Místicas
La mística amorosa es, desde su eclosión en época medieval, un género femenino que nace para contar la vivencia de las almas anonadadas.
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La mística amorosa es, desde su eclosión en época medieval, un género femenino que nace para contar la vivencia de las almas anonadadas. Las mujeres desde entonces han escrito sus caminos personales de ascenso a la luz divina, su gozoso padecer de caída en Amor, su experiencia unitiva con el universo. A través del lenguaje poético, hacen de la espiritualidad más íntima e interior una vía legítima de conocimiento de Dios. Desde el principio, las místicas han vivido su religiosidad al margen del canon de la teología y han escrito liberadas de la ley de la razón, que rompe y limita el mundo en estructuras de opuestos de imposible reunión. La artista visionaria Hilma af Klint lo expresó de este modo en sus cuadernos: «Quiero entender las flores. Quiero entender el polvo. Soy uno y el mundo. El átomo soy yo y el mundo. Ambos somos indivisibles».
Para las místicas, cuerpo y alma no son cosas separadas, sino un todo que resuena ante el llamado de Dios. No existen distinciones entre adentros y afueras; usan la intuición y la apertura sensible a lo sagrado exterior en lo hondo de sí mismas, desde el lugar más profundo de su alma y sus entrañas. Porque el pensamiento lógico no alcanza para decir eso, la figura esencial de la literatura mística es la paradoja, la reunión de contrarios en confusión primordial. Deshacer el yo en el caos del amor, aniquilarse en lo otro, devenir uno: ese es el deseo que impulsa la aventura mística y es también el lugar último donde culmina.
Para las místicas, cuerpo y alma no son cosas separadas, sino un todo que resuena ante el llamado de Dios
Simone Weil escribió en sus cuadernos: «Ojalá supiera desaparecer, se daría la unión de amor perfecto entre Dios y la tierra en la que camino, en el mar que oigo…». En la razón mística, donde todo es nada, la disolución del yo coincide con un estado que es a un tiempo primigenio y terminal. Porque nacemos, existimos y morimos en un mismo vacío, la vuelta al instante previo de la creación se confunde con la imagen del fin del mundo; Hadewijch van Antwerpen lo expresó así en estos versos: «En la intimidad del Uno, las almas son puras, / desnudas, sin imagen ni fisura, / liberadas del tiempo, increadas, / sin límites en el espacio silente». Simone Weil lo llamó decreación y lo dijo de este modo: «Desear que el mundo no exista es desear que yo, tal como soy, lo sea todo». Deshacerse de sí misma y regresar sin el yo a ese todo primordial que se llama Dios.
El viaje-fusión-en-Dios empieza en las mujeres con una quiebra vital, con un momento de crisis que despierta la añoranza de la unidad primigenia. Duelos importantes, como la muerte de un hijo, de un padre o de una madre, el ingreso de sus vidas en la edad madura, la enfermedad dolorosa, un familiar que se apaga o una inmensa soledad son las grietas que despiertan en la conciencia el sentimiento de exilio, la expulsión del paraíso, el anhelo de reunirse con el uno originario. La nostalgia de fundirse con el universo recibe el nombre de Dios y Amor es su respuesta. Anne Carson, aplastada por la senectud del padre, escribe en Tipos de agua: «Yo era una persona bloqueada. Había tocado fondo. Algo tenía que romperse. Recé y ayuné. Leí a los místicos. Estudié a los mártires. Empecé a pensar que de alguna manera anhelaba a Dios. Y después conocí a un hombre que me habló de la peregrinación a Compostela». Carson hace el camino de Santiago doblada por el anhelo y con su cuerpo en llamas. La autora afirma que el final del camino no es importante; yo creo que sí lo es: lo que descubre cuando el viaje termina es que a veces la vida se convierte en una cascada de luz aterradora y que nada puede hacerse, excepto escribirla. Esa es la tarea que, a lo largo de los siglos, nos vienen ofrendando las autoras místicas.
Este texto es un extracto de ‘Místicas’ (Wunderkammer, 2025), de Begoña Méndez.
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