Javier Cremades
«Sin verdad no se puede vivir en democracia»
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Javier Cremades (Ceuta, 1965) es Doctor en Derecho Constitucional y dirige el despacho Cremades & Calvo Sotelo, uno de los más prestigiosos de España. En tiempos en los que la legalidad internacional y nacional tantas veces se ve violentada desde los poderes políticos y económicos, ha publicado ‘Sobre el Imperio de la Ley’ (Galaxia Gutemberg, 2025), un alegato de la primacía de la justicia y el derecho para conservar las democracias y el Estado de Derecho que tantas satisfacciones nos han garantizado. Y lo hace de manera didáctica y sencilla, porque como señala, «el objetivo no es la democracia, sino la dignidad de las personas».
Sacar un libro reivindicando el Imperio de la ley con un prólogo de un magistrado del Supremo norteamericano suena casi a provocación en estos tiempos. ¿Cómo surgió esta colaboración y qué busca transmitir con ella?
Este libro nace de un proceso de escucha de seis años como presidente de la World Jurist Association, lo que me ha permitido entender las preocupaciones y la sensibilidad de personas que lideran instituciones jurídicas clave en todo el mundo. El libro se nutre de conversaciones con líderes mundiales que han promovido el estado de derecho desde la ejemplaridad. Respecto al prólogo, es obra de una de las personas que más me ha inspirado, considerado uno de los juristas vivos más significativos del mundo. Aunque admiro profundamente la cultura jurídica norteamericana, mi formación es de tradición alemana, por lo que también ha sido un orgullo que el presidente del Tribunal Constitucional alemán haya querido participar en la provocación que supone este libro. He aprendido mucho de estas figuras que ven en el estado de derecho el pilar fundamental de la convivencia.
El Imperio de la ley es la base del estado de derecho, pero a menudo vemos que las democracias liberales actúan de forma cuestionable en el plano internacional. ¿Se puede defender la ley con actuaciones como la detención de Maduro o los ataques a Irán? ¿Eso ayuda a defender el imperio de la ley o lo menoscaba?
Ese es un gran dilema ético y jurídico que implica vivir dentro del imperio de la ley. Las democracias quieren defender y exportar su sistema porque es el ideal, pero cuando se utilizan procedimientos que no son propios del estado de derecho, como se ha visto en algunos intentos de solución a la tiranía venezolana, surge una inquietud legítima. Por un lado, tenemos el debate jurídico interno en Estados Unidos sobre la licitud de estas acciones, que probablemente llegará al Tribunal Supremo. Por otro lado, está el derecho internacional, donde claramente se han vulnerado normas. Sin embargo, también existe un debate de derecho natural: muchos venezolanos, de todas las ideologías, ven reconocidas sus aspiraciones de justicia con la detención de Maduro. Aunque millones de personas puedan estar satisfechas con resultados que parecen un «tiranicidio», debemos intentar solucionar los problemas dentro del respeto a las reglas internacionales. No es la fórmula ideal recurrir a la intervención militar para crear nuevas dinámicas políticas.
«Debemos intentar solucionar los problemas dentro del respeto a las reglas internacionales»
En su libro comenta que la arbitrariedad es una señal de alarma. Si un estado se vuelve arbitrario, ¿podemos dar por muerta su democracia?
La arbitrariedad es lo contrario del gobierno de las leyes. El imperio de la ley nos ofrece la certeza de la aplicación de la Constitución, mientras que la arbitrariedad es propia de quien ejerce el poder a su antojo y sin límites. Cuando un estado se vuelve arbitrario, la democracia se resiente profundamente y ya está tocada de muerte.
Estamos viendo ataques constantes al estado de derecho en Cataluña, el Asalto al Capitolio, Brasil o las guerras actuales. ¿Por qué estos ataques vienen muchas veces de los propios actores democráticos?
Este libro intenta concienciar de que los ataques a veces no vienen de fuera, sino de dentro. Podemos ser los propios ciudadanos los que, sin pretenderlo, estemos socavando y deteriorando el estado de derecho que nos protege. Para protegerlo, hay que entender cómo funciona este organismo vivo y fomentar la adhesión de toda la comunidad. Debemos luchar contra la polarización, el ataque a la verdad y a la independencia judicial. Se requiere una actitud cívica responsable y una adhesión moral a las reglas del juego.
«Cuando un estado se vuelve arbitrario, la democracia ya está tocada de muerte»
Usted señala al populismo como una gran amenaza, pero este suele surgir del cansancio por las promesas incumplidas de la propia democracia. ¿Qué podemos hacer ante este escenario?
Como decía Hannah Arendt, las masas neutrales que parecen no pertenecer a nadie pueden ser seducidas por el populista. Si las democracias se vuelven disfuncionales, la gente optará por otros sistemas y perderemos las grandes conquistas de la libertad. Estamos en un mundo donde parece que las autocracias, como China o Rusia, funcionan mejor y sus ciudadanos se muestran orgullosos de ellas. Necesitamos recuperar el orgullo, la conexión y la adhesión entusiasta a nuestro propio sistema.
