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Juan Luis López Aranguren

«China no quiere exportar ningún modelo; lo que quiere es hacer negocios»

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23
julio
2026

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En los últimos años, el eje del poder mundial se ha ido desplazando del Atlántico al Indo-Pacífico mientras la rivalidad entre China y Estados Unidos redefine el orden internacional. Hablamos con Juan Luis López Aranguren, profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza, quien en su último libro ‘El eje del mundo que viene’ (Ariel, 2026) recurre a la metáfora de «ballenas» y «elefantes» (grandes potencias marítimas y terrestres) para explicar cómo cambian las hegemonías a lo largo de la historia.


Hablas en tu libro de «ballenas» y «elefantes» para referirte a las potencias marítimas y terrestres. ¿Qué representa esa metáfora y cuándo y por qué dejó España de ser una «ballena»?

La categorización de «ballenas» y «elefantes» me interesó mucho porque, al tratar una región marítima como es el Indo-Pacífico, me permite explicar por qué es tan importante el control de los mares para lograr el control de la tierra. Porque, siendo criaturas terrestres, a menudo olvidamos que, en muchas ocasiones, el dominio de los mares lleva al dominio de la tierra. El término técnico para las potencias marítimas sería talasocracia y para las terrestres, telurocracia, y en el libro lo fui aplicando a varias épocas históricas y varias fases de transición, generalmente para ver cuándo se produce un cambio de un hegemón global o un hegemón regional, que usualmente es cuando surge una nueva «ballena» que le disputa el control oceánico por los recursos. El acceso al mar es como el internet de la antigüedad en muchos aspectos. Una vez que uno tiene acceso al mar, le permite acceder a nuevas ideas, a nuevos avances científicos, nuevos sistemas políticos, nuevas religiones, nuevas materias primas. Y también a exportar sus propios patrones de pensamiento, sus materias primas. Entonces, eso produce una enorme aceleración civilizatoria. España se convirtió en una potencia marítima de forma dual, porque, por un lado, se convirtió en una «ballena» en el mar Mediterráneo al disputar la hegemonía del Imperio otomano; y por la parte del Atlántico, llegando a América, porque las fricciones que tuvo con otras potencias europeas se dirimieron básicamente en el mar. Al final, el rol de «elefante» de España fue un beneficio que tuvo por haberse convertido en «ballena». ¿Cuándo perdió España esta condición? Sucedió en 1898, en lo que se conoce como el desastre del 98, cuando se perdió Puerto Rico, Cuba, Filipinas. Pero esto había comenzado antes, durante todo el siglo XIX, una época muy convulsa para España. Al final, colapsó como «ballena» y esto fue aprovechado por la nueva «ballena» que estaba surgiendo, que era Estados Unidos.

«El acceso al mar es como el internet de la Antigüedad»

En el libro explicas que China pasó siglos actuando como un «elefante», una gran potencia terrestre, aislada y autosuficiente. ¿Crees que Estados Unidos está recorriendo ahora ese mismo camino?

Sí. De hecho Estados Unidos está sufriendo una enorme crisis de identidad, de la cual, aunque muchos lo ven como un factor, veo a Donald Trump como una consecuencia. Creo que cuando se vaya Trump, vendrá otro a replicar las mismas soluciones fáciles e impracticables. Porque ahora Estados Unidos está viendo que esa globalización que le había permitido durante décadas ser el hegemón planetario, ahora la ven como una amenaza. En el libro hablo de las cuatro «c» en la relación de Estados Unidos con China: cooperación, competición, contención y conflicto. Y se ve, en la fase de competición a conflicto, que es el mayor, o el más reciente, choque de identidad que tienen. Porque Estados Unidos decía: «Somos la primera potencia económica mundial, la primera potencia militar, entonces vamos a desembarcar económicamente en China, vamos a competir contra China». Pero, ¿qué han descubierto? Que no solamente es un mercado de 1.400 millones de consumidores, sino también de 1.400 millones de productores y, en muchos aspectos, productores más eficientes que los estadounidenses. Entonces Estados Unidos está viendo la globalización como una amenaza más que como una oportunidad, lo que está provocando que se repliegue sobre sí mismo. Y la historia nos dice que eso marca el declive de cualquier civilización.

