¿Puede enseñarse la compasión?
Nunca hemos hablado tanto de bienestar emocional y, sin embargo, pocas veces nos preguntamos cómo responder al sufrimiento de los demás.
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No es lo mismo comprender el sufrimiento que aliviarlo. No es lo mismo decir «lo siento mucho» que preguntar «¿qué puedo hacer por ti?» y hacerlo. Cuando un amigo atraviesa un momento difícil, la compasión no se queda en las palabras. Implica escucharlo, abrazarlo, preparar una comida, acompañarle a una cita médica o quedarse a su lado cuando más lo necesita. Nunca hemos hablado tanto de bienestar emocional y, sin embargo, pocas veces nos preguntamos cómo responder al sufrimiento de los demás. Sabemos identificar emociones, pero no siempre sabemos cómo actuar ante ellas. Además, la compasión no es fácil practicarla en esta sociedad. Vivimos en una cultura que premia la rapidez, la productividad y la eficiencia, mientras que la compasión requiere tiempo, atención, escucha y presencia.
Es importante distinguir entre empatía y compasión. La empatía es la capacidad de comprender y conectar con las emociones de otra persona; nos permite ponernos en su lugar y reconocer su sufrimiento. La compasión, en cambio, añade un componente activo: la motivación de aliviar ese sufrimiento. No se limita a sentir con el otro, sino que lo impulsa a responder de manera útil y cuidadosa. Pero la compasión no debe entenderse como sentimentalismo, lástima o paternalismo, sino como una apertura al dolor ajeno que permite estar presentes sin invadir. Como señala el psicólogo Paul Gilbert, la empatía y la compasión son complementarias. La primera ayuda a comprender; la segunda mueve a cuidar. Cuando ambas se integran, favorecen relaciones más humanas y cooperativas.
Esta diferencia no es solo teórica. Las investigaciones de Tania Singer muestran que la empatía activa las redes del dolor compartido, mientras que la compasión activa sistemas relacionados con el cuidado, la afiliación y la conducta prosocial. Por ello, la empatía por sí sola puede generar agotamiento emocional, mientras que la compasión favorece la resiliencia y protege tanto a quien recibe ayuda como a quien la ofrece.
La compasión no debe entenderse como sentimentalismo, lástima o paternalismo, sino como una apertura al dolor ajeno
La compasión no se dirige solo hacia el otro. También puede dirigirse hacia uno mismo. La psicóloga Kristin Neff ha mostrado que las personas que son compasivas con los demás suelen ser también capaces de tratarse con humanidad cuando cometen errores, fracasan o atraviesan momentos difíciles. Esto no significa justificarse ni evitar la responsabilidad, sino dejar de añadir crítica, culpa o dureza innecesarias al sufrimiento que ya existe. La autocompasión implica reconocer la propia vulnerabilidad con la misma comprensión que ofreceríamos a un amigo.
Existe una idea muy extendida según la cual la compasión es un rasgo de personalidad y que algunas personas serían compasivas por naturaleza y otras no. Sin embargo, la investigación neurocientífica cuestiona esta creencia. La compasión puede entrenarse y desarrollarse a lo largo de la vida, por lo que no debe considerarse únicamente una disposición innata, sino una capacidad que puede cultivarse en la escuela, la universidad o el ámbito profesional.
Según Gilbert, creador de la Terapia Centrada en la Compasión, esta capacidad se desarrolla mediante prácticas concretas como aprender a dirigir la atención, cultivar el mindfulness, regular las emociones, practicar la amabilidad, fortalecer las relaciones sociales, cuidar el cuerpo y reservar espacios para la reflexión. La compasión no se aprende a través de discursos motivacionales, sino mediante hábitos cotidianos que nos ayudan a reconocer el sufrimiento sin apartarnos de él y a responder de forma constructiva. Cuando nos detenemos a escuchar con humildad el relato de una persona ya estamos siendo compasivos.
Las humanidades también desempeñan un papel importante. Leer literatura, escuchar historias, ver una película, escribir o reflexionar sobre experiencias humanas amplían nuestra imaginación moral y nuestra capacidad de comprender la realidad de los otros. Como ha señalado la filósofa Martha Nussbaum, las narraciones nos permiten acceder a aspectos de la experiencia humana que las explicaciones técnicas no alcanzan a mostrar. Así, se favorece el desarrollo de una ciudadanía compasiva.
Cuando nos detenemos a escuchar con humildad el relato de una persona ya estamos siendo compasivos
Todavía existe la creencia de que en el ámbito profesional hay que ser objetivos y distantes, que la excelencia requiere dureza y que la profesionalidad implica frialdad. Sin embargo, la evidencia muestra que los médicos, psicólogos y docentes percibidos como compasivos generan más confianza, menos conflictos y mejores resultados. Esta práctica puede reducir el agotamiento emocional y el burnout, especialmente en profesiones de ayuda.
Esta idea ha sido implementada por Pía Flores, integrante del Laboratorio de Medicina Narrativa de la Universidad de Valparaíso (Chile), quien sostiene que la compasión no solo puede enseñarse, sino que constituye una responsabilidad educativa. En esta línea, Ronald Epstein propone prácticas breves de atención plena para los profesionales, como hacer una pausa consciente, prestar atención a la respiración o reconectar con el propósito de aquello que están haciendo. Se expresa entonces en acciones concretas como escuchar sin interrumpir, llamar a la persona por su nombre, comunicar con respeto o reconocer sus miedos y necesidades.
La compasión no depende solo de la voluntad individual. También necesita entornos que favorezcan el cuidado. Resulta difícil pedir más escucha, atención y humanidad a profesionales que trabajan con especial sobrecarga, sin tiempo o bajo presión constante. Por eso, la compasión es también una responsabilidad colectiva. Hospitales, escuelas, empresas y organizaciones deben crear condiciones que promuevan el bienestar, el respeto y la colaboración. Al fin y al cabo, las instituciones trabajan con seres humanos, no con máquinas. Solemos asociar la excelencia profesional con el conocimiento, pero también tiene que ver con la forma en que tratamos a los demás. En un mundo cada vez más tecnificado, formar personas y profesionales compasivos no es un lujo, sino una necesidad.
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