Divas, transgresoras e intoxicadas
Si hubo tres nombres que, en el entresiglos, hicieron añicos las expectativas sociales masculinas en torno a la idea decimonónica de la feminidad, esos fueron los de Luisa Casati, Carmen Tórtola Valencia y Teresa Wilms Montt.
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La llegada de la civilización industrial supuso una drástica transformación en la sociedad europea. El cambio propició la incorporación de la mujer a las filas de la vida pública, alejada del espacio privado donde había permanecido, y marcó el inicio de la defensa feminista. Durante la segunda mitad del siglo XIX, las demandas de igualdad de derechos sociales y laborales de las mujeres parecen dibujarse como responsables de una «misoginia cada vez más acentuada», que se centró en reiterar, de forma categórica y desde todos los ámbitos de conocimiento, la condición femenina de sexo inferior. Pero, si hubo tres nombres que, en el entresiglos, hicieron añicos las expectativas sociales masculinas en torno a la idea decimonónica de la feminidad, esos fueron los de Luisa Casati, Carmen Tórtola Valencia y Teresa Wilms Montt. Una tríada de profesionales procedente de un lugar geográfico distinto, involucradas de diferente manera en el ámbito artístico, pero con un denominador común: desafiar los rígidos códigos morales de su tiempo con una voluntad de modernidad afín. Es más, las tres se convirtieron en iconos a lo largo de su vida y en mitos tras su muerte.
Luisa, marquesa Casati Stampa di Soncino (1881-1957), fue la heredera de la mayor fortuna italiana de principios del siglo XX
Luisa, marquesa Casati Stampa di Soncino (1881-1957), fue la heredera de la mayor fortuna italiana de principios del siglo XX, hecho que le facilitó una meteórica escalada hacia el puesto de reina entre las decadentes europeas. Bien casada, con residencia entre Roma y Milán, pronto se convirtió en amante del afamado escritor Gabriele D’Annunzio. De delgadez extrema, con profundos ojos verdes —realzados con gotas de belladona para dilatar y fijar la pupila—, pobladas pestañas postizas subrayadas con delineador kohl, tez pálida y cabello de intenso rojo artificial, presentaba una extraña belleza, mucho más acorde con determinados modelos actuales.
Además, la aristócrata vistió con los exquisitos atuendos inspirados en los Ballets Rusos de Léon Bakst, que supo combinar con la teatralidad de las borlas, plumas y estolas de Paul Poiret, las túnicas Delfos de Mariano Fortuny y los diseños art déco de Romain de Tirtoff, más conocido como Erté, llegando a ser una abanderada de la moda. Asimismo, las mascaradas y los tableaux vivants de Luisa Casati, donde podía aparecer engalanada con rejillas, tiaras, diamantes, plumas o incluso bombillas, se entendieron como auténticos acontecimientos sociales donde acudía no solo la alta alcurnia, también toda una cohorte de artistas. En estas fiestas, los invitados convivían con animales que iban desde esbeltos galgos a mansos guepardos drogados, de la misma forma que disfrutaban de una curiosa escolta de sirvientes pintados de dorado o negro, según la temática del encuentro.
El esmero que empleó en crear una imagen ambigua, entre culta y frívola, la llevó a explorar el amplio abanico de modas y obsesiones propias del fin de siècle. De entre ellas, el glamour del irisado tono de una absenta, el atractivo de los estimulantes capaces de acabar con el tedio, y la clarividencia de los narcóticos que inducen a la fantasía, destacaban como una muestra del triunfo de lo artificial sobre lo natural. La absenta, el opio, el éter, la morfina y la cocaína funcionaban como símbolo de distinción social y de una modernidad sofisticada, igual que la creencia férrea en todo lo que sonara a esotérico y ocultista.
La marquesa en su anhelo de transformarse «en una obra de arte viviente» se convirtió en pionera del Body Art y de la performance, una artista corporal y performer anterior a que ambos conceptos surgieran como parte inherente del arte contemporáneo. Y lo consiguió. Aunque, sin duda, su mejor obra plástica fue ella misma, no es nada desdeñable el patrimonio cultural que atesoró. Es importante apuntar que la mayoría de su legado consistió en una colección bastante narcisista de retratos, lienzos de Giovanni Boldini, Augustus John, Federico Beltrán Massés o Ignacio Zuloaga, entre otros. Tampoco el pionero de la fotografía de moda, Adolf de Meyer, perdió la ocasión de capturarla en varias instantáneas; de igual modo, no desaprovechó la oportunidad Man Ray. Pero Casati no solo actuó como musa y modelo, también fue mecenas de artistas que estaban abriéndose camino, como Kees van Dongen, Alberto Martini y algunos de los pintores vinculados al movimiento futurista. Además, gustó de sumar a su colección piezas arqueológicas. Luisa Casati terminó sus días en un apartamento de Londres, arruinada.
