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¿Está China adelantando a Europa en la carrera de la descarbonización?

ETHIC / ¿Está China adelantando a Europa en la carrera de la descarbonización?
El Viejo Continente inventó la transición verde. El país asiático la ha industrializado. El resultado es una brecha de escala que redefine el tablero geopolítico de la próxima década y obliga al continente a decidir cómo quiere competir y con qué estándares.

Europa promovió el Acuerdo de París, fijó los objetivos climáticos más ambiciosos del planeta y convirtió la transición verde en eje de su identidad política. Sin embargo, cuando esa transición ha entrado en su fase industrial y geopolítica, el continente se descubre mirando la espalda de China. La distancia entre ambos es estructural, y se agranda precisamente en sectores que Europa misma inventó.

Un dato basta para medirla. La Agencia Internacional de la Energía proyecta que la capacidad china de fabricación solar alcanzará los 1.255 GW en 2030, un 65% más que el despliegue solar mundial (761 GW) que la propia agencia prevé para ese año en su Net Zero Roadmap. Traducido: China podrá producir, por sí sola, más renovables de las que se instalarán en todo el planeta.

13

Millones

De coches eléctricos matriculados en China en 2025

1.88

Millones

De coches eléctricos matriculados en Europa en 2025

La divergencia se acentúa en la industria. En celdas de batería, China concentra en torno al 80% de la producción mundial y el 85% de la capacidad instalada; en materiales anódicos y catódicos, su cuota roza el 97%. En electrolizadores para hidrógeno verde –uno de los pocos frentes donde Europa aún conserva ventaja tecnológica–, Pekín produce ya el 65% de la capacidad global.

El automóvil resume el desequilibrio. China cerró el año pasado con cerca de trece millones de vehículos eléctricos matriculados y una cuota del 53% sobre las ventas totales. Más de la mitad de los coches que se compran en China son eléctricos. Europa avanza, pero desde más atrás: los Veintisiete registraron 1,88 millones de eléctricos puros en 2025, con una cuota del 17,4%. Jim Farley, consejero delegado de Ford, lo resumió tras siete viajes a China en un año: «Es lo más humillante que he visto en mi vida» .

625000

Millones

De dólares invertidos en energía limpia en China en 2024

390000

Millones

De dólares invertidos en energía limpia en la UE en 2025

Las cifras financieras confirman el patrón. La IEA estima que China destinó más de 625.000 millones de dólares a energía limpia en 2024, casi el doble que una década antes. La Unión Europea rondó los 390.000 millones en 2025.

Como ha explicado el historiador económico Adam Tooze, más que una división entre energías limpias y contaminantes, el mundo empieza a organizarse entre economías capaces de electrificarlo todo y aquellas que, por decisión política o por bloqueo institucional, siguen ancladas en el modelo fósil. La transición energética, en otras palabras, ya no se decide en las cumbres, sino en la capacidad de producir electricidad, baterías y tecnología a gran escala.

«En un caso se trata de un régimen autoritario y en el otro no. Eso ya marca diferencias claras», explica Gonzalo Escribano, director del Programa de Energía y Clima del Real Instituto Elcano. China es un sistema centralizado donde las decisiones se ejecutan sin fricción; la Unión Europea, un mosaico de veintisiete Estados con mix energéticos y prioridades distintas. «Allí el Partido Comunista le dice a una empresa energética lo que tiene que hacer y lo hace. Aquí regulas, te recurren, vas a los tribunales».

No conviene, sin embargo, reducir el retrato chino a una única fotografía. China es al mismo tiempo el mayor inversor en renovables y el principal emisor de CO₂ del mundo. Sigue quemando carbón a gran escala y ha fijado la neutralidad para 2060, diez años más tarde que Europa. El orden de prioridades lo explica: primero seguridad de suministro, después competitividad y, en último lugar, sostenibilidad.

Escribano (Elcano): «Si la descarbonización nos va a llevar a depender de las baterías y las placas solares chinas, no deja de ser sustituir un problema por otro»

En Europa ese orden ha sido históricamente el inverso. Pero la invasión de Ucrania y las tensiones en Oriente Próximo han alterado el paradigma. Como ha señalado la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la transición ya no se entiende solo en términos climáticos: «una energía propia, fiable y asequible impulsará nuestro crecimiento económico y garantizará nuestra independencia». La guerra, dice Escribano, fue «un aviso». Europa está mejor que hace dos o tres años, pero no al ritmo que exigía la situación. Y el contexto no ayuda: «Antes teníamos una crisis geopolítica cada diez años; ahora, cada dos».

