociar con ellos para deportar a afganos. Esto para nosotros no es aceptable; no queremos negociar con terroristas en Europa.
¿Sientes que os ha dado la espalda?
Sí, la comunidad internacional nos ha abandonado. Ya no tiene interés en Afganistán.
Llevas cinco años en España. Llegaste a Madrid en 2021 como refugiada gracias a la ayuda de periodistas españoles. ¿Cómo es ser refugiada? ¿Te sientes discriminada o privilegiada?
Ser refugiada no es fácil. Te sientes un poco señalada. Estamos en tierra de nadie: no podemos volver a nuestro país y aquí somos refugiadas. Yo he tenido mucha suerte. España me ha acogido muy bien. Aunque me tocó dormir en parques en Madrid, hacer un curso de cocina, prácticas en un restaurante, trabajar en una pizzería siempre digo que soy una privilegiada y que he tenido la suerte de seguir con mi profesión de periodista. No todos los refugiados la tienen. Antes me sentía muy culpable de haber salido de Afganistán y haber dejado mi país, a mis hijos y a millones de mujeres que siguen ahí. Pero ahora digo que he tomado una buena decisión, porque desde fuera sí que estamos ayudando a las mujeres afganas.
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