Carmen Tórtola Valencia es reconocida como una de las figuras cruciales en la renovación de la danza en España a comienzos del siglo XX
De la aristócrata y mecenas italiana, pasamos a la sevillana Carmen Tórtola Valencia (1882-1955), bailarina en la actualidad reconocida como una de las figuras cruciales en la renovación de la danza en España a comienzos del siglo XX. La cadencia de los bailes de la andaluza se integraba dentro del universo ambiguo finisecular; un mundo en que las pinceladas exóticas, que partían del ideario simbolista, modernista y déco, se fusionaban con cierto regusto a casticismo cañí. De esta forma, también su actitud vital navegó entre dos aguas. Tórtola hacía gala de una educación cosmopolita europea y de una contundente impronta feminista; además de coreógrafa, fue coleccionista de antigüedades y actriz. Gracias a la reinterpretación de danzas orientales —a partir de su interés en culturas africanas y precolombinas— logró en 1912 la Cátedra de Coreografía y Estética en la Universidad de Múnich.
Entre 1910 y 1930, también obtuvo el aplauso de los intelectuales europeos e hispanoamericanos: Ramón María del Valle-Inclán, Pío Baroja, Ramón Gómez de la Serna, Jacinto Benavente, Rubén Darío, Emilia Pardo Bazán o Maurice Maeterlinck, le dedicaron alabanzas. Asimismo, sus retratos se sucedieron. A Tórtola la efigiaron un sinfín de pintores, entre ellos Anselmo Miguel Nieto, Eduardo Chicharro, Ignacio Zuloaga, Rafael de Penagos y, como se ha descubierto recientemente, Julio Romero de Torres. Una apariencia distinguida que afianzó llenando su coche de muñecas y juguetes y distribuyéndolos entre los infantes desfavorecidos, además de sostener una academia coreográfica para niñas sin recursos. En la primavera de 1915, bailó de forma gratuita en el Salón Imperial de Sevilla; esa vez, la recaudación fue a parar a los pequeños necesitados de Triana. Aquella misma mañana, la diva había atendido al encargado de publicitar la actuación: «Envuelta en una túnica oriental de seda adamascada recamada de piedras preciosas, enarbolando una larguísima boquilla de marfil, con un loro sobre su hombro y precedida por un criado hindú». Altruista, pero sin perder un ápice de sofisticación.
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La poeta chilena Teresa Wilms Montt (1893-1921) es autora de cuatro poemarios, un tomo de relatos y un estremecedor diario íntimo. Quizá se trate de la historia más trágica de las tres narradas. Aunque Luisa Casati terminó arruinada y Carmen Tórtola, olvidada, Teresa Wilms ni siquiera llegó a superar los veintiocho años. Nacida en el seno de una familia de alta alcurnia de Viña del Mar, una ciudad perteneciente a la región de Valparaíso, desde niña demostró ser una lectora impenitente, además de esgrimir una actitud desafiante frente a la autoridad. Contrajo matrimonio a la edad de diecisiete sin el consentimiento de sus padres; no tardó en convertirse en una mujer malquerida y en madre de dos niñas. Wilms, fue acogida por la bohemia literaria en los distintos destinos en que residió y pronto hizo alarde de ideas anarquistas y feministas, mientras comenzaba a aficionarse a todo tipo de psicotrópicos.
Teresa Wilms ni siquiera llegó a superar los veintiocho años
En 1915, su marido la acusó de adulterio y la separó definitivamente de sus hijas. La poeta terminó enclaustrada en el santiagueño Convento de la Preciosa Sangre. Un año más tarde, consiguió huir a Buenos Aires junto al vate Vicente Huidobro. En la capital bonaerense se publicaron sus dos primeros escritos. En 1917, se trasladó a Nueva York y, en febrero de 1918, se paseó por los cafés de Madrid junto a Ramón María del Valle-Inclán, con el sobrenombre de Teresa de la Cruz. Respaldada por el escritor, pasó a formar parte de los inconformistas creadores que hicieron del café «su verdadera morada». La autora escribió dos elegías en las tabernas de Madrid. Anuarí —la segunda— fue precedida por un prólogo del gallego. Con el literato compartió, además del amor por la prosa y los paseos tertulianos, tardes y noches mariguanas. Pero nunca perdió afición por sus antiguas compañeras: la cocaína y la morfina. Teresa Wilms desapareció de Madrid tras ser pintada por Julio Romero de Torres.
Este texto es un extracto de ‘Divas, transgresoras e intoxicadas’ (El desvelo ediciones), de Sofía Barrón.
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