Andrew Brooks
«A todo el mundo le gusta una historia ‘clickbait’»
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COLABORA2026
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Cada vez que cambia la agenda informativa y un ‘temazo’ deja paso a otro, circula por redes sociales un meme. Es una foto de un jubilado que bebe café frente a un ordenador mientras se dice que ha llegado el momento de dejar de ser experto en el tema X para serlo del tema Y. En este contexto acelerado, hay que saber de todo a velocidades demenciales, porque nos hemos acostumbrado a las opiniones tajantes. El geógrafo Andrew Brooks cree que vivimos en un mundo lleno de idioteces que se camuflan en los titulares o las opiniones de tertulianos, políticos y similares y se infiltran en nuestro pensamiento cotidiano. Son falacias comparativas o «sandeces», que se sitúan en tierra de nadie, como cuenta en ‘Idioteces’ (Barlin). «Vivimos en un mundo en el que se ha roto, en cierto modo, la antigua división binaria entre la verdad y la mentira», explica. Las cosas se sitúan así en una «zona de incertidumbre».
En el libro hablas de cómo Tony Blair y su equipo ya usaban las idioteces como gancho en los años 90. ¿Es algo que viene de antes y las redes sociales han hecho que sea más prevalente?
Las redes sociales amplifican la oportunidad de enfrentarse a contenidos que pueden ser reales, convincentes, pero que a menudo tienen una perspectiva errónea. En contraste con los medios tradicionales, no tienes el nivel de responsabilidad, de control editorial, de autoridad y reputación. Genera una plataforma en la que la gente puede llegar a audiencias amplias con sus noticias muy fácilmente. Esto es bueno a veces, porque permite contar historias que de otro modo no hubiesen llegado a un público amplio. Pero, en paralelo, posibilita, usando la cita de Steve Bannon, inundarlas de mierda, un contenido que ocupa espacio en la conversación. Pienso que las redes sociales lo amplifican. Y a todo el mundo le gusta una historia clickbait, algo que es convincente y te hace sentir inteligente cuando se lo cuentas a otros, aunque en ocasiones es algo sin fuentes y ambiguo.
«Toda la información está ahí fuera, pero necesitamos a alguien que nos ayude a organizarla»
¿Está la crisis del periodismo haciendo que la era de las idioteces sea más prevalente? ¿Le facilita las cosas?
Incluso en los que podríamos llamar «periódicos de calidad» en Reino Unido cada artículo secundario es una entrevista amable sobre un libro, o un chef famoso, no es realmente periodismo de investigación. No es alguien viajando a una zona en guerra para entrevistar a la gente o investigando sobre la contaminación. A menudo son temas relacionados culturalmente, con un compromiso superficial, en lugar de temas de política, medio ambiente o ciencia. Pienso que, incluso dentro del periodismo mainstream, se va en una dirección de historias amables frente a las hard news y de historias que han sido mediadas para convertirse en una suerte de producto de consumo. Lo que es realmente preocupante es, pienso, el modo en la profesión de periodismo ha sido eviscerada, cómo ha perdido su autoridad y poder, porque la gente no quiere pagar por la información. Espera que sea gratis. Y es gratis si se sostiene con anuncios o si alcanzas cierto engagement, para lo que pones de protagonista a una voz famosa, haciendo algo sensacional. Esto empuja hacia al sensacionalismo más que hacia un periodismo lento y meditado. Es preocupante. No soy un experto en medios, pero diría que esto antecede a la tendencia de las redes sociales, porque había formatos como las entrevistas largas que ya no existen tanto ahora. Los márgenes de atención se han reducido.
Una de las cosas que evidencias en el libro es que empleamos metáforas todo el rato. Reconozco su atractivo cuando estás escribiendo, pero ¿es este uso excesivo en realidad vagancia, tanto cuando escribimos como cuando leemos?
Las metáforas son herramientas poderosas y útiles para abordar la complejidad y dejarla en algo accesible y consumible. En Reino Unido, se usa frecuentemente la del gobierno comparando la situación de la economía nacional con el presupuesto de una casa, cuando los dos sistemas son incomparables, para hablar de por qué no deberíamos gastar mucho en deuda nacional. Todo el mundo lo entiende, pero en realidad no existe ese tipo de paralelismo. El uso cuidado y selectivo de una metáfora puede distorsionar la imagen y ser un tropo comparativo, que, aunque accesible y atractivo para quien escribe y su audiencia, no comunica de forma efectiva el mensaje.