Muchos analistas describen la rivalidad entre China y Estados Unidos como una nueva Guerra Fría. Sin embargo, en tu libro sostienes que existen diferencias entre ambos escenarios y que la situación actual guarda más similitudes con la Primera Guerra Mundial. ¿Por qué?

Sí, yo veo diferencias, primero, porque la Guerra Fría era una competición entre dos superpoderes expansionistas. Es decir, los dos querían exportar su propia visión del mundo. Estados Unidos quería exportar la democracia, la economía de libre mercado, exportar su propio sistema de valores al mundo. Y la URSS también, tenía el sistema comunista y quería exportarlo a todo el mundo. Luego vino el colapso de la URSS y aquí ya entran en juego las teorías de Francis Fukuyama del fin de la historia, diciendo que todo el mundo iba a abrazar la economía de libre mercado –el sistema económico–, la democracia liberal –el sistema político–, y ya vimos que eso no se cumplió. ¿Y por qué es diferente China a la URSS? Porque China no quiere exportar ningún modelo. China lo que quiere es hacer negocios. Le da igual que seas una democracia, una dictadura, le da exactamente igual. Lo que quiere es hacer negocios e ir ramificando sus áreas de influencia comercial. Esto marca una enorme diferencia con la URSS. Y es algo que Estados Unidos muchas veces no entiende porque aplica contra China los mismos patrones estratégicos que ya desarrolló en la Guerra Fría. Pero China es muy aislacionista en ese sentido. Esto no quiere decir que en el futuro no pueda cambiar. En el futuro puede querer garantizarse un área de influencia cada vez más creciente, pero desde luego no intenta exportar su modelo al resto del mundo.

«Estados Unidos ve la globalización como una amenaza»

Si no estamos ante una nueva Guerra Fría y China no tiene un afán expansionista, ¿existe realmente el riesgo de un conflicto bélico con Estados Unidos?

Sí que existe un riesgo de conflicto bélico. Porque dos potencias pueden chocar aunque no quieran exportar el modelo o aunque incluso participen en la misma cosmovisión. Y, precisamente, la Primera Guerra Mundial fue entre potencias muy parecidas entre ellas. Es decir, al final las potencias europeas tenían una base cristiana, una base grecolatina, y Samuel Huntington las considera parte de la misma civilización. En el caso del conflicto entre Estados Unidos y China, se compara con la Primera Guerra Mundial porque ese fue un conflicto al que no se quería llegar. Christopher Clark dice que las potencias europeas fueron a la Primera Guerra Mundial como sonámbulos que no sabían que iban a llegar a la guerra. Es decir, pensaban que iban a tener un conflicto breve, de unos cuantos meses. Y luego resulta que se empantanaron durante años y fue una masacre. ¿Por qué se compara dicha situación con lo que ocurre hoy en día? Porque se están creando alianzas regionales y militares que hacen que un conflicto bilateral pueda escalar a uno regional y luego a un conflicto mundial. Y aquí hablo del caso de Taiwán, que es uno de los más delicados, porque puede ser el punto más caliente del planeta, pues es un elemento irrenunciable para China y Estados Unidos. Yo creo que cada vez es más probable que haya un conflicto, no porque lo quieran las grandes potencias, sino porque puede haber un error de cálculo, como en la Primera Guerra Mundial.

«Taiwán puede ser el punto más caliente del planeta»

Ese posible error de cálculo parece concentrarse en Taiwán. ¿Por qué la isla es tan importante para China y Estados Unidos?