Respecto a la ley como garante, en España se pasó «de la ley a la ley» para demoler el franquismo. ¿Existe el riesgo de que se use ese mismo camino legal para vaciar la democracia, como hizo Chávez o la Alemania de 1933?
Ese es el gran peligro contemporáneo. La destrucción de la democracia ya no viene por revoluciones o golpes militares, sino por una transición lenta y una mutación silenciosa. Se van vaciando de contenido el control del poder, la división de poderes y la independencia judicial sin que salten las alarmas. Se saquea el sistema por dentro manteniendo una «túnica democrática» y una apariencia de estado de derecho cuando, en el fondo, este ha dejado de existir porque el poder se ha impuesto al derecho y se ha olvidado la dignidad de la persona.
«Necesitamos recuperar el orgullo, la conexión y la adhesión entusiasta a nuestro propio sistema»
Habla del poder de las instituciones, pero estas están formadas por personas. En el asalto al Capitolio, la actitud de Mike Pence fue determinante. ¿Depende todo de la heroicidad individual?
La actitud personal de cada uno es fundamental, pero no solo la de los que mandan. Mike Pence se la jugó ante un presidente muy agresivo y su papel fue decisivo, pero esa actitud debe ser compartida por la mayoría social. En España, por ejemplo, tenemos la tradición de incumplir los plazos en la renovación de órganos como el Tribunal Constitucional o el Consejo General del Poder Judicial. Si los ciudadanos fuéramos más exigentes e intolerantes ante estos incumplimientos, ninguna fuerza política se atrevería a hacerlo. Necesitamos un civismo democrático donde el incumplimiento de las reglas sea inaceptable.
¿Qué posibilidades reales tienen los ciudadanos de penalizar esos comportamientos más allá del voto cada cuatro años?
Tienen el poder de la opinión pública. El ciudadano influye con su participación en el debate colectivo y con su capacidad de crear una conciencia colectiva. Los ciudadanos son la pieza clave para que el sistema funcione correctamente.
«El ciudadano influye con su participación en el debate colectivo y con su capacidad de crear una conciencia colectiva»
En el libro afirma que no existe el «derecho a la mentira». Sin embargo, la desinformación parece una batalla perdida que socava la credibilidad institucional. ¿Cómo luchar contra esto?
Así es. No se puede vivir en común, ni en libertad, ni en democracia sin acceso a la verdad y a los hechos. La manipulación de los hechos está destruyendo la convivencia. Hay tres «agujeros negros» donde se pierde el sistema de libertades: la pérdida de la verdad, el ataque a los jueces —que son frágiles para defenderse de campañas orquestadas— y la altísima polarización. La polarización nos impide ver el bien común o la inteligencia en quien piensa diferente; la democracia siempre fue compartir el espacio público de manera inclusiva.
¿Cree que las plataformas digitales deberían ser responsables del contenido que publican, especialmente cuando sus algoritmos premian la confrontación?
Es un tema muy controvertido. Los algoritmos de estas plataformas potencian la confrontación porque genera más tráfico y, por tanto, mayor valor para la compañía. Generan beneficios en un mundo donde se potencia la confusión. Por ahora, el Tribunal Supremo —en una decisión que creo que debería revisarse— ha dicho que no pueden ser considerados editores tradicionales y que no son responsables de los contenidos si cumplen con ciertas obligaciones de moderación. Esta situación impide que se entienda la verdad y fomenta un sistema de relativización peligroso.
«La Constitución es la frontera que protege contra el abuso de poder»
Usted señala la tríada de Democracia, Constitución y Libertad como la base de nuestros sistemas. ¿Cuál es el eslabón más vulnerable hoy en día?
El eslabón más débil y, a la vez, el más importante es la Constitución. A veces parece una simple norma, pero es el gran instrumento protector y la pieza clave. La democracia es solo un procedimiento, una fórmula que respeta la soberanía popular, pero el fin último es la dignidad de la persona y la libertad. La Constitución es la frontera que protege contra el abuso de poder.
Para proteger la Constitución, ¿debería ser un objeto intocable o debe adaptarse?
Si la Constitución se petrifica, se vuelve inservible. Debe adaptarse a las necesidades sociales y a la evolución del derecho para servir a las generaciones futuras, siempre respetando sus contenidos esenciales. La Constitución española es poco flexible y requiere grandes consensos para ser reformada, lo cual me parece bien porque exige un acuerdo similar al que le dio origen. No es una roca, pero el proceso para cambiarla es muy garantista, exigiendo mayorías parlamentarias y referéndum. Creo que hay cuestiones que deben ser reformadas, pero siempre a través de ese consenso.
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