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Luis de la Fuente

España, el Mundial y la sinfonía del hombre tranquilo

De la Fuente heredó la tradición de Aragonés y Del Bosque, le añadió verticalidad y encontró en Rodri al intérprete clarividente de su obra en un campeonato imponente.

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20
julio
2026

Dieciséis años después de Sudáfrica, la segunda estrella tiene una autoría compartida que estructura la proeza en nombre de un compositor (Luis de la Fuente) y de un director de orquesta (Rodri). El seleccionador concibe la obra –la arquitectura, los movimientos, la dinámica– y el mediocentro la dirige desde el foso del césped, marcando los tiempos, corrigiendo las entradas de los músicos, decidiendo cuándo el fraseo exige pausa y cuándo reclama un acelerando que rompa al adversario. La obra no existe sin el papel pautado, pero tampoco suena sin la batuta. Uno diseña el plan. El otro lo convierte en música.

El compositor representa el hombre tranquilo. Como el personaje de John Ford, aunque su retiro no sea irlandés sino la meseta emocional de Logroño, esa flema riojana que ha resultado el mejor antídoto contra la grandilocuencia y contra el ruido. De la Fuente pertenece a la estirpe escasa de los entrenadores que gobiernan desde la quietud, convencidos de que el trabajo verdadero se hace antes, en la liturgia de los entrenamientos, lejos de la histeria gesticulante de la banda.

Y la metáfora regala un matiz que la final se encargó de subrayar: Rodri no pudo terminar el concierto. Abandonó el podio exhausto, vaciado, cuando la sinfonía ya estaba encarrilada hacia su resolución, como esos directores que se dejan la salud en el foso porque entienden la interpretación como un acto de entrega física además de intelectual. Hasta ese momento había sido lo que ha sido durante todo el Mundial, el eje clarividente del equipo. El cerebro. El punto de equilibrio entre el balance defensivo y el ofensivo, esa bisagra invisible que decide cuándo España debe custodiar la pelota y cuándo debe herir con ella. No hay jugador en el mundo que lea mejor las dos fases del juego ni que las cosa con mayor naturalidad. Su agotamiento final no fue una flaqueza sino la prueba del sacrificio, se retiró habiendo dejado la obra resuelta.

De la Fuente pertenece a la estirpe escasa de los entrenadores que gobiernan desde la quietud

Podría decirse también, en clave jurídica, que Rodri ha ejercido de albacea. Porque De la Fuente no ha inventado nada de la nada, sino que ha recogido una herencia. La tradición balompédica que fundó Luis Aragonés contra el escepticismo ambiental y que Vicente del Bosque administró con su señorío salmantino. Una tradición que cuida la pelota, que entiende la posesión no como un adorno sino como una forma de dominio y hasta de higiene defensiva: mientras el balón es nuestro, no puede ser una amenaza.

De la Fuente ha aceptado el legado y le ha añadido su propia cláusula de la verticalidad. Esta España no acaricia el esférico por narcisismo ni se recrea en la circulación horizontal como quien pasea por un museo. Esta España conduce la pelota hacia adelante, busca la espalda de las defensas, libera a los extremos –Lamine Yamal, Nico Williams– para que el toque desemboque en puñalada. Es el tiki-taka con instinto asesino, si se me permite la herejía terminológica.

Los números del torneo describen la ambición y desmienten cualquier sospecha de especulación. España ha sido el equipo que mejor ha jugado y, al mismo tiempo, el que mejor ha defendido (un solo gol encajado en todo el Mundial). La estadística desactiva el viejo dilema entre el espectáculo y el cerrojo, entre el arte y el oficio. Se puede ser vistoso y hermético. Se puede tener la pelota y tener el orden. Precisamente porque la posesión, bien entendida, es la primera línea defensiva, y porque detrás de ella opera una estructura –Unai Simón, la pareja de centrales, el rigor posicional que Rodri administra como un gendarme ilustrado– que convierte cada pérdida en una emergencia de segundos, no de metros.

Esta selección ha resuelto la vieja tensión entre el individuo y el colectivo a favor del equipo

La final contra Argentina fue el resumen ejecutivo del proyecto. Enfrente estaba el campeón vigente, la mística de Messi en su última función mundialista, el aliento de un país que entiende el fútbol como religión de Estado. Argentina compareció con el solista más extraordinario de su época; España le opuso un coro. Porque esta selección ha resuelto la vieja tensión entre el individuo y el colectivo a favor del equipo: no hay divos aunque abunden los virtuosos, hay atriles, y hasta Lamine Yamal, que podría reclamar todos los focos, entiende que su talento vale más cuando suena dentro de la polifonía. Y España sometió el partido a su idioma coral. Lo dominó con paciencia, lo estranguló sin pelota cuando hizo falta y lo resolvió en la prórroga con el gol de Ferran Torres, culminando una jugada que llevaba la firma doctrinal del seleccionador: centro de Pedro Porro, prolongación de Nico Williams, aparición del delantero en el lugar exacto. El uno a cero no fue un marcador corto sino un marcador justo, casi pedagógico, la mínima expresión de una superioridad máxima.

De la Fuente celebró sin aspavientos, con la sonrisa contenida de quien ya sabía. Fue ninguneado cuando llegó al cargo, cuestionado por su pedigrí de entrenador de canteras, tratado como un interino de lujo. Ha respondido con una Eurocopa, una Nations League y ahora un Mundial, que es la respuesta más contundente que cabe en el fútbol. Su mérito consiste en haber comprendido que España no necesitaba una refundación sino una actualización, respetar la escritura de Aragonés y Del Bosque añadiéndole velocidad, profundidad, descaro juvenil.

Ahí seguirá Rodri, cuando recupere el aliento, para dirigir la próxima obra, porque las partituras de esta selección pueden interpretarse durante generaciones. El fútbol, ejecutado así, no es solo un deporte, es una forma superior de armonía. España, otra vez, campeona del mundo.

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