ENTREVISTAS

«Los partidos mejor equipados para combatir a la extrema derecha son los de centroderecha»

Fotografía

Piotr Malecki
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28
Sep
2021
Anne Applebaum

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Piotr Malecki

La periodista Anne Applebaum (Washington D.C., 1964) ha iniciado un movimiento heroico: luchar contra el auge del autoritarismo. Y lo ha hecho con la fuerza de la palabra y con el idealismo que debería guiar a esas élites que tienen la responsabilidad de buscar la verdad en el espacio público. En su reciente libro, ‘El ocaso de la democracia’ (Debate), la ganadora del Premio Pulitzer en 2004 nos describe el origen y la expansión del totalitarismo en el siglo XXI. Una amenaza que acecha a aquellos que han tenido la fortuna de nacer en democracias liberales más o menos consolidadas. En la obra, la autora emplea técnicas típicas del periodismo narrativo, del ensayo filosófico y del análisis empírico, pero lo narra en primera persona, compartiendo anécdotas privadas sobre su relación –en ocasiones de amistad– con la élite política conservadora. Habla de mujeres de la política que otrora fueron madrinas de sus hijos y que hoy se han convertido en miembros de una clerecía al servicio de ese mal que es el autoritarismo, y que se esparce a toda velocidad desde Rusia hasta Estados Unidos.


Las narrativas asociadas a las instituciones de la democracia liberal pueden llegar a ser aburridas. ¿Cómo podemos hacer que la institucionalidad sea algo ‘sexi’?

La pregunta es cómo comunicar en este nuevo mundo y qué tipo de lenguaje deberíamos utilizar, cuál es el que funciona. Se trata de ver cómo, utilizando este lenguaje, se pueden formar nuevas coaliciones de gente. En internet hay infinitas maneras de crear comunidades digitales y coaliciones de votantes. Esto es exactamente lo que ha logrado hacer la extrema derecha. Y ahora es una tarea pendiente del centroderecha y del centroizquierda. En las últimas elecciones de Estados Unidos, una de las cosas que hemos visto es que los demócratas han experimentado con el lenguaje y han apelado a la unidad y a la solidaridad –«estadounidenses juntos»–. Se han dirigido a los problemas concretos de la gente, como los trabajos o las infraestructuras, en lugar de centrarse en las guerras culturales. Han intentado devolver la conversación política norteamericana a la realidad, a cosas que todos podemos hacer juntos. De alguna manera, Biden ha triunfado, pero aún tiene dificultades para llegar a una porción significativa del público. En definitiva, hay que prestar atención a lo que están haciendo los demócratas en Estados Unidos, porque están pensando justo en esto: en qué lenguaje debemos utilizar para llegar a la gente, y cómo podemos lograr que los ciudadanos se centren en la vida real en lugar de en temas históricos y culturales que los republicanos están utilizando para dividir.

La reacción de la escritora Ana Iris Simón en el acto de presentación del documento España 2050 del Gobierno de Pedro Sánchez y el eco que tuvo en medios y redes fue un intento fallido de comunicar al público un ejercicio de complejidad. ¿Hasta qué punto la democracia liberal puede ofrecer narrativas convincentes a un electorado empobrecido y con pocas perspectivas de futuro?

Es muy difícil. Las conversaciones entre expertos, o conversaciones complejas, no tienen por qué compartirse con el público general para ser relevantes. No toda conversación ni estudio funcionan cuando se comunican a millones de personas. Hay que aceptar que los medios de comunicación que tenemos no están hechos para compartir narrativas complejas.

Uno de los problemas es que la secularización acelerada está llevando a la gente a buscar sentido en la política. ¿Cómo se manifiesta este fenómeno en Occidente?

«Nuestros medios de comunicación no están hechos para compartir narrativas complejas»

Una de las cosas que están pasando –y que no se está analizando lo suficiente– es cómo la secularización está dando lugar a una generación de gente que busca sentido en diferentes fuentes. Esto es muy dramático en Polonia, que era muy católica hace tan solo diez años y que ahora está experimentando uno de los procesos de secularización más rápidos de Occidente. Este fenómeno está creando una sensación de pánico en aquellos que van a la iglesia: creen que están perdiendo, desapareciendo, que ya no son parte de la sociedad. Esa sensación de que se han quedado fuera la podemos ver en diferentes comunidades tradicionales. Y ese sentimiento, además de pánico, provoca en la vida de la gente un vacío que intenta rellenar de otras maneras, a través de la política, por ejemplo. Es una de las cosas que está provocando la extrema ideologización de la política en tantos lugares. Si miras al fenómeno de QAnon en Estados Unidos es exactamente esto: sus integrantes pertenecen de nuevo a una comunidad, tienen amigos otra vez…

¿Hay alguna manera de que el centroderecha defienda la familia y la religión de una manera que no resulte radical?