También evidencias en Idioteces que lo descontextualizamos todo. ¿Cómo es esto un problema cuando hablamos de política, especialmente en los medios? Porque parece que todo el mundo debe tener grandes opiniones sobre todo, incluso cuando no sabemos nada sobre ese tema. En el libro hablas de cómo la comparación entre la presencia de China en África y el colonialismo europeo es fallida.
En el caso específico de cómo se compara el compromiso geopolítico de China en África con los proyectos colonialistas europeos del siglo XIX y principios del XX, creo que es problemático porque siento que mucha gente no es consciente de que el colonialismo tuvo un elevado número de impactos negativos. Esclavitud, plantaciones, degradación de la cultura local, el establecimiento de fronteras nacionales, la extracción de riqueza y minerales… Estas son cosas razonablemente bien documentadas y comprendidas. China está teniendo un importante impacto en los países subsaharianos hoy, pero no es comparable. No están esclavizando a gente, haciendo guerras o metiendo a personas en la cárcel. Están teniendo agencia económica y control y están influyendo en gobiernos, empujando la destrucción de entornos naturales a través de proyectos económicos. Pero no podemos hablar de colonialismo en el mismo registro que lo usamos para los poderes europeos del siglo XIX y XX. Pienso que hay un elemento de xenofobia o de sentimiento anti-chino en Europa y Norteamérica, al situarlos como similares. Y al hacerlo diluimos el impacto negativo que los europeos tuvieron en África y, pienso, exageramos el que China está teniendo. He hecho mucho trabajo de campo en África y he visto de primera mano los impactos negativos de algunas inversiones chinas. No disputo eso en absoluto y soy muy crítico con ello, pero creo que meterlo en el mismo saco que el colonialismo europeo es problemático. Y dice más de nuestra falta de memoria.
«A veces tomamos las opiniones sociales y las convertimos en números y las tratamos como un hecho»
En dos capítulos del libro hablas de cómo los datos no se usan de forma correcta, sino para vender una historia. Un ejemplo es del Mozambique, que era un ejemplo maravilloso de cómo las cosas podían ir bien. Y no lo era. Otro es el Dieselgate. ¿Estamos en un momento en el que no podemos fiarnos de los datos? ¿Estamos en medio de una tendencia en la que selecciona los mejores números y se les hace contar las historias que queremos que cuenten?
La alfabetización en datos y la aritmética son realmente importantes. La habilidad de usar datos con confianza y correctamente es sustancial, pero también para retar y analizar de forma crítica el uso que hacen de ellos. Usar múltiples fuentes es a menudo un proceso aburrido, pero al hacerlo se mira más allá de los números, tomando medidas cualitativas y cuantitativas de la sociedad. No estoy en contra del uso de los datos, pero soy muy consciente de que las cifras pueden ser manipuladas. Las personas que trabajan con números para elaborar políticas públicas deben ser responsables, cuestionando el origen de esos números, calibrándolos y no usando solo un conjunto de datos, y pensar qué están tratando de medir.
¿No será al final que tenemos un problema de alfabetización matemática? Cuando nos cruzamos con un informe que dice algo asumimos que son hechos porque las matemáticas no mienten. Pero los números pueden decir muchas cosas. ¿Cómo nos educamos como sociedad para entender qué significan realmente los datos?
Casi todos los números son producidos socialmente. Con esto me refiero a que, si es una puntuación o un ranking, a veces cogemos una opinión y la convertimos en números. Luego parece un hecho. Hacemos una encuesta sobre si estuvo un día agradable y el 50 o el 80% de la gente dice que sí, así que es ya un hecho que hizo bueno. No es un hecho, es la opinión que tuvo la gente sobre eso. Un hecho sería más bien si miramos la velocidad del viento, la lluvia, las horas de sol o la temperatura, lo que nos daría una medida factual sobre cómo de bueno fue el día. A veces tomamos las opiniones sociales y las convertimos en números y lo tratamos como un hecho positivista. La gente no es consciente de que hay un proceso de construcción social. Volviendo al tiempo, si quieres saber si fue un buen día puedes preguntar a la gente, puedes mirar los datos meteorológicos y puedes llegar a conclusiones distintas. Si le preguntas a la gente serán datos construidos socialmente y no científicos. No es que sean menos valiosos, pero debes deconstruirlos para abordarlos de forma crítica.
