Un momento...
No hubo ni un solo soldado sobre el campo de batalla. Ni una sola baja propia. Solo drones zumbando en el aire, vehículos no tripulados avanzando entre el barro y una rendición consumada al otro lado del frente. En abril, el Ejército ucraniano anunció la toma de una posición rusa sin haber puesto en peligro a sus hombres. Una operación ejecutada exclusivamente con robots controlados a distancia. Esa victoria táctica en la guerra de resistencia contra Rusia es un hito, pero también una muestra de cómo podrían ser las guerras del futuro.
«Hoy, los avances tecnológicos se trasladan rápidamente al ámbito militar», explica Javier Borràs, investigador del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB). Ucrania es quizá el ejemplo más claro de cómo la revolución tecnológica ya no se ensaya en los garajes de Silicon Valley o en los campus universitarios, sino sobre el terreno.
Borràs señala que toda tecnología concebida para el ámbito civil puede tener también aplicaciones militares. Desde los coches eléctricos hasta los paneles solares pueden generar datos útiles para los servicios de inteligencia. «En un mundo de flujo constante de datos, las fronteras entre la innovación y la seguridad nacional son cada vez más porosas», sostiene.
Hay ejemplos ilustrativos, como el del marine francés que llegó a revelar sin querer la posición del portaaviones Charles de Gaulle tras subir su entrenamiento a Strava. Y otros más evidentes, como los bombardeos iraníes a los centros de datos estadounidenses en el Golfo Pérsico durante la guerra.
En los últimos años, la tecnología ha dejado de ser una cuestión económica, de competitividad o innovación y ha pasado a convertirse en un instrumento de poder geopolítico. En una era marcada por el deterioro de la paz mundial y la amenaza del cambio climático, la inteligencia artificial, la computación cuántica y las infraestructuras digitales funcionan como antes lo hacían el petróleo o la energía nuclear.
«Si durante las últimas décadas los datos han sido el nuevo petróleo, la IA o el software para gestionar esos datos y automatizar procesos son ahora las armas que dan el poder», explica Marta Sanz Romero, periodista especializada en tecnología. Son, en definitiva, activos estratégicos que determinan el papel que un país juega en el mundo.
En esa lógica que está redefiniendo el equilibrio global, China y Estados Unidos lideran claramente la carrera por la hegemonía tecnológica. «Cuando una de esas naciones desarrolle una IA superior, tendrá una ventaja masiva e irreparable, alterando el curso de la política mundial, el poder militar y la influencia económica», advierte el pensador indio Sundeep Waslekar, funador del think tank Foresight Group y autor de Un mundo sin guerra. La pregunta es: ¿quién va ganando?
Para Borràs, Estados Unidos y China avanzan hacia un equilibrio cada vez más estrecho en IA, aunque todo depende del ángulo. Hoy, resume, Estados Unidos mantiene ventaja en los chips avanzados, claves para entrenar modelos de última generación, mientras que China ha recortado distancias rápidamente en el desarrollo y despliegue de sus propios modelos.
En este sentido, Águeda Parra Pérez, analista geopolítica y fundadora de ChinaGeoTech, explica que las diferencias se deben a que cada potencia marca su camino «en función de sus prioridades estratégicas y de seguridad nacional».
China ha optado por un enfoque coordinado en el que Estado e industria avanzan al unísono para acelerar la adopción tecnológica. En 2017, Beijing plasmó su ambición en el Plan de Desarrollo de Inteligencia Artificial con una meta clara: convertirse en el principal centro mundial de innovación en IA en 2030.
«Desde el Gobierno se está impulsando que los beneficios de la IA se apliquen rápidamente a ámbitos productivos, tanto civiles como militares, para lograr antes la autosuficiencia tecnológica y convertir la IA en un motor clave de crecimiento económico», explica Parra.
En 2020, Xi Jinping resumió las claves para modernizar su Ejército en tres conceptos: mecanización, informatización e inteligentización. Desde entonces, ha desarrollado sistemas de IA capaces de simular escenarios de guerra y tomar decisiones militares hasta un 43% más rápido que un cerebro humano.
