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Cuando la política sucumbe al amor

La guerra de Troya o la creación de la Iglesia anglicana son la consecuencia de históricos líos de faldas. El amor quiso asimismo procurar la expansión colonial inglesa en Norteamérica, desafiar el poderío naval de España y comercializar el tabaco en Europa.

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25
agosto
2026

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El amor, esa pasión que arrebata, cautiva, enajena. De ahí que su heraldo, Cupido, tenga apariencia infantil (algo de pueril adquieren los amantes), alas (que indican lo volátil de ciertos ardores) y su aljaba con flechas (que dejan heridas incurables en el alma de quien traspasa). El amor. A partir de Boccacio, en el siglo XIV, se le añade la ceguera, aludiendo —ya lo advirtió Platón— a que perturba las nociones de lo justo, lo bueno y lo honroso, dejando a quien ama un tanto atolondrado. A cada amor le corresponde una historia única, sublime, inolvidable. Pero la Historia, en mayúsculas, también le debe al amor no pocos quiebros que cambiaron su rumbo.

El rapto de Helena es uno de los más célebres ejemplos. Su hermosura resultaba tan hipnótica que de niña ya fue secuestrada por Teseo, aunque escapó gracias a la intercesión de sus hermanos, los Dióscuros. Helena, hija de Zeus y Leda, era la esposa de Menelao, legendario rey de Esparta. La diosa Afrodita prometió a Paris, príncipe troyano, el amor de la mujer más bella de todas, para compensarle por su ayuda. Esa mujer era Helena.  Así que, aprovechando la ausencia de Menelao, Paris la seduce (sin que haya estrictamente adulterio, ya que en el lance concurre Afrodita, ante cuya intervención ningún mortal nada puede). El rapto de Paris propició una de las grandes guerras de la Antigüedad, la de Troya. Ganaron los griegos, después de diez años de contienda. A Paris lo mató el arquero Filoctetes. Menelao recuperó a su esposa y regresó a Esparta.

El amor quiso asimismo procurar la expansión colonial inglesa en Norteamérica, desafiar el poderío naval de España y comercializar el tabaco en Europa. Se lo debemos a la vehemente pasión de la reina Isabel I por el corsario (marino con patente de corso para atacar barcos enemigos) Walter Raleigh, a quien concedió todo tipo de prebendas y licencias, como una patente real en 1584 para colonizar tierras en el Nuevo Mundo. El hoy estado de Virginia debe su nombre a Raleigh, que lo escogió como homenaje a su amada, conocida como «Reina Virgen». Pero el caballero cometió una deslealtad imperdonable: casarse en secreto con una dama de honor, Elizabeth Throckmorton. Al enterarse, Isabel I lo encerró en la Torre de Londres. Por poco tiempo, porque el amor real incluyó la clemencia. Al morir la reina, Raleigh fue acusado de traición y de nuevo arrestado en la Torre Sangrienta durante trece años.

Eduardo VIII sorprendió a sus súbditos al convertirse en el primer rey (y único, hasta la fecha) en abdicar por amor

Otro monarca inglés, Eduardo VIII, sorprendió a sus súbditos al convertirse en el primer rey (y único, hasta la fecha) en abdicar por amor, tras un brevísimo reinado de 325 días, un 11 de diciembre de 1936. El motivo, haberse enamorado perdidamente de Wallis Simpson, una norteamericana dos veces divorciada a quien nadie aceptaba como posible reina consorte. Contra todo pronóstico, su hermano pequeño se convirtió en Jorge VI, el monarca tartamudo que no abandonó el Palacio de Buckingham durante los bombardeos alemanes y último emperador de la India.

