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La definición de hijo que Saramago nunca escribió

Durante años, una frase ha circulado por redes sociales, blogs y publicaciones de familia como si hubiera salido de la pluma de José Saramago. Habla de los hijos como un «préstamo» y de la paternidad como un aprendizaje acelerado sobre el amor, la responsabilidad y el miedo a perder a alguien.

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03
noviembre
2026

Es un texto emotivo y aparentemente compatible con la sensibilidad del escritor portugués. Solo hay un problema: Saramago nunca lo escribió. La propia Fundación José Saramago confirmó que la llamada «definición de hijo» es falsa, y el texto ha sido señalado como una de tantas citas apócrifas que circulan en internet atribuidas a autores célebres.

¿Por qué una reflexión que ni siquiera pertenece al escritor terminó asociándose con él y alcanzó tanta difusión? La respuesta probablemente tenga que ver con algo más profundo que una simple confusión. El texto resume, con un lenguaje sencillo y sentimental, algunas de las ideas que muchas personas relacionan con la experiencia de tener hijos: el cambio que provoca en los adultos, la responsabilidad de educar a otra persona y, sobre todo, la necesidad de aceptar que los hijos no son una propiedad de sus padres.

Esta es la publicación que circula en internet: «Un hijo es un ser que nos prestaron para un curso intensivo de cómo amar a alguien, además de a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para dar los mejores ejemplos y de aprender a tener valentía. ¡Así es! Ser padre o madre es el mayor acto de valentía que alguien puede tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente a la incertidumbre de estar actuando correctamente y al miedo de perder algo tan amado. ¿Perder? ¿Cómo? No es nuestro, ¿se acuerdan? ¡Fue solo un préstamo!».

El texto habla de un «préstamo» que se recibe durante un tiempo. Una cuestión fundamental en la crianza: los padres tienen la responsabilidad de cuidar, proteger y educar a sus hijos, pero no pueden considerarlos una prolongación de sí mismos. Durante los primeros años, la dependencia es prácticamente absoluta. Un bebé necesita a los adultos para alimentarse, protegerse, desplazarse y comprender el mundo. Esa dependencia puede generar una sensación muy fuerte de pertenencia. Los padres organizan sus horarios, toman decisiones, establecen límites y, en buena medida, construyen el entorno en el que crece el niño.

Pero esa relación cambia progresivamente. El objetivo de la educación no debería ser mantener indefinidamente esa dependencia, sino proporcionar las herramientas necesarias para que el niño pueda adquirir autonomía. Educar implica, en cierto sentido, preparar una separación que comienza mucho antes de que llegue la adolescencia o la edad adulta.

Educar no significa moldear

Una de las dificultades de la crianza consiste precisamente en diferenciar entre acompañar a un hijo y proyectarse sobre él. Los padres tienen expectativas. Es inevitable. Pueden imaginar cómo será su hijo, qué estudiará, qué valores tendrá, qué profesión elegirá o qué tipo de vida llevará. Algunas de esas expectativas son conscientes y otras aparecen de forma mucho más sutil. El problema surge cuando esas expectativas terminan convirtiéndose en exigencias.

Un hijo no llega al mundo para cumplir el proyecto vital de sus padres. Tiene su propia personalidad, sus capacidades, sus intereses y sus límites. Parte de la tarea educativa consiste precisamente en descubrir quién es esa persona y ayudarla a desarrollar sus capacidades, en lugar de intentar convertirla en aquello que los adultos habían imaginado.

Esto no significa que los padres deban limitarse a observar. Educar también implica transmitir normas, enseñar a convivir, establecer límites, corregir comportamientos y ayudar a distinguir lo que está bien de lo que no lo está. La autonomía no consiste en hacer siempre lo que uno quiere, sino en adquirir progresivamente la capacidad de tomar decisiones y asumir sus consecuencias.

El objetivo de la crianza no es conseguir que los hijos permanezcan siempre cerca, sino contribuir a que puedan construir una vida propia

La otra gran idea que aparece en el texto es que tener hijos transforma a quienes los crían, porque la convivencia con ellos obliga a revisar muchas de las propias conductas. La crianza pone a prueba la paciencia, la capacidad de organizarse, la gestión de la frustración y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Es difícil pedir a un niño que controle sus emociones mientras el adulto responde constantemente con gritos. También resulta complicado enseñar hábitos que los propios padres no respetan.

Tener un hijo no convierte automáticamente a nadie en una persona paciente, responsable o equilibrada. Pero sí puede hacer más evidente la necesidad de trabajar esas cualidades.

La incertidumbre forma parte de la crianza

No existe una fórmula que garantice que una persona va a crecer sin dificultades. Los padres pueden proporcionar afecto, seguridad, límites, oportunidades y educación, pero no pueden controlar todas las circunstancias que afectarán a sus hijos. A medida que estos crecen, además, aumenta el número de decisiones que toman por sí mismos.

Esa pérdida progresiva de control puede resultar difícil. Durante la infancia, los padres normalmente saben dónde está su hijo, con quién se relaciona o qué actividades realiza. En la adolescencia, esa capacidad disminuye. Y en la edad adulta desaparece en gran medida. Proteger no significa eliminar todos los riesgos, sino enseñar a reconocerlos y afrontarlos. Y acompañar no significa estar siempre presente, sino conseguir que la persona disponga de recursos para desenvolverse cuando sus padres ya no puedan decidir por ella.

El objetivo de la crianza no es conseguir que los hijos permanezcan siempre cerca, sino contribuir a que puedan construir una vida propia. La autonomía se desarrolla poco a poco. Empieza con pequeñas decisiones cotidianas y continúa con responsabilidades cada vez mayores. Los padres siguen siendo importantes cuando los hijos son adultos, pero la naturaleza de la relación cambia. Ya no se trata de decidir por ellos, sino de estar disponibles cuando necesiten apoyo, consejo o simplemente compañía.

En ese sentido, quizá la palabra «préstamo» no sea la más adecuada desde una perspectiva educativa, porque una persona nunca pertenece a otra. Un hijo no es propiedad de sus padres ni antes ni después de alcanzar la autonomía. Es una persona con derechos, deseos y capacidad de decisión propia desde el comienzo de su vida.

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