Está claro que los partidos mejor equipados para batallar contra la extrema derecha son los de centroderecha. Estos aún pueden llegar a los votantes tradicionales que se sienten alienados en un contexto de secularización. Pueden ofrecerles un sentido y un lugar en el contexto de una sociedad en constante cambio. Dar a las personas la sensación de que no están perdidas en una sociedad que se está modernizando a toda velocidad es muy importante.

Algunos expertos señalan que el Partido Republicano en Estados Unidos está viviendo una regeneración, recuperando el verdadero conservadurismo en la era pos-Trump.

Estoy totalmente en desacuerdo. No veo al Partido Republicano regenerándose de ninguna manera. Sin embargo, si miras lo que está pasando en el Congreso, el autoritarismo y el trumpismo están reemplazando cualquier atisbo de verdadero conservadurismo. Lo más extraordinario –y no sé si se puede extrapolar a España– es que el Partido Republicano y los medios conservadores se han sumado al movimiento anti-vacunas. Y lo están haciendo porque quieren que la Administración de Biden fracase en la gestión de la pandemia para poder ganar las elecciones en 2022 y 2024. Esto significa que el Partido Republicano está incentivando muertes en Estados Unidos con el objetivo de ganar. Y esto lo vemos en los estados dominados por los republicanos, donde la gente se está vacunando menos. ¡Se alegran de que sus propios votantes mueran! Por tanto, no creo que esté viviendo una regeneración, sino que está caminando en dirección opuesta. Aún estoy en contacto con un par de republicanos del Congreso que muestran su profunda frustración con lo que está pasando.

También nos encontramos con una epidemia de soledad en Occidente. ¿De qué manera se vive esta soledad en Estados Unidos frente a Europa?

«Al sumarse al movimiento antivacunas, el Partido Republicano está incentivando muertes en Estados Unidos para ganar las próximas elecciones»

En Estados Unidos el fenómeno es claramente visible. Un estudio reciente mostraba que las personas tienen menos amigos que antes. La gente se mueve mucho, cambia mucho de trabajo, no forma parte de una familia o de una comunidad, como ocurría hace veinte o treinta años. En este sentido, el desarraigo y la falta de pertenencia están nutriendo los nuevos fenómenos políticos. Tuve una discusión con David Brooks [periodista del New York Times y la PBS] sobre esto hace un par de semanas. Él piensa que la soledad –el aislamiento de la gente– es el principal problema de la política norteamericana, pero yo sigo pensando que los cambios en el proceso de comunicación pública y las redes sociales son un problema mayor, porque modifican radicalmente la manera en la que las personas hacen política.

¿No crees que en el caso de España la extrema izquierda ha hecho un mejor trabajo que Vox a la hora de conquistar la política utilizando estas nuevas reglas del juego?

Absolutamente. Ahora mismo estamos en el momento de la extrema derecha porque está haciéndolo muy bien en muchos países. Pero por supuesto que estas reglas pueden ser explotadas por la extrema izquierda. Si miras el lenguaje y las técnicas que utilizó Hugo Chávez en Venezuela para erosionar la democracia, estas son exactamente iguales que las empleadas por Viktor Orbán en Hungría. Es sorprendente que la extrema izquierda no haya tenido más éxito en otros países de la Unión Europea. Es cierto que tenemos la extrema izquierda en España, pero Jeremy Corbyn en el Reino Unido trató de utilizar este lenguaje sin ningún recorrido, entiendo que por razones históricas.

En este escenario de extremismo político, ¿hasta qué punto los partidos tradicionales de centroderecha y centroizquierda se ven obligados a adoptar algunas de estas reglas para sobrevivir? Por ejemplo, está la tentación constante de politizar las televisiones públicas. Pedro Sánchez lo hizo. Isabel Díaz Ayuso lo está haciendo ahora. ¿Cómo podemos convencer a los partidos tradicionales de que respeten la institucionalidad, aunque vaya en contra de sus intereses?

