Un momento...
Al poco tiempo de ser arrestado en Pensilvania como sospechoso del asesinato del director de UnitedHealthcare, el nombre de Luigi Mangione dio la vuelta al mundo. O, más que su nombre, su rostro. La historia del joven que había decidido hacer justicia por mano propia era en sí misma alucinante, pero lo que fascinó en la red fue su atractivo físico. Las redes no tardaron en bautizarlo el «asesino sexy» y no faltaron quienes abogaron por su absolución afirmando que era demasiado guapo para ser culpable. Así opera el llamado pretty privilege, el «privilegio de la belleza».
El «efecto halo» es un sesgo cognitivo que hace que el cerebro atribuya cualidades positivas —simpatía, inteligencia, bondad— a las personas que considera atractivas sin que existan pruebas que confirmen esas cualidades. Se trata de un atajo mental que surge de la premisa (infundada) de que lo bello es siempre bueno y mejor.
Este «sesgo de belleza» sostiene que las primeras impresiones condicionan cómo nos perciben los demás y que, basada en el aspecto físico, la sociedad otorga ventajas a las personas atractivas y desventajas a quienes no cumplen con los estándares estéticos dominantes (históricamente, relacionados con la juventud, la delgadez, la altura y la simetría facial). Pero ¿qué dice la evidencia científica?
Un estudio de la Cornell University encontró que las personas poco atractivas tienden a recibir sentencias más largas y severas —en promedio, 22 meses más de prisión— que las personas consideradas guapas. Esto se debe, según la psicología forense, a que entran en funcionamiento el «efecto halo» y su contrario, el «efecto cuerno», que hace que las primeras impresiones negativas influyan en los juicios posteriores.
En 2008, las investigadoras Anne Case y Christina Paxson, de la Universidad de Princeton, hallaron que los niños y niñas más altos obtienen, en promedio, mejores puntuaciones en las pruebas cognitivas y que «estos resultados explican gran parte de la prima salarial asociada a la altura». De media, aseguran, un aumento de una pulgada en la estatura se asocia con un incremento del 1,4% al 2,9% en los ingresos semanales. Además, una investigación publicada en el Journal of Nonverbal Behavior en 2010 señalaba que los votantes se basan en gran medida en la apariencia a la hora de elegir a qué candidato votar.
Y sus efectos también estarían presentes en el ámbito académico y laboral. Un informe publicado el año pasado por el New York Post encontró que, de media, los empleados considerados atractivos ganan unos 20.000 dólares más que sus colegas menos agraciados. De acuerdo con el estudio, «de forma consistente, se observó una correlación clara entre el poder y la percepción de atractivo a medida que se ascendía en la jerarquía». El 46% de los encuestados que se consideran poco atractivos afirmaron que su apariencia había afectado negativamente a su carrera.
«El privilegio de la belleza funciona como una energía que se retroalimenta», explica la exeditora de belleza de la revista Allure Sable Yong. «La avalancha de comentarios favorables que reciben las personas atractivas refuerza en ellas la convicción de que merecen lo que desean, lo que vuelve sus esfuerzos aún más persuasivos». Se crea así una suerte de círculo virtuoso entre lo que muestra el espejo y la autoconfianza, retroalimentando lo que se ha llamado «prima de belleza».
No obstante, no hay que dejar de lado que el sesgo de belleza (a pesar de sus obvias ventajas) también tiene sus contras. En palabras de Yong, «el privilegio de la belleza es un tema incómodo, tanto para quienes son ignorados en favor de rostros más deseables como para quienes ven cuestionados sus logros por culpa de su apariencia». Cosa que sufren en mayor medida las mujeres.
Que «las rubias son tontas» es uno de los grandes estereotipos de Hollywood. Pero, en general, el tópico se ha extendido más allá del color del pelo. Las mujeres atractivas muchas veces se enfrentan a prejuicios laborales, como que si logra subir en el escalafón laboral no es porque lo merezca, sino porque «le gustó al jefe», o que lo logró «solo porque es guapa». Así, se minimizan los méritos intelectuales y se cae en la falsa creencia de que las mujeres bonitas son menos competentes. Como si la belleza y el intelecto fueran excluyentes.
«Seguimos siendo ampliamente objetivadas: nuestra apariencia suele ser el principal recurso con el que negociamos», señala la exeditora de Allure. Y los datos lo sustentan. En un estudio que revisó 3,5 millones de libros en inglés con inteligencia artificial, investigadores de la Universidad de Copenhague descubrieron que, cuando se califica positivamente a las mujeres, los adjetivos suelen concentrarse en el aspecto físico: una mujer es «bella», «sexy», «elegante». Mientras que la adjetivación para los hombres suele fijarse especialmente en los valores: un hombre es «justo», «honorable», «racional».
Además, como subraya Naomi Wolf en El mito de la belleza, al tiempo que las mujeres han logrado acceder a las estructuras de poder, también ha aumentado la exigencia estética. Con ideales de belleza cada vez más inalcanzables, las mujeres sufren en mayor medida los desórdenes alimenticios: nueve de cada diez casos de trastornos de conducta alimentaria se dan entre las mujeres. Y son las clientes principales de las clínicas de cirugía estética, con el 85% de las intervenciones. «La cultura de la imagen sigue siendo más demandante para las mujeres», reconoce la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética en el informe La realidad de la cirugía estética en España.
A pesar del movimiento body positive y la concienciación sobre la gordofobia y el aspectismo, la industria cosmética cada vez corre más la línea de su mercado, extendiendo la presión estética a los segmentos más jóvenes de la población. El fenómeno de las «Sephora Kids» muestra cómo ahora las preadolescentes e incluso las niñas se han convertido en clientes potenciales de las cremas antienvejecimiento y todo tipo de tónicos, sueros y productos de cuidado facial.
Repletas de fotos y vídeos con filtros y apps de edición, las redes sociales han contribuido al fenómeno. «La presión para conseguir y mantener el rostro y el cuerpo perfectos se ve agravada por la necesidad de presentar esa imagen a través de múltiples canales de comunicación y de estar siempre comparando tu vida real con la versión que muestras en internet», señala la experta en industria cosmética Ellen Atlanta en su libro Diva virtual. Esto ha llevado a que ahora incluso comience a hablarse de cierta «fatiga de belleza» debido a la saturación de estética aplicada.
«Todo entra por los ojos», defiende el dicho popular. Es normal que nos atraiga lo bello, estamos cableados para ello. En una mezcla de biología y psicología, la mente humana celebra lo simétrico. La neurociencia ha encontrado que observar cosas hermosas activa el sistema de recompensa del cerebro. Libera neurotransmisores asociados al placer.
Pero ¿qué hace que una persona sea considerada guapa y otra no? No se debe únicamente a una cuestión de armonía que el cerebro percibe de forma inconsciente. Lo que se considera bonito y deseable está estrechamente relacionado con los cánones del momento. En el Renacimiento, la belleza femenina radicaba en la tez muy blanca, la frente amplia, el vientre redondeado. En los años noventa, la industria de la moda privilegió la delgadez extrema y el aspecto demacrado de las denominadas heroin chic. Hoy están «de moda» los cuerpos muy atléticos, la mandíbula marcada, los rostros angulosos, los labios inyectados.
Según la época, la industria cosmética, de la moda y del entretenimiento determinan quiénes son las portadoras de la belleza «normativa». Surgen así estándares prescriptivos que generan presión estética para encajar en ellos. Pero lo cierto es que la belleza es relativa. Lo bello y lo feo cargan, en el fondo, la subjetividad de quien mira.
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