En redes sociales, nuestras obsesiones se convierten en la tendencia que lo impacta todo. En España es la Guerra Civil. Todo se lee en esa clave. En el libro hablas de cómo Reino Unido está obsesionado con la Segunda Guerra Mundial y cómo era el país entonces, el «espíritu del Blitz». ¿Por qué estamos leyendo todo en claves del pasado, usándolo para entender nuestro presente?
En Reino Unido se ve de un modo muy simplista de buenos contra malos. Nadie puede negar la barbarie extrema del Holocausto o el horrendo impacto del nazismo sobre la sociedad europea, lo terrible que fue. Pero la idea de que Gran Bretaña era inequívocamente buena niega el rol de las fuerzas coloniales y las colonias en el fortalecimiento de Reino Unido. A un nivel más amplio, pienso que este es un mito que reconforta a la gente, de nostalgia. Hay un grado de etnonacionalismo blanco en ello, porque, repito, se malinterpreta el período como una especie de guerra europea y entre europeos sin pensar en la contribución en el conflicto y su resolución de las colonias y las personas de color. Es un sabor particular de nacionalismo y una nostalgia concreta. Incluso alguien como Winston Churchill, que es ensalzado por toda la sociedad británica, tiene un pasado oscuro en términos de su propio papel en el colonialismo y las atrocidades durante diferentes períodos del conflicto, como la hambruna en India y Bengala. Me parece bastante inquietante que sea un mito nacional muy parcial. También creo que hay un elemento de edad en ello, que orienta la sociedad hacia la gente de más edad de un modo que no es necesariamente saludable. Es un sentimiento de que los valores de las generaciones más ancianas son más importantes de preservar y de proteger que abrazar los más abiertos y liberales de las generaciones jóvenes.
«Es muy importante retar a la gente en el debate»
Después de todo lo que hemos hablado, si tuviésemos que crear una vacuna contra las idioteces, ¿deberíamos ser más críticos con la información que recibimos? ¿Es esta la llave para sobrevivir en este contexto?
Sí, creo que es muy importante retar a la gente en el debate y aportar a la conversación los datos propios, especialmente con los líderes populistas. No darles continuamente terreno libre, proponiendo siempre narrativas alternativas. Siento que existen cosas que deberíamos hacer. Necesitamos pivotar en términos de medios, posiblemente pagando más por nuestros medios y nuestras noticias, y llegar a la información a través de vías más robustas. No tiene que ser mucho, pero podría ser parte de la solución. Existe un riesgo con la inteligencia artificial y las redes sociales, a que haya una inundación de información y datos y que el trabajo bien investigado y con buenas evidencias se pierda en el medio. ¿Cómo curamos ese conocimiento? Pienso que, probablemente, en el futuro el rol de los curators del conocimiento será más importante. Es un rol que deberíamos valorar más socialmente. La gente que tiene esas posiciones editoriales, que gestiona los datos. El rol de la prensa de prestigio es transcendental. Cómo lo preservamos y cuánto pagamos por ello es muy importante.
Eres optimista. ¿No crees que vayamos a acabar sepultados bajo toneladas de idioteces?
Soy un profesor de universidad. Nadie necesita venir a clase porque podrías sentarte ante YouTube y ver gratis a gente que es mejor que yo o más prestigiosa. Toda la información del mundo está ahí. Pero la gente aún quiere venir a la universidad, quieren estar en un entorno en el que interactúan con otros estudiantes, se valora su trabajo, reciben credenciales y les ponen notas. Quieren a alguien que les ayude, que los guíe entre toda la información y que los evalúe. Pienso que es lo mismo con la información. Toda la información está ahí fuera, pero necesitamos a alguien que nos ayude a organizarla, a extraerla. La gente no dejará de ir a la universidad, a pensar de la IA y todo eso, incluso si no lo necesitas como hace 100 años.
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