Taiwán es muy importante porque para ambas potencias es un elemento irrenunciable. Para China, por varias razones. La primera es el simbolismo, porque consideran que es la última pieza que queda por reincorporar después de ese «siglo de humillaciones» que, en la narrativa del Partido Comunista Chino, habría terminado en 1949, cuando ganan la guerra civil contra el Kuomintang y nace la República Popular de China. Pero queda ahí una región rebelde, Taiwán, que va a cuestionar su propia legitimidad. Entonces necesita, para establecer esa hegemonía global, reincorporar a Taiwán. Eso por el lado simbólico. Por el lado estratégico, Taiwán forma parte de la primera de tres cadenas de islas en el Pacífico, que son una serie de alianzas militares de Estados Unidos con diferentes países que contienen al gigante asiático. China necesita romper la primera cadena de islas para que sus submarinos alcancen suficiente profundidad de navegación y no sean detectables. Y la tercera razón es que el Partido Comunista Chino necesita pivotar su legitimidad interna. Durante muchos años ha tenido legitimidad por la vía de los hechos. Esto lo refleja una famosa frase de Deng Xiaoping: «No importa si un gato es blanco o negro, mientras cace ratones». ¿Qué quería decir con esto? Entre varias interpretaciones, que no importa si somos una democracia o una autocracia, siempre y cuando mejoremos la vida de la gente. Y realmente lo consiguieron, porque China creció en producto interior bruto a un diez por ciento, un doce por ciento, es decir, crecía mucho más que las democracias. ¿Qué está ocurriendo ahora? Que este crecimiento cada vez es menor. Cada vez se va a acercar más a los niveles de crecimiento de Occidente, que son de un dos por ciento. Esto hace que los ciudadanos chinos puedan cuestionar cada vez más el rol del Partido Comunista Chino. Taiwán es irrenunciable también para Occidente, particularmente para Estados Unidos. La primera razón es por la economía, porque Taiwán tiene el llamado «escudo de silicio», que es haberse convertido en uno de los principales productores de semiconductores del mundo, que hoy en día son vitales para la inteligencia artificial, la robótica, etcétera. La segunda razón también es estratégica, porque se considera a Taiwán como un portaaviones insumergible frente a China. Es decir, en cualquier conflicto futuro, la principal base de operaciones, aparte de Japón, va a ser Taiwán, y Estados Unidos la necesita. Y la tercera razón es por la reputación, porque si Estados Unidos abandona a Taiwán –como ya abandonó a Afganistán, y ahora está abandonando a Ucrania– ningún país va a confiar en Estados Unidos.

La pregunta inevitable es quién controla hoy realmente el Indo-Pacífico.

En realidad hay un solapamiento de múltiples arquitecturas, propuestas, áreas de influencia y redes de dependencia mutua. Por eso la situación es tan cambiante, porque existen muchas iniciativas a la vez. Están la de Japón, la de Estados Unidos. Europa también ha lanzado sus propias iniciativas, aunque tímidas. China, por su parte, rechaza el término Indo-Pacífico –prefiere el término Asia-Pacífico– porque considera que le está diluyendo con otro gigante civilizatorio y nuclear que es India. Y también India es muy interesante porque es como el tapado, el actor que se ha revelado en los últimos años y tiene un enorme potencial. Además, India, por muchas razones, puede ser uno de los grandes jugadores aquí. Primero, porque da acceso al Océano Índico, al cual China no tiene acceso. Segundo, porque ya es el país más poblado del mundo, habiendo superado a China. Tercero, es una potencia nuclear. Y también tiene la iniciativa Global India, con la cual quiere convertirse en una potencia global de áreas de influencia múltiples.

«Europa necesita darse cuenta que su propia supervivencia depende del Indo-Pacífico»

Si el eje del poder mundial se está desplazando hacia el Indo-Pacífico, ¿qué papel pueden desempeñar Europa y, en particular, España en este nuevo orden internacional?

Europa ha llegado tarde y mal a esto, como a muchas cosas, porque es una especie de gigante burocrático al que le cuesta mucho articular. Porque al final somos veintisiete países y cada uno tiene sus propios intereses, sus propias estrategias, entonces es muy difícil articularlo, igual que ocurrió con la pandemia o con Ucrania, que muchas veces no nos ponemos de acuerdo. Pero Europa necesita darse cuenta de que su propia supervivencia depende de esta región. En el caso de España, lo triste es que ha olvidado su propio pasado. Por ejemplo, todos los lazos culturales que han existido con América, con México, con todos los países hispanoamericanos. Pero también en el propio Pacífico: Filipinas era parte de España, también Guam, hasta ser absorbida e invadida por Estados Unidos. Y gran parte del Pacífico fue cartografiado por España o había una presencia española. Podemos ver que España ha tenido una enorme presencia en la zona y hay muchos lazos históricos, culturales, incluso familiares, en toda la región. Creo que existe un enorme potencial y que España, y el resto de países, podrían aprovecharlo para lograr cierto entendimiento en la zona.

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