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Consecuencias psicológicas de la guerra a distancia

En un mundo hiperconectado, la exposición constante a conflictos lejanos también erosiona la salud mental colectiva y nos obliga a encontrar un equilibrio entre empatía y protección emocional.

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28
mayo
2026

No vivimos la guerra en primera persona, pero tampoco estamos completamente al margen de ella. Entre correos, publicaciones y mensajes, aparecen vídeos y testimonios de personas desplazadas. Sin darnos cuenta, pasamos más de 20 minutos viendo noticias. Salimos de casa con una sensación de inquietud difícil de explicar. Durante el día, a veces cuesta concentrarse en el trabajo y, aunque todo a nuestro alrededor siga igual, tenemos la impresión de que el mundo es un lugar cada vez más inseguro.

Distintos estudios en el ámbito de la salud global advierten de que la guerra trasciende fronteras: sus consecuencias no se limitan a los territorios directamente afectados, sino que incluyen tanto efectos visibles —como desplazamientos masivos o crisis humanitarias— como otros más sutiles, entre ellos la normalización de la violencia y el deterioro progresivo de la salud mental colectiva. En un mundo altamente hiperconectado, estas repercusiones alcanzan también a poblaciones alejadas del conflicto. Además, sus efectos se trasladan al ámbito cotidiano a través de la economía, con el aumento de precios en la energía, el combustible o el transporte, lo que refuerza la sensación de inestabilidad global.

En el plano psicológico, como señala María Paz García-Vera, catedrática de Psicología de la Universidad Complutense y académica de Número de la Academia de Psicología de España, la exposición a guerras lejanas activa el sistema de alarma de nuestro organismo mediante estímulos informativos —imágenes, relatos o discursos— que son interpretados como señales de amenaza. Este mecanismo, orientado a la supervivencia, puede generar hipervigilancia, ansiedad y una sensación de pérdida de control. Aunque no se trate de una exposición directa a las situaciones traumáticas, sí puede producir un impacto emocional sostenido que debilita la percepción de seguridad ante un entorno percibido como incierto.

La guerra trasciende fronteras: sus consecuencias no se limitan a los territorios directamente afectados

El impacto psicológico de la guerra «vivida desde lejos» se ve intensificado en el contexto actual de sobreinformación. Los medios de comunicación y las redes sociales influyen en la percepción de los conflictos por la inmediatez, los algoritmos y la exposición continua. Además, fenómenos como los «bucles de eco» y la información manipulada contribuyen a aumentar la ansiedad y la sensación de vulnerabilidad. Es importante subrayar que estas reacciones, que en principio tienen un valor adaptativo, pueden situarse en un continuo entre lo normal y lo patológico. Es decir que reacciones adaptativas que nos permiten estar alerta y reaccionar si hay un peligro real, pueden llegar a convertirse en reacciones patológicas cuando tienen demasiada intensidad (por ejemplo, nos genera una activación excesiva y mucho malestar), demasiada frecuencia y duración (por ejemplo, estar todo el día activado y no poder comer ni dormir bien), o incluso llegan a interferir con la vida de las personas (por ejemplo, como estamos tan alarmados ya no salimos con amigos o no vamos al trabajo).

Las respuestas psicológicas ante la exposición a conflictos lejanos no son homogéneas, sino que varían en función de factores individuales como la empatía, la percepción de amenaza o las estrategias de afrontamiento. En este sentido, pueden identificarse, de manera orientativa, distintos patrones de respuesta basados en constructos estudiados desde la psicología. Por un lado, se encuentran las personas altamente empáticas, que tienden a implicarse intensamente con el sufrimiento ajeno. Este grupo suele experimentar emociones como tristeza, ansiedad, ira o culpa por continuar con su vida cotidiana, y es más vulnerable a verse afectado psicológicamente por un malestar vicario.

Un segundo perfil corresponde a las personas hipervigilantes o ansiosas, que interpretan la información como una amenaza inminente. La percepción de falta de control sobre los acontecimientos les incrementa la sensación de vulnerabilidad. Estas personas mantienen activado su sistema de alerta, lo que se traduce en preocupación persistente, consumo elevado de noticias y dificultades para desconectar.