Detrás de todo esto hay una maquinaria bien engrasada. Cuando una tecnología encaja en las prioridades chinas, se activa una lluvia de financiación pública, se crean polos industriales y los prototipos pasan a producción en tiempo récord. La clave no es solo innovar, sino producir a gran escala antes que nadie y desplegar rápido y a bajo coste. Una fórmula que el gigante asiático ya aplicó en sectores como los paneles solares, donde controla más del 80% de la producción y las exportaciones mundiales.
«En este contexto, la irrupción de DeepSeek ha reforzado la ambición de Beijing de convertirse en líder mundial en IA», apunta Parra. El modelo fue desarrollado en 2025, en plena escalada de tensiones comerciales con Estados Unidos, que vetó la exportación de tecnología clave a China. DeepSeek ha logrado abrirse paso sin depender de los chips made in USA y bajo un enfoque de código abierto.
El movimiento tiene implicaciones que van más allá de lo técnico. Por un lado, democratiza el acceso a la IA; por otro, plantea un desafío directo al dominio que Silicon Valley ha ejercido durante años. Para muchos analistas, esto ha supuesto un golpe simbólico y estratégico para Estados Unidos. Entre otras cosas porque demuestra que China puede avanzar incluso bajo restricciones y, además, hacerlo con una propuesta accesible y replicable a escala global. Aunque también conlleva riesgos relevantes de seguridad y control. Porque no hay que olvidar que se trata de un régimen autocrático conocido por su sistema de hipervigilancia ciudadana.
En Estados Unidos, como ha ocurrido con otras revoluciones tecnológicas, la IA está liderada por el sector privado. «Son las grandes tecnológicas las que están marcando el ritmo de la innovación y las que movilizan la inversión a través del capital riesgo para desarrollar las infraestructuras de datos que requiere la IA», explica Parra. Un modelo que impulsa la innovación, pero también impone límites. Frente a la apertura de iniciativas como DeepSeek, empresas como OpenAI o Google apuestan por sistemas cerrados. «El enfoque de código cerrado hace que el uso de la IA esté más restringido al entorno empresarial y que haya menos competencia», señala Parra.
La diferencia no está solo en el modelo empresarial, sino también de posición en la cadena tecnológica. Estados Unidos sigue dominando los pilares clave de la IA: los microchips más avanzados y buena parte del ecosistema de innovación. De hecho, la mayoría de los chips de alta gama que alimentan esta revolución están diseñados por la empresa californiana Nvidia, una de las más valiosas del mundo.
Washington ha reforzado su liderazgo con restricciones a la exportación para frenar el acceso de China a componentes críticos. Sin embargo, casos como DeepSeek sugieren que esas barreras, aunque puedan frenar puntualmente, no necesariamente detienen una carrera que parece estar cada vez más igualada.
Entre estos dos gigantes que compiten por dominar la IA con inversiones masivas en defensa, chips, infraestructuras y talento, Europa trata todavía de encontrar su lugar. Por ahora, la Unión Europea ha optado por jugar su mejor baza: la regulación. Hace apenas dos años se aprobó la legislación más ambiciosa del mundo sobre IA, un marco pionero con el que aspira a fijar un estándar europeo.
Pero redactar las reglas ya no basta. Son muchos los expertos que advierten que la UE corre el riesgo de quedar atrapada entre dos superpotencias, con grandes principios pero con escasa capacidad de ejecución y reacción. El problema es que la dependencia europea ya no es solo económica, sino también geopolítica. Starlink lo resume bien: una infraestructura crítica para las comunicaciones en crisis como la guerra de Ucrania sigue en manos privadas y extranjeras.
«Europa, en tecnología digital y en finanzas, es una colonia de Estados Unidos», sintetizaba en una entrevista el ex primer ministro italiano Enrico Letta. Pero recordaba que Europa aún conserva activos valiosos: talento, industria, capacidad científica y margen regulatorio.
En este sentido, el experto del CIDOB añade también ámbitos como la computación cuántica, en los que todavía puede aspirar a jugar un papel relevante. Pero debe ponerse las pilas y «encontrar ámbitos específicos de las tecnologías emergentes en los que tenga una ventaja comparativa, que pueda desarrollar económicamente y usar como instrumento geopolítico», concluye Borràs.
Con todo, en un mundo donde la tecnología ya no es solo innovación, ni regular ni inventar bastan por sí solos. En esta nueva carrera no manda únicamente quien imagina el futuro, sino quien tiene la capacidad de fabricarlo, desplegarlo a escala y convertirlo en poder.
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