«La sensación de haberse quedado fuera genera un vacío que la gente trata de rellenar a través de la política»

Es una cuestión tremendamente difícil. Las televisiones públicas son una de las instituciones en torno a las cuales los partidos deberían unirse. En muchos países –no en todos–, estas cadenas han tenido un estatus especial y han disfrutado de la confianza del público. Un ejemplo es la BBC, que tiene un gran potencial para combatir la desinformación y la propaganda de los partidos y de ciertos intereses y grupos. Hay que convencer a los Gobiernos de que hay que respetar su independencia. Una vez que se politizan y se convierten en aparatos del Gobierno, pierden la confianza del público y su influencia. En Polonia lo hemos vivido ya: la televisión se convirtió en un aparato de propaganda del Gobierno y vimos cómo su progresiva deslegitimación bajó los índices de audiencia. Los Gobiernos sufren, en consecuencia, parte de esa pérdida de poder.

La prensa libre ha sido en la democracia representativa la principal arma frente a los abusos de poder. En esta democracia posmediática que nos ha tocado vivir, ¿cuál crees que es la influencia de los medios independientes en la esfera pública? 

Son mucho menos influyentes de lo que fueron. Y hay cosas buenas y malas derivadas de ello. El fin del monopolio de los medios tradicionales ha permitido la incorporación de nuevas voces e ideas, pero también ha generado el desorden y el caos. Estamos en la era de la posverdad, que no solo afecta a la política, sino a la salud pública y a la economía. Ahora la gente es incapaz de saber qué es verdad y qué es mentira. El abuso de la psicología humana y de cómo las personas reaccionan a las cosas que llegan a sus teléfonos es deliberado. Comenzó con los rusos y ahora se está utilizando por todo el mundo. Esta es la principal amenaza a la democracia.

¿Eres optimista con la posibilidad de que los demócratas aprueben una nueva regulación para minimizar la amenaza de la desinformación, sobre todo después del nombramiento de Lina Khan al frente de la autoridad reguladora de las comunicaciones en Estados Unidos?

Estos nombramientos apuntan hacia la ruptura del monopolio de las plataformas tecnológicas. Lina Khan y otros han sido muy firmes sobre la necesidad de romper con el monopolio de Facebook y Google. Puede ser bueno, y puede que exista un apoyo de los dos grandes partidos, pero me preocupa que no sea suficiente. Romper con el monopolio de las grandes plataformas puede que no sea la solución al problema fundamental. Es necesario que los Gobiernos presten más atención a cómo funcionan los algoritmos. El problema no es tanto el contenido, sino la manera en que estos algoritmos lo distribuyen, utilizando las emociones, como el miedo y la ira. También confío en que los Gobiernos comiencen a desarrollar soluciones alternativas en las redes, algo como redes sociales de servicio público que favorezcan buenas conversaciones. El papel de la Unión Europea será determinante en el devenir de estos temas.

¿Cuál está siendo la influencia de los intereses privados en la política y en la opinión pública?

«Las televisiones públicas son una de las instituciones en torno a las cuales los partidos deberían unirse»

En Estados Unidos hay, ahora más que nunca, compañías y personas tan ricas que influyen en la esfera pública de la manera en que más les beneficia. No hay nada nuevo: las grandes empresas siempre han tenido voz en la política y en las políticas públicas, pero la última vez que tuvimos una gran desproporción entre lo que quería un grupo reducido de compañías y el resto del mundo fue a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando los grandes conglomerados fueron divididos durante la presidencia de Theodore Roosevelt. Algo similar a esto se está produciendo con Joe Biden. No es que no queramos que existan compañías ricas –tienen una clara función en la sociedad–, sino que algunas de ellas tienen una influencia desproporcionada. Y la Administración Biden está muy interesada en cambiar esto.

Has vivido entre Estados Unidos, el Reino Unido y algunos países de la Unión Europea. ¿Dónde te encuentras más feliz? ¿Dónde te gustaría que vivieran tus hijos? 

Mis hijos han nacido en Polonia, han ido al colegio en el Reino Unido y a la universidad en Estados Unidos. Yo misma me siento ciudadana de Occidente y soy feliz tanto en Estados Unidos como en Europa. En cada región veo las dificultades existentes, pero también los beneficios. Lo que quiero es que mis hijos puedan moverse entre diferentes sitios como he hecho yo. No sé si fenómenos como el brexit se lo permitirán. Sin embargo, veo que muchos de sus amigos nacidos en Polonia se sienten europeos y están muy cómodos moviéndose por el continente. Algo que sus padres encuentran difícil de entender. Por eso espero que el sentido de europeísmo, de sentirse parte de la comunidad democrática occidental, continúe en el futuro.

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