Territorio y comunidad: el valor de lo pequeño
Defender el territorio es también defender la comunidad que lo habita, cuidarla y fortalecerla. Porque solo desde comunidades cohesionadas podremos garantizar un futuro vivo y sostenible para nuestros pueblos.
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Vivir y gobernar en un municipio pequeño ofrece una perspectiva muy clara sobre la relación entre territorio y comunidad. Los pueblos no son solo un espacio físico o una división administrativa; son, ante todo, una red de personas que se conocen, se reconocen y se necesitan. Esa cercanía genera una sensación de casa común, de equipo, que no surge de manera automática, pero que cuando se trabaja se convierte en una enorme fortaleza colectiva.
En los municipios de menor población se respira una cultura de cooperación que forma parte de nuestra identidad. Aquí las cosas no funcionan desde la distancia ni desde el conflicto permanente, sino desde la colaboración. Los ayuntamientos tenemos una responsabilidad clara: trabajar para que la sociedad no se fracture, evitar la crispación y reforzar los vínculos que nos unen. En los pueblos, la política y la gestión pública van de personas, de miradas directas y de problemas compartidos. Por eso, la búsqueda de consensos y soluciones comunes no es una opción, sino una necesidad cotidiana.
Los pueblos son, ante todo, una red de personas que se conocen, se reconocen y se necesitan
La comunidad se construye con acciones concretas. Un buen ejemplo son las políticas dirigidas a las personas mayores. Fomentar actividades para este colectivo no solo contribuye a un envejecimiento activo y saludable, sino que combate la soledad no deseada y refuerza el sentimiento de pertenencia. Sacar a las personas mayores de sus casas, facilitar espacios de encuentro y participación, es también una forma de devolverles todo lo que han aportado a nuestros pueblos a lo largo de su vida.
Otro pilar fundamental de la comunidad rural es la escuela. La comunidad educativa en el medio rural es diversa, cercana y profundamente colaborativa. Las familias participan activamente en los proyectos educativos, se implican en el día a día del centro y entienden la escuela como un espacio compartido. Esta implicación genera vínculos sólidos y crea una verdadera comunidad alrededor del aprendizaje, algo que resulta más sencillo en entornos donde todos se conocen y se sienten parte de un mismo proyecto.
Esa solidaridad cotidiana, discreta y constante, suple muchas carencias y demuestra que la comunidad no es solo un concepto, sino una forma de actuar
En los municipios pequeños, además, la comunidad se expresa con especial claridad cuando los recursos y los servicios no llegan con la misma facilidad que en otros territorios o, sencillamente, no existen. Ante esa realidad, no esperamos siempre a que la solución venga de fuera. Son los propios vecinos y vecinas quienes, de manera natural, comparten lo que tienen, ofrecen su tiempo, su conocimiento o sus medios sin necesidad de que nadie lo pida. Esa solidaridad cotidiana, discreta y constante, suple muchas carencias y demuestra que la comunidad no es solo un concepto, sino una forma de actuar. Hacer equipo en los pueblos significa poner lo mejor de cada uno al servicio del conjunto, entender que el bienestar común se construye desde la corresponsabilidad y el compromiso compartido.
Estos valores —cooperación, cercanía, corresponsabilidad— son más fáciles de poner en marcha en los municipios pequeños, pero no por ello menos valiosos. Al contrario: son una referencia para afrontar los retos sociales actuales. Defender el territorio es también defender la comunidad que lo habita, cuidarla y fortalecerla. Porque solo desde comunidades cohesionadas podremos garantizar un futuro vivo y sostenible para nuestros pueblos.
Tania Solans es alcaldesa de Esplús y presidenta de la Comisión de Municipios de Menor Población de la FEMP.
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