La brecha industrial no se explica solo por los modelos políticos. También por una década europea de complacencia. Europa lideró la innovación, fijó estándares y externalizó la manufactura, confiando en retener el control vía patentes e ingeniería. No ocurrió. Mientras tanto, capital y talento se destinaron a sostener modelos agotados. «En Alemania innovamos para engañar a las mediciones de emisiones –el caso Volkswagen– en lugar de invertir en baterías y movilidad eléctrica», resume Escribano. «Nos hemos quedado dormidos».

Pekín, entretanto, ejecutaba. Fijó su marco de doble carbono –pico de emisiones antes de 2030, neutralidad antes de 2060– y lo tradujo en planes quinquenales con objetivos, cuotas, certificados verdes y apoyo sostenido al vehículo eléctrico. Su meta de 1.200 GW combinados de eólica y solar para 2030 se cumplió seis años antes de lo previsto.

China es al mismo tiempo el mayor inversor en renovables y el principal emisor de CO₂ del mundo. Sigue quemando carbón a gran escala y ha fijado la neutralidad para 2060, diez años más tarde que Europa

¿Qué puede hacer Europa? Escribano distingue entre sectores en los que China nos lleva mucha ventaja –como el solar– y otros donde aún hay margen: coche eléctrico, baterías, eólica, hidrógeno, electrolizadores. «Ahí podemos aplicar lo que empieza a hacer Europa: contenido local, made in Europe. Sin pasarnos, para no frenar la descarbonización. Es un equilibrio delicado».

Esa transformación ya se está notando en el tejido empresarial. Natalia Montero, directora de Asuntos Públicos de Forética –la principal asociación de sostenibilidad empresarial en España, que agrupa a más de doscientas compañías–, lo describe como «un tránsito desde una sostenibilidad entendida como obligación hacia una sostenibilidad vinculada al negocio y al crecimiento». En sectores industriales, energéticos y de infraestructuras, asegura, «existe una conciencia clara de que la transición ya no puede entenderse solo en términos ambientales, sino también en términos de autonomía estratégica, capacidad productiva y posicionamiento económico». Conviven, eso sí, dos velocidades: empresas que ya integran la sostenibilidad como palanca de competitividad, innovación y resiliencia, y otras que aún la viven sobre todo desde el prisma del cumplimiento normativo.

Si Europa descarboniza apoyándose en tecnología china: paneles, baterías, materiales, electrolizadores, ¿habrá ganado soberanía o solo cambiado la naturaleza de su dependencia? «Nosotros estamos intentando descarbonizar para evitar la vulnerabilidad ante eventos geopolíticos y la dependencia de los combustibles fósiles. Pero si eso nos va a llevar a depender de las baterías y las placas solares chinas, no deja de ser sustituir un problema por otro», afirma Escribano. 

La propuesta de Escribano no es elegir entre proteccionismo o apertura, sino una vía intermedia: competir donde Europa aún puede ganar, cooperar donde la ventaja china es insalvable y, en algunos casos, integrar a empresas chinas en el mercado europeo bajo reglas propias para aprovechar su tecnología.

Montero (Forética): «Existe una conciencia clara de que la transición ya no puede entenderse solo en términos ambientales, sino también de autonomía estratégica, capacidad productiva y posicionamiento económico»

Según defiende, depender de un país externo es preferible a seguir utilizando combustibles fósiles. «No tendríamos un problema de seguridad humana. Si seguimos así nos vamos a achicharrar, se nos van a inundar los puertos, vamos a perder el turismo, la agricultura, habrá problemas de seguridad alimentaria o migraciones masivas».

La respuesta ya está en marcha. El Clean Industrial Deal moviliza más de 100.000 millones de euros para industria limpia y crea un Banco de Descarbonización y un Fondo de Competitividad. El Industrial Accelerator Act introduce requisitos de contenido local y bajo carbono en la contratación pública, y condiciones específicas para grandes inversiones procedentes de países con fuerte dominio manufacturero. Un marco diseñado con China en mente.

Montero matiza, sin embargo, que ese giro hacia la competitividad no debe leerse como un repliegue de la ambición climática. «Más que de desregulación, hablaríamos de recalibración: mantener el rumbo estratégico de la transición, mejorando los instrumentos para que sea viable, eficiente y escalable», sostiene.

Hay, por último, un error de perspectiva que conviene desarmar. «Muchas veces la gente olvida que el largo plazo no quiere decir que usted lo pueda posponer hasta dentro de veinte años», advierte Escribano. «Si tú quieres descarbonizar, tienes que empezar a descarbonizar mañana. No vale decir “yo quiero ser neutral en carbono en 2050, bueno, pues ya en 2045 veré”. Si usted no empieza ahora, no llega». Europa ya definió el rumbo. La cuestión ahora es si está dispuesta a competir por ejecutarlo.