Existen perfiles más evitativos o distantes, que optan por reducir la exposición a la información o desconectarse emocionalmente como estrategia de regulación. Aunque esta respuesta puede resultar adaptativa a corto plazo, en algunos casos puede derivar en indiferencia o desinformación. Por otro lado, algunas personas desarrollan lo que se conoce como fatiga por compasión. La exposición repetida al sufrimiento provoca una disminución progresiva de la respuesta emocional como mecanismo de defensa, lo que puede manifestarse en forma de distanciamiento afectivo y va asociada a la percepción de que los conflictos no tienen fin y a una visión más pesimista del futuro.

Finalmente, se identifican perfiles resilientes o emocionalmente más regulados. Estas personas logran mantener un equilibrio entre la empatía y la distancia psicológica, se informan de manera consciente y establecen límites para evitar la sobreexposición. Además, aceptan la falta de control sobre los acontecimientos sin que ello derive en ansiedad significativa, y suelen canalizar su preocupación hacia acciones concretas, lo que contribuye a preservar su bienestar psicológico.

Pero, más allá del tipo de personalidad, desde un punto de vista ético, vivir en un mundo atravesado por conflictos implica aceptar una realidad incómoda y es la de que existen injusticias que no siempre están bajo nuestro control. La vida está marcada por la contingencia, y haber nacido en un entorno seguro constituye, en gran medida, un privilegio. Esta conciencia no debería derivar en culpa paralizante, sino en una responsabilidad ética orientada a la defensa de valores democráticos y a una toma de conciencia de la realidad global. El objetivo principal sería encontrar un equilibrio entre la empatía hacia el sufrimiento global y la protección de la salud mental.

El objetivo principal sería encontrar un equilibrio entre la empatía hacia el sufrimiento global y la protección de la salud mental

Y para lograr ese equilibrio, existen posibles recomendaciones a nivel individual. Esto implica regular la exposición a la información, recurrir a fuentes fiables y adoptar una actitud crítica frente a los contenidos informativos. Es importante diferenciar entre una preocupación adaptativa, basada en la empatía y la conciencia social, y una respuesta disfuncional, caracterizada por ansiedad persistente, rumiación o dificultad para desconectar. El objetivo no es eliminar el malestar, sino regular su intensidad para que no interfiera en la vida diaria. Factores como el apoyo social, compartir y validar emociones como el miedo y la implicación en acciones solidarias o comunitarias puede ayudar a transformar la sensación de impotencia en participación activa. Hay personas a quienes les ayuda intentar entender los conflictos a nivel histórico y tratar de tener más información. En el caso de los niños y adolescentes, el acompañamiento adulto es fundamental. Explicar los conflictos de forma clara y adaptada a su nivel de desarrollo, ofreciendo seguridad emocional, ayuda a prevenir que la información genere miedo o ansiedad. También es importante transmitir una visión más amplia del mundo, que incluya no solo los conflictos, sino también la cooperación internacional, la ayuda humanitaria y los procesos de reconstrucción.

A nivel institucional, los gobiernos y los medios de comunicación influyen en cómo se perciben los conflictos desde la distancia, lo que repercute directamente en la sensación de amenaza e incertidumbre en poblaciones que no están en guerra. Por ello, es clave promover una comunicación responsable y contextualizada que evite la desinformación y la exposición exclusiva a imágenes de violencia, incorporando también información sobre procesos de paz y ayuda humanitaria. La cooperación internacional y la diplomacia contribuyen no solo a reducir conflictos, sino también a disminuir la sensación generalizada de inseguridad.

Las guerras siguen siendo tragedias humanas profundas para quienes las viven directamente. Pero en la era de la comunicación global, también se convierten en experiencias psicológicas que cruzan fronteras. La guerra confronta al individuo con la fragilidad humana y con la sensación de desamparo ante un mundo profundamente injusto. En este contexto, el desafío no consiste en eliminar el malestar ni en permanecer permanentemente expuestos al sufrimiento, sino en encontrar una forma de sostener la empatía sin quedar emocionalmente desbordados. Porque independientemente del estilo de personalidad de cada cual, existe una responsabilidad compartida: no mirar hacia otro lado, aspirar a una ética común y colaborar, en la medida de lo posible, en la construcción del mundo en un lugar menos cruel.

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