Las dos etapas de la vida según Jung
Carl Gustav Jung dividió la existencia humana en dos grandes mitades psicológicas con tareas radicalmente distintas: construir un yo capaz de habitar el mundo y, después, descubrir quién se es realmente.
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En algún momento alrededor de los 40 años, muchas personas sienten que el guion que habían seguido hasta entonces empieza a perder sentido: la carrera que construyeron con esfuerzo ya no les llena del mismo modo, las relaciones que eligieron en otra época muestran sus costuras… Es entonces cuando algo interno exige una revisión. Por lo general, tendemos a interpretar este momento como una crisis o un fallo del sistema. Sin embargo, Carl Gustav Jung pensaba lo contrario, es decir, ese desajuste es precisamente el sistema funcionando como debe. Para el psiquiatra suizo, la vida humana se articula en torno a dos grandes etapas psicológicas con exigencias completamente diferentes.
La primera mitad tiene una lógica expansiva: el individuo sale al mundo, construye su identidad, establece vínculos, desarrolla habilidades y ocupa un lugar en la sociedad. La segunda mitad, por el contrario, tiene una lógica integrativa: la persona se vuelve hacia dentro y emprende el trabajo más exigente, que es reconocerse en su totalidad. Confundir estas dos lógicas, o pretender que la segunda etapa debe prolongar los objetivos de la primera, es lo que Jung consideraba uno de los errores más frecuentes y costosos de la vida adulta.
El amanecer de la vida
Jung describió la primera mitad de la existencia con la metáfora del amanecer y el mediodía. En ese tramo, la tarea central del individuo es fortalecer el yo consciente, lo que él llamaba el Ego: el núcleo desde el que una persona actúa, juzga y se relaciona con el entorno. Para lograrlo, desarrolla lo que Jung denominó la persona, una especie de máscara adaptativa que le permite encajar en las expectativas sociales, profesionales y afectivas de su contexto.
Este proceso de adaptación tiene un valor real. Aprender a cumplir roles, a sostener compromisos, a funcionar dentro de estructuras colectivas, forma parte inevitable del desarrollo humano. El problema surge cuando la persona se confunde con el individuo que la lleva puesta. Cuando alguien cree ser, sin más, el profesional que figura en su tarjeta de visita, o el rol que desempeña dentro de su familia. En ese momento, la máscara ha dejado de ser una herramienta para convertirse, inevitablemente, en una prisión.
Para Jung, esta primera mitad de la vida también implica reprimir todo aquello que no encaja con esa identidad construida. Los miedos, los deseos que se consideran inapropiados, las emociones que interfieren con nuestra eficiencia social: todo ese material queda relegado a lo que Jung llamó la sombra, la parte oculta e inconsciente de la personalidad. Durante décadas, esa sombra permanece ahí, ignorada, hasta que llegamos a la segunda etapa.
La tarde de la existencia
Jung escribió en su ensayo Las etapas de la vida que, sin estar preparados para ello, los seres humanos dan el paso hacia la tarde de la existencia. Y advirtió de las consecuencias de no aceptarlo, pues quien intente prolongar en la tarde lo que funcionaba por la mañana, lo pagará con un daño a su alma.
La segunda mitad de la vida tiene como tarea central lo que Jung denominó la individuación, el proceso por el que una persona se convierte en un individuo psicológico completo, integrando en su conciencia aspectos que había ignorado o suprimido. En los Tipos psicológicos, lo definió como el desarrollo del individuo como ser distinto de la psicología general y colectiva, es decir, la construcción de una identidad genuina más allá de lo que el entorno espera.
Sin estar preparados para ello, los seres humanos dan el paso hacia lo que Jung llamaba «la tarde de la existencia»
Esta etapa requiere enfrentarse a la sombra, reconocer las partes rechazadas de uno mismo, y negociar con ellas. También implica integrar los opuestos que la primera mitad mantuvo en tensión: lo racional y lo emocional, lo individual y lo colectivo, la imagen pública y lo que permanece oculto. El resultado, cuando el proceso avanza, es una personalidad más coherente y más libre, capaz de actuar desde la autenticidad en lugar de desde la adaptación.
La paradoja que Jung señalaba es que este trabajo interior exige justamente lo que la sociedad contemporánea más aborrece: el tiempo, la lentitud, la tolerancia a la incertidumbre y la disposición a soltar certezas que nos costó años construir.
La paradoja de la madurez
Como sociedad, estamos acostumbrados a celebrar la juventud como un ideal permanente y a identificar el envejecimiento como declive. Es justo por eso mismo por lo que la visión de Jung es tan valiosa, ya que, para él, el verdadero desarrollo humano requiere permitir que la vida transforme a quien la vive. La madurez psicológica auténtica no consiste en conservarse, en mantener la energía o las ambiciones de los 30 años a los 50, sino en atravesar el cambio que la propia existencia nos demanda.
De ahí la observación que resumió su pensamiento con mayor precisión: muchas personas dedican la primera mitad de su vida a construir una personalidad y la segunda mitad a descubrir quiénes son realmente. El primer proceso tiene lugar de cara al mundo, mientras que el segundo ocurre de cara a uno mismo. Ambos son necesarios. Ambos tienen su momento. Tratar de hacer los dos simultáneamente, o de saltarse el segundo, produce lo que en la clínica junguiana se describe como una personalidad incompleta, atrapada en una identidad que ya no le sirve.
La crisis de la mediana edad, ese fenómeno que la psicología popular ha tratado con condescendencia durante décadas, adquiere en la lectura junguiana una dignidad muy interesante, justamente porque es la señal de que la psique está haciendo su trabajo, reclamando una profundidad que la primera mitad, por necesidad, había postergado. El malestar innegable que acompaña ese momento es, así pues, el precio a pagar por una forma de existencia más consciente. Y para Jung queda claro, desde luego, que merece la pena pagarlo.
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