Y con la Iglesia se topó el amor

Si hubo un rey díscolo que puso el mundo occidental patas arribas fue Enrique VIII. Casado con Catalina de Aragón, se enamoró de una cortesana llamada Ana Bolena. La conoció por su hermana María, una de sus amantes. Ana, no se sabe si por estrategia o por recato, le negó cualquier favor sexual. No estaba dispuesta a ser «la otra». El papa Clemente VII le denegó al rey la anulación matrimonial, en parte porque ya tenía bastantes quebraderos de cabeza con la Contrarreforma, en parte porque Carlos V, sobrino de Catalina, lo había hecho prisionero por cuestiones políticas. Ana Bolena y el secretario de Estado y arzobispo de Canterbury Thomas Cromwell convencieron a Enrique VII a negar la autoridad papal y erigirse como cabeza de la iglesia. Esto desembocó en el fin de Inglaterra como país católico y en el nacimiento del anglicismo, rama del cristianismo que combina la herencia católica con algunos principios protestantes. Y todo este cisco para que Ana Bolena acabase decapitada (sin haberle dado hijo varón al rey, motivo por el cual se sospecha que fue acusada de traición, para despejar el camino del monarca a unas nuevas nupcias). Idéntico destino acató Cromwell, quien preparó un nuevo matrimonio del rey con Ana de Cléveris. Cuando Enrique VII la conoció se quedó horrorizado por su físico. Y le cortó la cabeza.

Ana Bolena y el secretario de Estado y arzobispo de Canterbury Thomas Cromwell convencieron a Enrique VII a negar la autoridad papal

Una reina egipcia y un general romano terminaron suicidándose por amor. Marco Antonio llegó a tierras faraónicas en el año 48 a.C. Perseguía a su enemigo Pompeyo, a quien había derrotado en la batalla de Farsalia. Cleopatra estaba inmersa en una guerra civil con su hermano Ptolomeo XIII. Se introdujo oculta en una alfombra para conocer al general y sellar con él una alianza política, que acabó siendo, sobre todo, íntimamente personal. Su relación unió los recursos de Egipto con el poder militar romano de Oriente, pero causó los recelos en la ciudad del Tíber, donde no fueron pocos los que pensaron que habían sido traicionados por Marco Antonio, lo que originó a su vez una guerra civil contra Octavio, que terminó con la caída de la República Romana y el nacimiento del Imperio Romano. Cleopatra y Marco Antonio fueron derrotados en la batalla de Accio, en el año 31 a.C. Ambos se quitaron la vida; ella, por envenenamiento (dejándose morder, cuenta la leyenda, por un áspid), él hundiéndose su espada. Egipto entonces pasó a ser parte de Roma.

Igual de luctuosa, pero con añadido macabro, la historia de amor de Pedro I de Portugal, hijo del rey Alfonso IV y Beatriz de Castilla. Casado con Constanza Manuel de Villena, se enamoró perdidamente de Inés de Castro, una noble gallega. Al fallecer Constanza, el rey se instala con Inés en el Palacio de Alburquerque. Tuvieron cuatro hijos. Sin embargo, a Inés de Castro nadie la aceptó. Fue asesinada en un complot al alimón entre la corona y la corte. Pedro se rebeló contra su padre, rodeó con sus huestes la ciudad de Oporto durante dos semanas y devastó cuanto encontró a su paso entre el Duero y el Miño. Cuando heredó el trono tras la muerte de Alfonso IV, hizo público un casamiento secreto con Inés, datado en 1354. Para su coronación, mandó exhumar el cadáver de su esposa, que fue proclamada reina a título póstumo, presidiendo —en extremo en rigor mortis— la ceremonia. Y es que hay amores a los que no frena siquiera la muerte. Que se lo digan al reputado radiólogo alemán Carl Tanzler, que se enamoró de una paciente suya afectada por tuberculosis. Cuando murió, Tanzler robó el cadáver de la tumba y convivió con él durante siete años, los que tardaron en descubrir su necrofilia.

Podríamos hablar de Seretse Khama, jefe de la tribu Bamangwato (actual Botsuana), que se enamoró en Óxford de Ruth Williams durante sus estudios de Derecho. El príncipe renunció al trono para poder casarse con la inglesa. O de Isabel II, casada con el amanerado Francisco de Asís de Borbón (al que conocían como «La Paquita», por su gusto por los encajes y bordados). La reina, de personalidad ardiente, trazó la política española a golpe de amantes: el general Serrano, Manuel Lorenzo de Acuña, el banquero y político José Salamanca (el del barrio madrileño), José María Ruíz de Arana… O de Mónica Lewinsky, cuyo caso si bien menos sofisticado, tuvo consecuencias igualmente serias: la destitución del entonces presidentes de Estados Unidos, Bill Clinton. Y es que el amor, llámese lío de faldas, ambición encubierta, amour fou o amor cabal ha sido uno de los cabecillas más insolentes e imprevisibles de la Historia.

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